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Capítulos de mi autobiografía

Mark Twain

OTRAS LITERATURAS

Para 1897, cuando le dijo a un periodista que los informes de su muerte eran “muy exagerados”, Samuel Clemens ―Mark Twain en letras de molde― ya tenía vasta experiencia en la gestión de dos carreras aledañas: la de escritor y la de vocero de su propia figura de escritor. De su boca se podía esperar lo mismo que sus libros derramaban en abundancia, una voz habituada al solfeo, ácida sin ser fría ni inclemente, predicadora de la bonanza norteamericana a la vez que crítica del horror de la esclavitud que posibilitó su despegue.

Clemens veía en Twain una marca, un producto indivisible de vida y obra, y la pulió con especial fervor en su vejez, cuando ya había escrito sus novelas medulares y viajaba tupido para cumplir con sus compromisos de orador. A esa fase pertenece Capítulos de mi autobiografía, compilación de textos más o menos confidenciales que dictó a taquígrafos a lo largo de dos décadas, muchas veces desde la comodidad de su cama. Aunque algunos capítulos fueron publicados en diarios y revistas de la época, exigió que el libro entero permaneciera inédito hasta cien años después de su fallecimiento. La ansiedad editorial adelantó la salida a 1924, a casi tres lustros de la partida del autor de Las aventuras de Tom Sawyer, quien tal vez habría encontrado gracia en el desacato, una desobediencia típica de sus criaturas literarias, o quizás habría montado uno de los berrinches homéricos que su familia conocía de memoria.

Que no se tratara de una autobiografía convencional, hilada y exhaustiva, celosa de los hitos infaltables, fue desde el vamos un propósito de Twain: “La ley de este sistema es que hablaré del asunto que por el momento me interese, después lo dejaré de lado, y hablaré de otra cosa hasta que se me agote el interés. Es un sistema que no sigue una hoja de ruta y no va a seguir ninguna hoja de ruta”. La espontaneidad se incita en el capricho, pero también en cierta contumacia. Hay dentro del libro una segunda biografía que Susy, hija de Twain, garabateó en su adolescencia. Twain la distribuye por el índice y se sirve de ella para justificar o realzar lo que sea que está contando. Susy murió de joven, antes de que el proyecto de los capítulos tomara forma, y su ausencia le impone al conjunto no sólo un punto de vista alternativo, sino además un matiz trágico que interrumpe la liviandad general con una aspereza que no debería sorprender a quienes hayan leído Huckleberry Finn o Un yanqui en la corte del rey Arturo. Por más que el humorismo busque cubrirlos, los capítulos de Twain no dejan de ser jirones de algo irrecuperable, residuos vivificados.

En el desorden, por supuesto, no todas las partes tienen el mismo vigor. Sobran los recuerdos misceláneos, los malentendidos con diplomáticos y publicistas, los pasos de comedia cuyo efecto seguro fue bastante más potente en los salones almidonados de finales del siglo XIX. Pero de pronto Twain narra una tarde de sol en Manhattan junto a un Robert L. Stevenson enflaquecido como un anacoreta, o evoca a Beecher Stowe cuando la autora de La cabaña del tío Tom ya estaba senil y se metía en casas ajenas para asustar gente, o escenifica una reunión incómoda con Lewis Carroll, o describe el Hannibal de su infancia y aviva ecos de sus novelas y de los personajes que las poblaron, o zurce los pormenores de la muerte de su hermano Henry con detalles de un sueño profético, y entonces todas las trivialidades e inflaciones del ego quedan perdonadas.

La frivolidad es porción de cualquier vida y fracasar en dar justo relieve a los acontecimientos es una secuela estricta de haber vivido. “El mundo nos sopla, flotamos alegremente por el aire de verano durante un tiempo”, reflexiona Twain en un pasaje. Capítulos de mi autobiografía pone todo a flotar, a sustentarse por su cuenta en el vacío, y después cada fragmento deberá hacer lo que pueda para retrasar su caída.

 

Mark Twain, Capítulos de mi autobiografía, traducción de Fernando Correa-Navarro, La Pollera, 2023, 512 págs.

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