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Estúpidos espantapájaros

Mariana Tellería

ARTE

Recién con la llegada de la fotografía la pintura se volverá imagen, hasta ese momento era un objeto en el mundo hacia el cual peregrinar (y dicen que de esas peregrinaciones nace el prototurismo). En presencia un cuadro se vuelve escultura, y es en esa vivencia donde la experiencia escultórica sigue imponiendo su gracia: conjunción de poesía, producción y proceso sólo si se la contempla en vivo.

En Estúpidos espantapájaros, la escultora Mariana Tellería narra con escepticismo francés. Algo a mitad de camino entre un video de Justice y las basílicas europeas semiabandonadas, carcasas de una religión culturalmente vacía. Por francés me refiero a una angustia existencial, posrevolucionaria, sin Dios, pero en busca de un amo. El blanco y negro de estas nuevas piezas trazan en su pulcritud una continuidad natal con Los Ángeles, su exhibición de 2011, dejando entrever que la autora viene enlazando dos o tres relatos en simultáneo, registros a los que vuelve en el tiempo, independientemente. Aquí los cuerpos, que son cuervos también, enhebran figuras de ángeles negros trenzados, huecos. Heraldos, en definitiva. Cuesta imaginar su fuerza en soledad, separando a cada uno en su rezo. El conjunto, por su parte, compone un fresco de dureza existencial, que roza incluso la melancolía de Albert Gyorgy.

La pregunta es qué hacer con lo que nos interpela: el arte, el sufrimiento, la religión. Jesús, Cristo, ese enorme espantapájaros de madera encarnizada, impotente por ser víctima y victimario, vive y espanta cuando muestra imprescindible su crudeza anónima. Volver a Jesús es para Tellería volver a una masa; buscar hasta entender su sentido coral originario. No rememorarlo, sino entenderlo. Con su insistencia, la artista parecer decirnos que en el concepto “crucifixión” lo esencial de la cruz señala menos el sufrimiento de una persona que un método de exterminio sin compasión; un sistema vedado que hoy cuesta redimir. Olvidamos que la cruz existe porque crucificaron de a cientos diariamente en Jerusalén. Olvidamos que Craso empaló en cruces a seis mil colaboradores de Espartaco en el camino entre Roma y Capua sólo para demostrar poder (existe un cuadro de Fiódor Brónnikov al respecto). Después olvidamos su dulce peso en la conquista. En definitiva, naturalizamos nuestra inclemencia ante el dolor ajeno, que sigue ahí, sin interpelar hasta que ejerce su violencia.

Sobre esa base un poeta concluye una responsabilidad: interpretar el sentido religioso de lo permanente; fundar el encuentro de un núcleo de eternidad en lo frágil. Así, al salir del círculo de sus últimas obsesiones, dejando momentáneamente de lado el ornamento, la nueva producción de Tellería expande algo de lo artesanal. Un saber hacer poético, de síntesis porosa. El resultado son suturas a un mundo cada vez más débil que se apaga y desaparece. Mensajeros sin más mensaje que ser. Y quizás por esto resuene innecesario el anclaje a texto que intentó la serie (un escritor y un tono para cada escena). El grupo en sí sostiene una fuerza que vuelve prescindible la palabra y que merece presenciarse. Las galerías, como pequeñas capillitas laicas, cada tanto ofrecen gratuitos niveles de belleza que reafirman lo sagrado contemporáneo: las cosas que experimentamos intensamente nos acompañan y van a morir con nosotros.

 

Mariana Tellería, Estúpidos espantapájaros, Galería Ruth Benzacar, Buenos Aires, 1 de noviembre de 2023 – 26 de enero de 2024.

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