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Parte del caos

Ariel Urquiza

LITERATURA ARGENTINA

En esta novela de Ariel Urquiza, nada es lo que parece y a la vez nada se oculta. Ya en las primeras páginas se sabe que el protagonista, un fotoperiodista desmotivado en su trabajo, detenido en un matrimonio donde él quiere más a su pareja de lo que ella lo quiere a él y con un hijo autista que le genera angustias encapsuladas, este hombre en caída libre y lenta se refugia en un placebo particular: frente a la computadora se hace pasar por Nancy, una bella azafata que chatea con un filósofo ecuatoriano, Frank, a quien le cuenta de las épocas en las que traficaba información sensible de la Unión Soviética. En otro cuarto, mientras tanto, la esposa, periodista redactora de fake news, avanza en una de sus investigaciones —la que postula que la CIA financió el auge del reggaetón para contrarrestar los efectos contraculturales del hip hop— y Maxi, el hijo, mira una película animada y resulta difícil saber si le está gustando o no.

El protagonista alimenta a Nancy, su avatar femenino, y jamás piensa que está engañando a alguien. Tampoco se divierte con eso. Entonces, ¿qué es lo que busca habitando a esa otra? Para saberlo habrá que seguir su rumbo, su voz y sus silogismos, porque la novela está escrita en una primera persona melancólica y algo cínica que maneja diversas líneas narrativas bien llevadas y diferenciadas. El disparador de su derrotero es el suicidio de Yanguas, un teólogo extraño a quien acababa de fotografiar para una nota del diario y con el que se obsesiona. A partir de ahí se convierte en detective, pero de un hecho donde no hay crimen. Más bien, con la excusa de seguir la vida de Yanguas, busca investigarse a sí mismo, saber cómo llegó hasta ahí para poder salir: “una salida es, de alguna forma, encerrarse más, porque siempre escapamos para adentro”.

Así, en modo thriller filosófico —si hablo de thriller filosófico es porque no se puede parar de leer el libro aunque no haya crimen que resolver, ni Dios a quien rezar, ni verdad donde refugiarse; o, mejor dicho, como no hay crimen, ni Dios, ni verdad, no se puede parar de leer—, el fotoperiodista regresa a su infancia traumática en San Lorenzo, en las afueras de Rosario, a su juventud en una Nueva York sucia y desprolija donde aprendió el amor a la fotografía y a un road trip por el Estados Unidos profundo en ruinosos colectivos, tal vez el único momento en que fue realmente feliz. Pasado y presente, mundo digital y real, se superponen, y en los meandros se reflexiona con perspicacia sobre teología y algunas ramas filosóficas, o sobre diversos tipos de arte, en especial el cine y la literatura, que amplifican la trama existencialista y dinámica. A pesar de la desesperación que lo acecha, el protagonista no reacciona de modo intempestivo ni hace giros bruscos, no cae en lugares comunes. En todo caso, soporta con un estoicismo involuntario el peso de lo cotidiano y el derrumbe de una vida que no era gran cosa. Y ahí reside su poder de fascinación. Ahí y en su necesidad de volver a creer en algo.

“¿Qué es la verdad?, le dice Pilato a Jesús, y no es más que una pregunta retórica, porque sabe que nadie, ni siquiera ese hombre que dice ser rey de un reino que no está en este mundo, puede responderla”. En la era digital en la que el ser humano ingresó blandamente y acéfalo, luego de que los metarrelatos e ideologías que lo sostenían cayeran sin que nada los haya reemplazado, la pregunta que soltó al aire Pilato se desploma en Parte del caos sobre la singularidad de un hombre derrotado y a la deriva, en busca de una certeza a la cual aferrarse.

 

Ariel Urquiza, Parte del caos, Cía. Naviera Ilimitada, 2024, 224 págs.

 

 

8 May, 2025
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