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El tiempo es lo único que tenemos

Bárbara Hang / Agustina Muñoz (comps.)

TEATRO

El tamaño promedio de todos los animales vivos, incluyendo al hombre, es casi el de una mosca”, comenta Augusto Corrieri en su texto y prosigue: “Nuestras escalas necesitan ser recalibradas con urgencia”. Leer estas breves líneas en un libro que se ocupa de las artes vivas (performance, teatro, danza) resulta un hallazgo y merece toda nuestra atención.

Y es que los ensayos reunidos en El tiempo es lo único que tenemos nos sacan de los lugares comunes de la especifidad del aquí y ahora de la representación, de la copresencia del actor y el espectador, de la visión aurática del cuerpo vivo del performer. No porque esas cuestiones no aparezcan aquí y allá a lo largo del volumen, sino porque atravesadas por epistemologías, estéticas y estrategias políticas que descentran los legados modernos de una escena aún demasiado antropocéntrica, nos obligan a recalibrar todas las coordenadas para imaginar los escenarios y los mundos por venir.

Rediseñar las coordenadas del espacio, el tiempo y la acción escénica se vuelve aquí cuestión del hacer y del pensar. Las hipótesis resultan tentativas; pero también concretas y posibles. “¿Cómo podemos imaginar o incluso soñar con un arte que nos gustaría ver en el futuro sin la obligación de saber cómo hacerlo ahora? […] Hagamos un esfuerzo y pensemos por fuera de esa deficiencia, por fuera de la escasez que afecta a la situación actual”, reflexiona Bojana Cvejić en su ensayo.

Empecemos por el tiempo (que da título al libro). La sección de ensayos se abre con un trabajo de Eleonora Fabião acerca de la temporalidad de lo precario —siguiendo el legado de Lygia Clark—. En tiempos de aceleración y rentabilidad —sin negar lo efímero, más bien lo revisa y complementa—, el carácter incompleto, material, sensorial, sincrónico, móvil e inestable de lo precario busca descentrar aquellas ideas y construcciones del mundo contemporáneo y poner en primer plano el carácter experimental y político de la performance.

En segundo lugar, el espacio. En su texto, Ana Vujanović retoma la imagen del paisaje —resuena aquí otro legado: el de Gertrude Stein, entre otros— para reubicarla en la dramaturgia del presente y en una epistemología fundada en la revisión del lugar del hombre en el mundo. Refiere a la deriva y su trayecto lento e indirecto, a la experiencia de la navegación sin rumbo por Internet, a las formas contemporáneas del arte duracional; pero también a las nuevas organizaciones sociales donde se ensayan formas horizontales de relacionarse y cohabitar.

Finalmente, la acción. Aquella variable que en la tradición teatral dimensiona la potencia del conflicto articulando la relación de dos fuerzas en pugna puede representarse, también, bajo la forma de las peripecias de un tornillo. En su ensayo, Mariana Obersztern reconstruye el proceso de trabajo que dio lugar a una conversación pública con Victoria Pérez Arroyo. Allí, entre las reflexiones en torno a la creación escénica, se asoma un tornillo que, según Obersztern, se encuentra en su estudio y nadie se anima a desechar. Sólo se lo va cambiando de lugar. ¿Quién podría decir que ese tornillo y su falta de acción dramática no movilizan toda la potencia del relato? ¿Acaso no es su muda cosidad la que magnetiza y desvía (productivamente) la imaginación de la artista?

No son pocas las ocasiones en que los ensayos reunidos desvían su atención y salen de sí (hacia otras artes, hacia otros campos de acción y reflexión) para pensar el propio quehacer. Y esta inespecificidad es en sí misma la estrategia del libro: “Poco podría importar, entonces, saber si una obra es de danza o de teatro, si hay texto, si hay personas en escena, si hay solamente objetos, máquinas o sonidos; pero sí los modos en que estos elementos operan en la escena y cómo posibilitan la creación de mundos”, dicen Hang y Muñoz en el prólogo. No me es posible aquí comentar todos y cada uno de los ensayos, sólo me queda por decir que el volumen tiene la virtud de volver sobre problemas y referencias fundamentales, propios del campo de las artes escénicas. Y al mismo tiempo, como decía anteriormente, los pone en la trayectoria de discusiones filosóficas, políticas y estéticas (teoría de género, imaginación especulativa, poshumanismo, Antropoceno, etcétera) para las que el teatro, la danza y la performance están pensando (y creando) algunas respuestas.

Bárbara Hang y Agustina Muñoz (comps.), El tiempo es lo único que tenemos. Actualidad de las artes performativas, Caja Negra, 2019, 304 págs.

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