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El corazón de Yamato

Aki Shimazaki

OTRAS LITERATURAS

Japón sigue siendo una sociedad opresiva de la cual las escritoras, más que los escritores, quieren zafar. Unas lo consiguen en el exilio de su cultura grupal (Yoshimoto, Okada, Kawakami, otras) y proyectan mundos fantásticos u oníricos. Otras se van a vivir al extranjero. Pero en lugar de perder raíces al roce con lo nuevo, las entrelazan de modo tal que su escritura se transforma en viaje de retorno al corazón del seno japonés. Conozco dos casos de esta peripecia de ser de una lengua extraña para escribir lo propio. En París vive Yoko Orimo desde 1975: allí empezó de nuevo y con alma francesa penetró el arcano de la escritura del Soto Zen, traduciendo la obra de Dôgen en un bilingüismo que supera lo conocido en Occidente en materia de versión. En cuanto a Aki Shimazaki, vive en Montreal desde 1991: deshilacha en francés la trama de su cultura de origen. Como el salmón, nacen río arriba en agua dulce, viven años en el mar y vuelven para desovar en el lugar de nacimiento: así avanzan ellas hacia el corazón de Yamato.

Esta novela plantea un quinteto de historias trabadas entre sí (como ocurre en otras suyas, continuamente aludidas). Relatos en apariencia independientes (en voces masculinas o femeninas, en primera o tercera persona). En realidad abundan las conexiones internas, como en el holograma de una constelación de estrellas. Trébol, granada, libélula, espora, rosa amarilla. Las palabras que encabezan cada parte se repiten en otras como alusión o recuerdo. Los temas se enhebran, se anticipan, se evocan al pasar. Las circunstancias de cada personaje aparecen luego en otros de este libro, o de anteriores. La verificación de lugares, personas y hechos muestra que encajan sin errores. La escritora construye, con paciencia, su propio Yoknapatawpha County, al hilo de su atenta lectura de Faulkner.

Así, su constelación pasa a funcionar como un sistema planetario, al principio ignorado, donde todo se estructura según la hipótesis de la interdependencia de lo creado (“en”) y todo se explica por la regla supuestamente infalible del “karma”. Pero Shimazaki va más lejos que el paradigma budista convencional y se aventura en aguas del Zen: los hechos se van aclarando cuando, a la vez, se oscurecen por la presencia de “las circunstancias” (“in.nen”), un destino abierto que hay que construir (lo que en Occidente llamamos libertad).

El punto áureo de este tapiz abigarrado se llama Yamato, término clave de la obra. Para los nipones designa, es cierto, lo familiar y conocido, lo compartido por todos ayer y hoy, la idiosincrasia colectiva y cada identidad individual de ese solar que acabó llamándose Japón. Pero también designa algo difícil de mensurar y de situar en el espacio. Porque, ¿el Yamato de Shimazaki es el de Nara (el histórico), el de Kyushu (el mitológico) o el de Montreal (el fáctico)?

En todo caso, ir al corazón de Yamato es vivir la paradoja de una existencia que oscila entre la evidencia y el enigma, entre pasado y presente, entre el lugar de los hechos y esa otra parte que toda buena literatura crea. La escritura de Shimazaki es un motor de productividad estética y cultural en una nación capaz de seguir elaborando un sólido sistema de referencias en torno a grandes núcleos sensitivos y estéticos que designan realidades endebles y pasajeras: la omnipresente naturaleza y sus estaciones; la impronta sensorial del haiku; el sentido de la pausa, que Shimazaki aprende de Kawabata; el viaje continuo entre el foro externo y el interno, herencia de Murasaki Shikibu; la mezcla de voces narrativas, tiempos y lugares, propia de la desordenada evocación de la memoria del amor.

Porque, naturalmente, la novela cuenta una serie de historias de amor. La de Takashi por Yuko, la de Tsuyoshi por Aiko, la de Jiro por Akitsu. Como conector de esos relatos particulares están los contactos que entre ellos anudan durante cincuenta años. Sin olvidar la complicidad de todos al sentirse “parte de Yamato”. Como la autora.

 

Aki Shimazaki, El corazón de Yamato, traducción de Alan Pauls, Lumen, 2019, 528 págs.

 

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