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TEATRO

“Algo hay que hacer”, repite como un mantra Susana, uno de los dos personajes de Hidalgo. Ella, empleada ejemplar de una inmobiliaria, a quien ningún sacrificio le es esquivo, confunde hacer con movimiento y vivir con sobrevivir. Su encuentro con Víctor, el adolescente que, junto con su padre, ocupa el coqueto departamento que la ajada mujer debe mostrar a futuros compradores, la enfrentará con aquello en lo que cree o conoce o cree conocer. La espera del arribo de los clientes se vuelve un tiempo suspendido en el que Susana, para quien detenerse es algo imposible, ayuda e incita al joven a realizar un trabajo práctico con el cual evitaría repetir el año en el colegio.

Al haber sido comisionada en el marco de los festejos del bicentenario de la independencia argentina, esta pieza toma la figura un tanto ignota de Bartolomé Hidalgo (personalidad sobre la que debe rezar el mentado deber escolar), prócer rioplatense de origen humilde y precursor de la poesía gauchesca con sus cielitos libertarios, y se sirve de ella, al mismo tiempo, como excusa y como reflejo de la necesidad de ser alguien, de hacer algo. Con esta tarea como pretexto se opondrán el hacer y el pensar, el desplazamiento y la contemplación, la actividad y la quietud, Susana y Víctor.

La obra, escrita y dirigida por María Marull y protagonizada por su hermana, Paula, y por Agustín Daulte, sólo precisa de un cuadrilátero de parquet y otros pocos objetos para recrear un universo íntimo y algo desaprensivo. De esta manera, se conforma un micromundo en el que el movimiento —también su ausencia— y el sonido cobran una especial relevancia. Ante la mudez e introspección del adolescente, la verborragia de la agente inmobiliaria (con su altisonancia, pausas, estallidos y repeticiones al hablar) y el ringtone de su celular (la emblemática canción “Todos me miran”, de Gloria Trevi) reverberan como luces de neón en el espacio cuasi vacío de la escena.

Manejando con soltura los diferentes ritmos de sus parlamentos y sin perder jamás el equilibrio en los momentos más conmovedores ni caer en sentimentalismos forzados, la interpretación de Paula Marull hace refulgir la contundente dramaturgia de su hermana. El humor del texto dramático, en ocasiones irónico y áspero, pero por sobre todo patético —en la mejor acepción de lo que demasiadas veces es una mala palabra—, se mantiene a lo largo de toda la representación. Además, el motivo temático que pinta a Bartolomé Hidalgo como compositor de coplas y cielitos patrióticos se traduce en la musicalidad de las palabras y de los silencios esgrimidos por los actores. Y esta musicalidad es tanto o más importante que aquello que se dice. (No es este, de ningún modo, poco logro frente a tanto teatro que deja pasar la oportunidad de trabajar este costado ontológicamente inherente al hecho escénico).

En una de sus caminatas-performance, el artista plástico Francis Alÿs arrastra un bloque de hielo por las soleadas calles de la ciudad de México hasta hacerlo desaparecer. La obra, cuya tesis central posee más de un punto en común con la propuesta de Marull, tiene por subtítulo: A veces, hacer algo no lleva a nada. Si hay allí mucho de efímero, de inútil y, ¿por qué no?, de condena, aquí lo hay del mito de Sísifo, del trabajo vacuo, de la repetición constante sin lograr nunca nada. La colisión entre Susana y Víctor tendrá como resultado que la mujer se desembarace de ese trajín autómata, alienante, y consiga ver la carencia absoluta de sentido de su andar constante. Es entonces, en ese momento revelador y liberador, cuando Hidalgo se transforma en un oasis en el devenir de una cadencia eterna.

 

Hidalgo, dramaturgia y dirección de María Marull, El Camarín de las Musas, Buenos Aires.

4 Oct, 2018
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