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Tratados sobre muerte y naturaleza

Sir Thomas Browne

OTRAS LITERATURAS

Cada sir Thomas Browne redux, cada rentrée del polímata melancólico en el mercado de traducciones hispanoamericano —del ángel trastornado, como lo llamó alguna vez Herman Melville—, predispone tradicionalmente a un challenge: controlar ese balón largo, larguísimo, sin descargarlo en —sin buscar a— Borges. Contratapistas, prologuistas, reseñistas: no nos cabe posibilidad de excepción en esta derrota. En parte porque traducir o reeditar de tanto en tanto a Browne responde siempre un poco a la necesidad (califiquémosla con un adjetivo insufrible: epocal) de jugar para Borges. Invocarlo, habilitarlo —en otro campo, pero en la misma analogía atlética: el cultural— con un no look. Como quien no quiere la cosa, o como quien quiere su sombra. 

Es sabido: el significante Borges (ese patrimonio administrado por cada latifundista del veredicto) oblitera la herencia vacante de sus significados maniáticamente interinos. Es algo que todo menesteroso lector de Borges atesora. Y sir Thomas Browne es parte de esa herencia sin sobrinos. Un bien de inventario donde el pensamiento científico y el pensamiento mágico se muerden la cola, pero no en virtud de un sentido prístino o primitivista, ahistórico (lo que convertiría a Browne en otro cazabobos new age avant la lettre), sino a fuerza de llevar el primero hasta las últimas consecuencias. Epocal, mal que nos pese: Religio medici (La religión de un médico) hoy, cuatro siglos más cerca del último día, bien podría titularse La religión de un físico de partículas y estar escrita por el más brillante y el más agnóstico de todos ellos. Sería otro chart-buster.      

La prosa “borgeana” de sir Thomas Browne restaura y contempla el misterio a medida que lo ilumina, a medida que acumula saberes en una incesante danza de desabastecimiento. Esa danza, dicho mal y pronto, es la poética. Liminal, funámbulo, su cuerda floja (el hilo de oro de la erudición más deslumbrante) se balancea siempre sobre las realidades últimas, pero sin dejarse embolsar nunca por la red del credo. Mucho menos por el economicismo iluminista. Como si Browne despejara caminos hacia el corazón de las tinieblas menos para sustraerlas a un sentido que para detentarlas. Su prosa, o bien su estilo, que a pábulo de los étimos (unidos todos por el filo) será siempre —el estilo— un pariente de la guadaña. Atributo de la muerte y pertrecho del jardinero. Ambos, como salta a la vista, pretextos (en Browne apenas si hay temas) de los dos tratados que componen esta nueva traducción conjunta de Urnas sepulcrales y El jardín de Ciro, a cargo respectivamente de Angela Signorini y Pablo Maurette. De este último, también, es exhaustiva la introducción, que consta de cinco capítulos, como el Urn Burial, donde recién en el quinto (el quinto capítulo del Urn Burial es también el que alguna vez tradujo Borges) aluniza JLB. En su órbita: la novedosa —por nutrida— biografía factual del aventurero mental que domina el mito de autor de Browne, y sus cortejos: la guardia de corps de románticos y posrománticos ingleses que lo rescató del ghosteo de los monstruos de la razón. Los dismal norteamericanos: Poe, Dickinson, el mencionado Melville. Especialmente, para Maurette, el último browniano del siglo XX, W.G. Sebald. 

Pero “el escritor que más intimó con la prosa de Browne fue, sin duda, Borges”, pagará por ver al prologuista. Y tenderá su propio hilo de oro —procedimiento browniano por excelencia—: la oración final de “Tlön…”; la falacia de perduración (de una página, de una vida) que Borges retoma en “La supersticiosa ética del lector” y en “El Aleph”; el quincunx observado en el cristal de las ventanas de “Emma Zunz” y “La muerte y la brújula” (es decir, la figura geométrica del losange, que Browne rastrea en El jardín de Ciro [el persa] y en toda la morfología de la Creación como si persiguiera la partícula de Dios); la catalogación de bibliotecas imaginarias; hasta “un cuentito sobre Thomas Browne y la quema de brujas”, nunca ejecutado (las comillas, en este caso, son de Bioy). Se podría añadir, además, un epígrafe fantasma: “Ser autor anónimo de acciones nobles es mejor que tener una historia infame […] La iniquidad del olvido dispersa ciegamente su amapola y trata la memoria de los hombres sin distinguir el mérito a la perpetuidad”. No se trata solo de una epifanía (para la Historia universal de la infamia), sino del quincunx de su propia dicción.

Ahistoricidad, crisis de trascendencia, pavor ante la conciencia, outlets proféticos, claustrofóbicas comparsas del Yo. Si Thomas Browne desactiva, reconcilia y medita todo aquello en la orfandad común de lo humano, ¿cómo no esperanzarse con volver a pescar, de tanto en tanto, como en el otro Borges, en la lectura de Browne una objeción estética a los imperativos —a las modas éticas— del orden burgués? A eso, al fin y al cabo, que con cierta pusilanimidad política hoy preferimos llamar época.   

 

Sir Thomas Browne, Tratados sobre muerte y naturaleza, traducción y prólogo de Pablo Maurette, Ampersand, 2026, 220 págs.

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