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OTRAS LITERATURAS

La apelación a la Historia como territorio fértil para la invención desatada pero verosímil es un recurso habitual en la literatura de José Eduardo Agualusa, que se amplifica en La reina Ginga al recurrir a un personaje histórico con visos de leyenda fantástica. Ana de Sousa o Ngola Ana Nzinga Mbande, también llamada Reina Ginga, fue la soberana de los reinos de Ndongo y Matamba, en el sudoeste de África, en el siglo VII. Estratega y diplomática, guerrera y déspota, figura clave de la resistencia al colonialismo portugués, ganó notoriedad en su época porque se hacía llamar rey (no reina), no se doblegaba ante nadie y tenía un harén de hombres que trataba y hacía vestir como mujeres. En la novela de Agualusa es un personaje lateral, pero cuya figura campea permanentemente en el relato, y cuando aparece trastoca el curso de los acontecimientos. Emulando el tono de un romance medieval, asistimos a la configuración y reorganización periódica de su reino a través del lente de Francisco José de la Santa Cruz, un sacerdote pernambucano que, una vez llegado a las costas de África para servir de secretario a Ginga, irá perdiendo paulatinamente la fe en Cristo y mudando de identidad como quien cambia de ropa. A decir verdad, casi todos los personajes se desdoblan en un alias, como salvoconducto a otro modo de existencia o literalmente, como la historia que se nos cuenta de un tal Tomé dos Anjos, que tenía el poder de “transformarse en una persona diferente, con otra apariencia, otros modos y otra voz, incluso otro color”. La identidad de género, como corresponde a estos desplazamientos, es un compuesto fluido sin arraigo en lo biológico, que nos da piratas recios que tienen “manos vagas y finas, de vieja baronesa” o mujeres que dan “largos y sólidos pasos de hombre”. También las alianzas son fluidas (endebles, para ser precisos) y permiten cruces de un bando a otro. A Luanda, centro neurálgico del comercio de esclavos (que luego se trasladaría a Brasil), se la disputan portugueses y holandeses, mientras los africanos intentan resistir la invasión. Se trata de un período de construcción de la historia en que se deciden las fronteras de Portugal, Angola y Brasil. El entramado de ficción y realidad es tan sutil que hay personajes o sucesos reales que pasan por invenciones, y personajes o sucesos ficticios que parecen reales. En medio de este caldo en ebullición se encuentra el descreído sacerdote Francisco José de la Santa Cruz, cuyo contacto con el panteísmo y el encuentro y pérdida de un amor lo encaminarán a asumir que un mundo sin Dios implica responsabilizarse por los propios actos.

El interés de La reina Ginga no radica en la operación de reescritura de la historia para trastocar la versión oficial, ni tampoco en la utilización de un personaje que reúne características de lo hoy llamamos queer. Bien mirada, la novela de Agualusa es un tratado de transformaciones: de cómo desprenderse de todo aquello que ata a un lugar, una posición, una personalidad,  impulsa la búsqueda, no digamos de felicidad o vida, sino de algo nuevo que contar.

 

José Eduardo Agualusa, La reina Ginga. Y de cómo los africanos inventaron el mundo, traducción de Claudia Solans, Edhasa, 2018, 304 págs.

 

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31 Ene, 2019
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