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Bien tarde en el día

Claire Keegan

OTRAS LITERATURAS

Cada lector tendrá su preferido, lo cierto es que cada nuevo libro de la irlandesa Claire Keegan ―en impecables traducciones de Jorge Fondebrider― es esperado en este extremo del mundo con ansiedad y júbilo anticipado.

Keegan puede modular los registros de la ternura y la humanidad ―como lo hace en la nouvelle Tres luces― o resultar implacable en relatos de enorme oscuridad y violencia soterrada, como “Antártida” ―el que da nombre al libro― o “Quemaduras”. Sus cuentos de la campiña irlandesa contemporánea esconden, bajo la aparente placidez de los cielos diáfanos, duras historias de desesperanza, maltrato infantil y matrimonios infelices.

Publicado independientemente, a pesar de su brevedad, Bien tarde en el día narra de manera sucinta, a través de unas pocas escenas, una relación de pareja. La historia transcurre en Dublín y en el pueblo campestre de Acklow, donde vive Cathal y donde vivirá también Sabine tras mudarse con él apenas un mes antes de su casamiento. Taciturno, Cathal permanece en la oficina durante la hora de almuerzo para adelantar trabajo, aunque su cabeza parece estar en otra parte. Comete errores tontos y pierde la tarea recién hecha en la computadora; se siente incómodo y observado por las pocas personas que se cruza en la oficina. En el camino de vuelta a casa evita mirar los mensajes en su celular, siente que no está preparado para recibir un mensaje doloroso. “Había sido un día sin incidentes”, se dice, pero sabemos que debajo de esa monótona calma su mundo se resquebraja. En ese presente comienza y termina el relato, mientras que la historia se remonta a un año atrás, cuando le propone casamiento a Sabine, luego al comienzo de la relación, hace dos, y al momento en que ella se muda a la casa de él, hace unas pocas semanas.

Con ocupaciones e intereses comunes ―ambos trabajan en instituciones de gestión cultural, aunque ella es francesa de origen y él un irlandés algo provinciano―, el relato va dejando conocer sus pequeños desacuerdos, que pueden involucrar gustos artísticos o incomodidades, disensos aparentemente leves, en las pequeñas cosas de la vida cotidiana. Sabine disfruta de comprar o cosechar productos del campo y preparar comidas para compartir con Cathal, pero a él le fastidia si tiene que pagar de su bolsillo o lidiar con el lavado posterior de platos en la cocina. Momentos que podrían quedar en el recuerdo, como la compra del anillo de compromiso, se malogran por discusiones prosaicas y un asomo de maltrato por parte de Cathal. “¿Crees que el dinero lo encuentro en los árboles? —dijo él, e inmediatamente la larga sombra de las palabras que su padre habría empleado pasó sobre su vida, sobre lo que debería haber sido un buen día, si no uno de los más felices”.

Artista de lo no dicho, Claire Keegan muestra al lector estas pequeñas escenas, sustentadas en un mundo de costumbres y tradiciones muy arraigadas. Su crítica social es todavía más oblicua en este cuento que en otros, ya que el foco está puesto en Cathal, el personaje con menos sensibilidad, cuya capacidad de comprensión de la mujer con quien quiere casarse es tan rudimentaria como su escasa posibilidad de análisis y autocrítica. Moldeado en la tradición patriarcal y atado a una manera estrecha y egocéntrica de concebir una relación de pareja, Cathal es una versión del varón contemporáneo todavía preso de las convenciones, que finalmente resulta víctima de esa rigidez mental.

En otros libros de Keegan, el foco está puesto en el personaje más sensible, el que es capaz de hacer un cambio, como Bill Furlong en Cosas pequeñas como esas. Ahí el lector asiste al movimiento de su ánimo, a sus preguntas y descubrimientos. En cambio, en Bien tarde en el día Keegan ensaya algo más complejo, seguir al personaje que no puede ver, al hombre que no ha logrado evolucionar con su tiempo y que por eso pierde. Cathal no toma conciencia de esto hasta que ha perdido a Sabine, y ni siquiera está claro que esa pérdida logre modificar algo en él.

Es probable que la misma originalidad del punto de vista elegido encuentre sus límites en este cuento. El protagonista no puede pensar más allá, ni siquiera puede articular y expresar sentimientos, por lo que nos quedamos nadando en la superficie. Retazos de su historia familiar, clichés del discurso patriarcal, escenas de burla y maltrato a la madre por parte de los varones se recuperan y resultan muy elocuentes, pero la sensación al terminar de leer es que al relato le falta espesor, probablemente se trate de la misma sustancia que le falta al personaje, de quien nos compadecemos, pese a todo, en su soledad, rodeado del cotillón de una fiesta que no fue.

 

Claire Keegan, Bien tarde en el día, traducción de Jorge Fondebrider, Eterna Cadencia, 2024, 64 págs.

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