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OTRAS LITERATURAS

Hace un tiempo asistí a una instalación en la que el artista representaba su propio funeral. Había hecho llegar una bonita tarjeta en la que se citaba a sus amigos y a unos pocos conocidos al velatorio en una galería de la ciudad. Al llegar se podía visualizar rápidamente el ataúd, los motivos florales y luces que resaltaban el carácter cadavérico del actor que representaba al muerto. Era relativamente sencillo seguir la banda sonora escogida cuidadosamente por él —Lou Reed, Nick Cave, Joy Division, entre otros— y había bebida y comida que permitían a los invitados relajarse y recordar al finado. Me acuerdo de la sensación de extrañeza que me produjo escuchar hablar a amigos y allegados sobre el muerto, de los episodios que los ataban a él y las situaciones que se dieron para que se forjara una amistad. Era, por decirlo de algún modo, un funeral de diseño; todo estaba en su lugar: las plañideras, los ornamentos, los gestos y poses, la sensación de vacío y de esperanza, y también de reencuentro. Lo más extravagante fue ver al artista paseándose de aquí para allá, como un espectro fisgón de su propia muerte. Esa sensación de extrañamiento ante un evento binario de muerte y representación se repite ante la lectura de Suicidio.

El texto de Édouard Levé maneja las claves narrativas de Autorretrato (2016), virtud que podemos apreciar gracias al traductor Matías Battistón, pero desplazando el marco de lectura y tomando distancia para intentar hacer algo de foco: la revisión biográfica no lo tiene a él como centro —¿como objeto del deseo?—; esta vez, en cambio, se trata de un amigo que se suicidó a los veinticinco años. Se ofrece, entonces, una galería de caracteres de un personaje singular: joven, casado, taciturno, caminante, artista, inteligente y honesto; de una vida apacible aunque no sin sobresaltos y con un frío plan que llevó de manera firme hasta sus últimas consecuencias.

Hay un claro gesto en Suicidio que se asemeja a la “instalación” detallada unos párrafos más arriba: aquí se busca adelantar marcos y situaciones (en este caso, una muerte programada) a un nivel de experimentación que permita desnaturalizar lo pensado, lo gastado, el recurso fácil y efectista, acercándose esta vez desde el laboratorio de la escritura. En su carácter de reconstrucción, el narrador intenta devolver el sentido al acto, algo que permita pensar a un nivel más elevado de la experiencia y que recuerda los versos de T. S. Eliot que sirven como epígrafe a Respiración artificial (1980), de Ricardo Piglia: “We had the experience but missed the meaning, / And approach to the meaning restores the experience”. Representación y accionar poético, escritura y vida (o bien, cómo la vida se supedita a la escritura) y reflexiones excéntricas (“Tu suicidio fue de una belleza escandalosa”) que encierran una obsesión permanente: la elección de un destino.

 

Édouard Levé, Suicidio, traducción de Matías Battistón, Eterna Cadencia, 2017, 96 págs.

25 Ene, 2018
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