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Bati Lapicera

IDEAS

 

Economía política, educación y sentimientos en el Diccionario de juguetes argentinos de Daniela Pelegrinelli.

 

Argentinos. La argentinidad de los juguetes de este diccionario no designa una esencia que el lector se vea incitado a “redescubrir” en cada una de sus entradas. Estos juguetes son argentinos sencillamente por el hecho de haber sido fabricados en el territorio de ese nombre. Y qué significa eso es algo que se despliega como pregunta y como problema, nunca como respuesta monocorde. Así, este es un libro desprovisto por completo del molesto tufillo a souvenir para turistas que impregna tanto libro con colectivos fileteados, afiches peronistas y caramelos Sugus que anda dando vueltas por las librerías de San Telmo y Palermo. A veces lo argentino ha sido enfática afirmación nacionalista, como en el Dominuestro, fabricado entre 1951 y 1955: un “dominó bien criollo” (anunciaba la revista Billiken) cuyas fichas de madera venían decoradas con previsibles imágenes gauchescas (la china, el gaucho, el mate, el rancho, la guitarra). En otros casos lo argentino fue una entonación singular (otros dirán una copia) como en el Estanciero, versión local del Monopoly creada en 1937, en la que el reemplazo de banqueros y brokers por latifundistas revelaba el talento para la adaptación inteligente. Muchas otras veces lo argentino es un relato del siglo XX que se repite, como una matriz industrial o como un juego: el del artesano venido de Europa que inicia una pequeña industria que se transforma en próspera empresa familiar y acaba destinada a la quiebra, el cierre y las diversas formas de la disgregación entre fines de los setenta y los noventa.

 

Burguesía. Este libro ofrece una historia fragmentaria, lateral pero elocuente, y por momentos conmovedora, de un sujeto histórico más o menos mítico: la “burguesía nacional”, pequeños y medianos industriales que, con ingenio, ductilidad y oportunismo, cálculo a corto plazo y poca tendencia a la innovación y el riesgo, dieron vida a una industria que, en el caso de los juguetes, se desarrolló por sustitución de importaciones tras la crisis del treinta, creció a la sombra de las políticas de Estado durante el peronismo, conoció su “período dorado” en los años 19601975 y luego comenzó su fase de decadencia con las políticas de apertura económica del Proceso, seguidas por la invasión del juguete globalizado, vinculado a la televisión y al cine: He Man, Barbie y G.I. Joe, de la mano de los gigantes norteamericanos Mattel y Hasbro.

 

Coleccionistas. Los coleccionistas están en el origen de este libro –que es posible gracias a sus colecciones privadas– y están también entre sus destinatarios privilegiados. Sin embargo, no se trata estrictamente de un libro para coleccionistas, ni escrito desde su perspectiva. La autora procura no quedar atrapada en la lógica de la colección: “El coleccionismo permite que muchos juguetes sean conservados, pero también echa al olvido otros […]. Ni ingenuo ni sujeto al gusto del mercado coleccionista, este trabajo recupera juguetes ignorados y fábricas pequeñas, se resiste a valorar sólo aquello que ya ha sido valorado, rescata historias y detalles”. En su ensayo La colección, Gérard Wajcman distingue dos tipos humanos: el lector y el coleccionista. No todo poseedor de una gran biblioteca es un coleccionista: se puede amar los libros sin amar la lectura, y viceversa. El lector “mira los objetos como testigos que, cada uno de ellos y en conjunto, susurran una historia al oído atento”; mientras que para el coleccionista “el objeto está ahí él mismo, en él mismo, por él mismo, en su presencia opaca de objeto”. Freud, según Wajcman, pese a su conocida colección de estatuillas antiguas, mantuvo siempre con ellas un vínculo de lector (“¡Las piedras hablan! Me cuentan de países lejanos”, le escribe a Fliess). Daniela Pelegrinelli también se aproxima a sus juguetes para rescatar las historias que tienen para contar, y no para hacer un catálogo. La suya es una mirada de lectora, de curiosa. Sobre el submarino Pirata anota: “En la publicidad de Billiken se afirma que navega en superficie, se sumerge y emerge; quienes lo tuvieron de niños aseguran que es verdad. Aunque nos gustaría verlo en acción, no podemos siquiera intentarlo con los que en la actualidad han rescatado los coleccionistas”. La queja de la autora nos recuerda la invitación de Baudelaire a desconfiar de esos niños-hombres que “no usan sus juguetes, los economizan, los ponen en orden, hacen con ellos bibliotecas y museos, y de vez en cuando los enseñan a sus amiguitos rogándoles no tocar”.

 

Diccionario. Se puede justificar la elección del ordenamiento alfabético según un criterio utilitarista, pero es una explicación con mucho de coartada. ¿Es este realmente un libro útil, un material de consulta? Sin dudas, pero antes es un libro que se lee, de corrido o salteado, llevado por el placer del deslizamiento significante. El diccionario desordena la colección (que siempre es jerárquica), la reordena arbitrariamente, la democratiza. Así, a breves entradas sobre pequeñas firmas (Palito: juguetes de madera; Pas-Per SRL: rifles de aire comprimido; Patilín: véase Maplast; Paviglianti y Cía.: juguetes de hojalata litografiada) les sigue un artículo extenso sobre Pelucas para muñecas, luego otro sobre Pentabal (un balero con cinco orificios que tuvo corta vida), seguido de una entrada enciclopédica sobre Peronismo y juguetes. Y después Pielangeli y Piel Rose (muñecas de plastisol), Piluso, Pin-Golin, Pinner y Iaffe Srl., Pin-Plast, Piñas Hnos., Piolita, Pirata, Plastix (perro salchicha), Polilla, Puelche, Puliment, Pulpo, Pupi. Si algo se espera de un libro como este es que tenga bellas ilustraciones, y por cierto no le faltan; pero hay un momento en que uno descubre, con sorpresa, que las ha dejado un poco al margen, tomado por ese otro placer olvidado: el de leer un diccionario. Hay una inflexión muy argentina en esa conjunción de diccionario y juguetes, del diccionario mismo como juguete, en una línea que nos lleva al Pequeño Larousse Ilustrado cantado por María Elena Walsh.

 

Estado. Con el peronismo el juguete se vuelve cuestión de Estado. En dos entradas, una sobre los repartos masivos entre 1947 y 1954 (ocho años en los que llegaron a distribuirse más de dos millones y medio de juguetes en cada período navideño) y otra sobre la política del juguete económico, que obligaba a fabricantes y comercios a ofrecer un cupo de unidades a bajo costo durante las fiestas de fin de año, Pelegrinelli muestra cómo el peronismo cambió para siempre el modo en que se articulan infancia, juguetes y política en la Argentina.

 

Fotos. Las fotografías que acompañan este diccionario, al igual que los juguetes –nos recuerda la autora–, no son inocentes. Una foto de estudio nos muestra a dos niñas que sonríen mientras posan con un caballito hamaca en 1923 en Necochea. Después leemos: “Los juguetes elaborados eran inaccesibles para la mayoría de los chicos; sin embargo, los pioneros de la fotografía infantil los incluyeron en la escenografía de sus estudios, dándoles de ese modo un lugar de privilegio en las imágenes de una infancia ideal. Muchos niños de familias inmigrantes que se fotografiaban endomingados para luego tener una Post Card que enviar a sus parientes, lo hacían sobre un caballito o un triciclo que difícilmente llegarían a poseer”. Volvemos sobre la foto y creemos descubrir tristeza en la mirada de la niña más pequeña.

 

Género. Las nenas, se sabe, jugaban con muñecas, tocaban el piano, aprendían a coser; los varones coleccionaban autitos, jugaban a la pelota o a la guerra. Hoy las cosas no son necesariamente muy distintas, y los juegos virtuales reproducen esta diferenciación genérica que se torna evidente –y por momentos siniestra– con la distancia histórica. Ocurre, por ejemplo, con el juego de aluminio para lavar la ropa Pequeña lavandera, que se vendía en 1954 con balde y tabla acanalada para que las niñas, jabón en mano, se iniciaran en el currículo doméstico lavando –de veras– la ropita de sus muñecas. O con los autitos a escala Buby, exactas reproducciones de vehículos de producción nacional, entre ellos el Ford Falcon cuya versión coche policial fue furor entre los niñitos argentinos de la década del setenta.

 

Materiales. Papel, pasta, cibelina, caucho, plomo, aluminio, paño, cartón, hojalata litografiada. Estos y muchos otros materiales se han utilizado en la fabricación de juguetes. Pero hay dos que se oponen como dos esencias, dos ideologías irreconciliables del juguete: plástico y madera. El propio Barthes parece haberse rendido a la fuerza de esta mitología de la “nobleza” de la madera y la “vulgaridad” del plástico, en lugar de someterla a análisis crítico: “Los juguetes corrientes son de una materia desagradable, productos de un proceso químico, no de la naturaleza. […] El material plástico muestra una apariencia grosera e higiénica a la vez, extingue el placer, la suavidad, la humanidad del tacto”, mientras que la madera es “una sustancia familiar y poética, que permite al niño una continuidad de contacto con el árbol, la mesa, el piso”. Hoy asistimos a un retorno de los juguetes de madera en algunas jugueterías progre-ecologistas, a un costo, obviamente, muy superior al de los de plástico.

 

Nombres. Marilú, Lolita Johnson, Linda Miranda (muñecas de pasta), Bebé Bubilay, Sombrero burbujeador experimental (juguete pompógeno), Mis ladrillos, Sulky-ciclo, Duravit, ositos Eddy Yor, Cerebro mágico, Chan el mago, El experto mecánico… En vano busqué a mi Piquirriqui.

 

Publicidad. Y pese a todo, qué difícil no pensar, al menos por un momento, que “antes” las cosas eran mejores y más simples. Basta observar las reproducciones de los anuncios publicitarios en las revistas Juguetes o Billiken para sentir esa mezcla de ternura y nostalgia que nos produce la inocencia de los niños (y los orígenes de la publicidad moderna son la infancia del mundo en que vivimos). Billiken en los años cuarenta proclama: “Niñas Argentinas: para ustedes nuestra industria ha realizado un esfuerzo más. Contribuyan al progreso de nuestra patria jugando con muñecas argentinas”, mientras que en 1958 Juguetes anuncia la Bati Lapicera promocionando un “sensacional concurso organizado por Batman” cuyo tema de composición es “Mi mamá y mi maestra”.

 

 Imagen [en la edición impresa]. Miguel Mitlag, Papeles.

Lecturas. Daniela Pelegrinelli, Diccionario de juguetes argentinos. Infancia, industria y educación: 1880-1965 (Buenos Aires, El Juguete Ilustrado Editor, 2010). Charles Baudelaire, “Moral del juguete” (1853), en Salones y otros escritos sobre arte (Madrid, Visor, 1996). Roland Barthes, “Juguetes”, en Mitologías [1957] (México, Siglo XXI, 1997). Gérard Wajcman, Colección, seguido de La avaricia (Buenos Aires, Manantial, 2010).

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