OTRAS LITERATURAS

Todos los exégetas coinciden en señalar el pasaje del inglés al francés como el punto de inflexión en la obra de Samuel Beckett. A partir de allí habría logrado emanciparse del magisterio de Joyce, empobrecer su estilo y aceptar aquella zona de sí que hasta entonces había acallado: la incertidumbre, la oscuridad. Luego de algunos ensayos programáticos sobre pintura escribe, en la nueva lengua, Molloy, primera novela de una trilogía que representa un quiebre tanto en su obra como en la literatura.

Escrita en 1947, llega ahora en notable versión descentrada a cargo de Matías Battistón, quien tradujo también los otros volúmenes de la trilogía para las delicadas ediciones de Godot. Suerte de díptico desmembrado, las dos partes que componen la novela se trenzan en una cinta de Moebius. En la primera, un sujeto (permítasenos el exceso) dice no recordar cómo ha llegado hasta la habitación de su madre, lugar donde ahora vive; tal vez en ambulancia, aunque no es seguro, como tampoco es seguro cuál es su nombre. Su peculiar relación con la lengua no lo hace más sencillo, puesto que ha olvidado “la ortografía y […] la mitad de las palabras”. A pesar de sus dificultades, insiste en reconstruir, en la medida de lo posible, las circunstancias del viaje y así poder dar cuenta de su presente. Aunque preferiría, eso sí, realizar el inventario de sus escasas pertenencias, mientras aguarda el instante anhelado en que todo sea silencio. Un hombre, siempre el mismo, llega los domingos a retirar lo que este sujeto, llamémoslo Molloy, se ve impelido a escribir y que es, en definitiva, lo que estamos leyendo. La de Molloy es una escritura repleta de oraciones adversativas, que no sólo colocan en entredicho y aplazan lo relatado (como en Kafka), sino que se estiran hasta languidecer o quedar truncas; cuestionan, entonces, ya no sólo el sentido de la frase, sino, además, el significado de las palabras.

En la segunda parte, el agente Jacques Moran recibe (¡también un domingo!) el encargo de investigar la desaparición de un tal Molloy. El contraste entre ambos es claro. Morán tiene un hijo, innumerables posesiones, sintaxis coherente y organiza el texto en párrafos. En el comienzo, al menos. Sin saber muy bien cómo, irá perdiendo cada una de sus propiedades hasta perderse a sí mismo. Quedarán, por supuesto, los apéndices ortopédicos beckettianos: sombreros, muletas, bicicletas, paraguas. La degradación de Morán lo asemeja cada vez más al tullido y afásico Molloy, y hay quien prefiere leer la primera parte como continuación o consecuencia lógica de la segunda. Pero con Beckett, ya lo hemos visto, conviene no estar muy seguro.

Se ha dicho que en Molloy no hay hechos. Error. Está repleto de ellos, sólo que son tan pequeños e insignificantes que parece no tener sentido mencionarlos. Cómo llamar sino al empeño de Molloy por describir la búsqueda de un sistema para succionar, de a una por vez y sin repeticiones, las dieciséis piedras (guijarros, en realidad) que guarda en sus cuatro bolsillos. O al método de comunicación a fuerza de golpes en el cráneo de la madre. O a la farragosa descripción de un modo de caminar o de montar una bicicleta. Beckett, es cierto, adelgaza la peripecia, estira y comprime el tiempo, borronea los contornos del espacio hasta alcanzar la abstracción o admitir la paradoja de un terreno llano e irregular a la vez. Pero eso no quiere decir que nada pase. Pasa, eso sí, esa nada a la que se aferra desde siempre esa “galería de moribundos” que son sus personajes y que obliga, entonces, a preguntarse por qué escriben. Para arropar, sin desmentirlo, el caos que los envuelve. O para librarse de la tarea de escribir, tal vez. Dice Molloy: “No querer decir, no saber lo que se quiere decir, no ser capaz de lo que se cree querer decir, y siempre decir o casi, eso es lo que importa no perder de vista, en el calor de la redacción”. Para hacer de la imposibilidad un predicamento, sí. Todo cesa, dice Beckett, sin cesar.

 

Samuel Beckett, Molloy, traducción de Matías Battistón, Godot, 2020, 200 págs.

10 Dic, 2020
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