Cantos

Ezra Pound

OTRAS LITERATURAS

Borges decía que la gran dificultad del verso libre es que el poeta debe inventarse sus propias reglas; reglas que en el verso medido y rimado ya vienen dadas por la tradición. O, como dijo T. S. Eliot, “Ningún verso es libre para el hombre que quiere hacer un buen trabajo”. El mundo de Ezra Pound vive dentro de los Cantos, ahí se hacen carne las reglas que lo convirtieron en un poeta libre.

El relato de la Historia nos tiene acostumbrados a que la mirada del historiador elija aquellos hechos que por su relación con la idea hegeliana de progreso parecen pedir que se los cuente. Una vieja revista semanal podría titular: “Los grandes hechos de la Historia”. Los Cantos son una historia del hombre, pero en ellos no hay grandes hechos sino hechos, y los héroes no son grandes hombres sino hombres. En el alma de Pound había un narrador, aunque nunca escribió novelas ni relatos. Amaba contar y cuando se fascinaba con personajes como Segismundo Malatesta, Browning, John Adams, Cavalcanti, Homero, Confucio o Woodrow Wilson, quería saber cómo despedían a sus amigos, qué no los dejaba dormir, de qué estaban hechas sus casas, lo que decían a sus mujeres, a sus amantes, en qué gastaban el dinero, en qué no lo gastaban. Los detalles.

Los Cantos están construidos sobre los detalles del hombre. Y para el hombre de Pound no hay divisiones de cultura, de tiempo o de idioma: los mitos griegos se entremezclan y se repiten en el mundo chino de Confucio y los caminos de la independencia norteamericana cruzan la Toscana en medio de las luchas de poder de los Borgia. Distintos idiomas crecen como flores salvajes al costado de la lengua nativa del poeta; el francés, el italiano, el provenzal, el alemán, el griego, el latín, el chino y hasta el musical… (“como el escultor ve la forma en el aire / como vidrio visto bajo el agua, / El rey Otreo, mi padre… / y vio las olas tomando forma como de cristal, / las notas como facetas del aire, / y la mente, allí, ante ellas, se movía, / de modo que las notas no precisaban moverse”, dice el Canto XXV).

La estructura total del poema fue relatada por Pound a W. B. Yeats y el gran poeta irlandés lo recordó así: “Ahora me explica por fin que, una vez concluido el canto centésimo, revelará una estructura semejante a la de una fuga de Bach. No habrá argumento, ni crónica de acontecimientos, ni discurso lógico, sino dos temas: el descenso al Hades de Homero, una Metamorfosis de Ovidio y, mezclados en ambos asuntos, personajes históricos medievales y modernos […] Un poema en el que no hay nada que se pueda aislar y analizar, nada que no forme parte del poema mismo”.

¿Cómo traducir y editar lo inabarcable? Una opción sería hacerlo algo abarcable, reducirlo a “gran hecho de la historia” y explicar cada uno de sus fragmentos, exprimir cada detalle y cada palabra —en el idioma en que se encuentre— con una nota al pie. La decisión del traductor argentino Jan de Jager y de la editorial Sexto Piso fue otra, más poundiana. El traductor sólo trae al castellano —con pericia— aquello que Pound escribió en inglés (también están traducidos por Jorge Aulicino los dos cantos que Pound concibió completamente en italiano). Es tarea del lector dar sentido e intentar “escuchar” los otros idiomas. No hay notas al pie. El largo poema que son los Cantos no podría seguir siendo poema de otra forma. Juan Gelman contó en alguna parte que en su infancia su hermano mayor le recitaba a Pushkin en ruso. Gelman no aprendió ruso, pero nunca pudo olvidar cómo cantaba aquel idioma en las palabras del poeta…

En el lúcido prólogo de Giorgio Agamben a esta edición, acercarse a los Cantos es asistir a la eclosión de la cultura occidental que comenzó con la Primera Guerra Mundial. Pacientemente, Pound recogió los restos del “naufragio de Europa”.

Ezra Pound, Cantos, traducción de Jan de Jager, prólogo de Giorgio Agamben, Sexto Piso, 2018, 1220 págs.

25 Jul, 2019
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