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TEATRO

Patrice Pavis, uno de los teóricos teatrales más prolíficos y agudos de las últimas décadas, tiene una definición hermosa acerca de la naturaleza de un objeto tan controversial como la puesta en escena. En un recordado artículo, “Del texto a la escena: un parto difícil” (1988), afirma que la puesta es una prueba teórica cuyo deber —casi como un imperativo universal y necesario— consistiría en poner el texto bajo tensión, para experimentar en qué la enunciación escénica lo provoca. Lejos del ejercicio pasivo de la traslación o la redundancia, la puesta en escena así concebida vendría desafiante a medirse con el texto, nunca a sujetarse. Tal vez en esa actitud indómita logre hacerle expresar aquello que desde la escritura ni siquiera fue previsto. Este fecundo combate tiene lugar en La crueldad de los animales, espectáculo que fue estrenado en el Teatro Cervantes en 2015 y que continúa actualmente con suceso en la sala Apacheta. El texto de Juan Ignacio Fernández, ganador del 2° Concurso Universitario de Dramaturgia Roberto Arlt de la Universidad Nacional de las Artes, planteado en principio como el paisaje corroído de lo que el primer menemismo nos legó, es llevado al límite por Guillermo Cacace mediante decisiones escénicas tan contundentes y eficaces que la puesta no da respiro en ninguno de los setenta y cinco minutos de su duración. La crueldad de los animales opta inteligentemente por convertir los contenidos textuales en procedimientos espectaculares, de modo que la denuncia política que involucra aspectos tales como la corrupción, el negociado o la extorsión no le es confiada al plano discursivo sino que se transforma en configuración escénica. Así el espectáculo cobra una dimensión suplementaria, en la medida en que dice mostrando. Los niveles de la degradación contaminan los núcleos familiares que gravitan en la obra pero, lejos de ser planteados bajo la descolorida lógica psicologista de la familia disfuncional con que buena parte de nuestro teatro se ha solazado, ahora son plasmados como pleno constructo teatral. Si la violencia, la abyección y la impudicia se vuelven insoportables es porque hay en la puesta de Cacace actores con oficio que lograron hacer de esos males cuerpo fenomenológico. Iván Moschner, Gaby Ferrero y Nacho Vavassori, tres de los exponentes de un elenco que se destaca por la minuciosidad de cada trabajo, materializan desde el registro actoral el fracaso de los hombres. De lo que se deduce finalmente la paradoja del título. La función llega a su fin y los espectadores —que en un gesto invertido hemos sido escudriñados todo a lo largo de la obra por la mirada acuciante de los intérpretes— no tenemos dudas acerca del lado en que se juega el partido de la crueldad.

 

La crueldad de los animales, dramaturgia de Juan Ignacio Fernández, dirección de Guillermo Cacace, Sala Apacheta, Buenos Aires.

 

20 Oct, 2016
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