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Yves Bonnefoy ha sido alguien que supo ensayar una preocupación por el enigma, el misterio, acaso lo distintivo del poema. Y si no, reparemos en su prosa, cuando Nerval y Hegel no son más que el territorio común en el que la perspicacia del autor de Anti-Platón trata de iluminar la recurrencia del asombro que, con la elegancia de una inteligencia más ligera que el batir de alas de un búho, hace que la fenomenología del espíritu se transparente inocua frente a cualquier verso: “Aunque también se dé en las palabras, y no sea pues más que una imagen, ¿no es la poesía la memoria de ese misterio: un árbol junto a un arroyo, el cielo por encima, unas nubes? ¿No es por eso la prueba de la realidad de la experiencia primera, y del bien que procuraba?”. Hecho entonces de una “presencia por revivir”, el pensamiento de Bonnefoy vuelve sobre una centralidad del poema que es admirable, ya que solo en él todo lo que ha sido vuelve a ser. Pero no se trata solo de pensar el poema, de ensayar sobre él lo que hay de forma cerrada y, por lo tanto, susceptible de imitación, sino que se trata de pensarlo en tanto que poesía, es decir, en tanto que esta la realiza como revelación próxima, como lo que Bonnefoy entiende como “el rejuvenecimiento de lo sagrado que hace falta en el habla con cada estación”.
Que los poetas nos devuelvan esto, algo tan increíble como que nos den una palabra para cada experiencia, supone también que la época ve alumbrar la genialidad en un nombre. Los textos reunidos en La verdad de palabra y otros ensayos pueden leerse como esa reunión de nombres, pero también como la consolidación de una poética que, acaso en la década del ochenta del siglo anterior, alcanzó su mayor notoriedad con un conjunto de libros que van de Lo improbable a La nube roja. En esa constelación se destaca la capacidad de reescribirse adquirida con los años, y que ahora en “Madame Rimbaud”, por ejemplo, se pone de manifiesto a través de la madre misma del autor de Iluminaciones. Bonnefoy no solo visita ese vínculo —conflictivo, complejo, por demás filial— sino que también pone a contraluz un libro propio, acaso central, el que en 1961 escribiera sobre este poeta. El Rimbaud precoz, terrible, que se embarca en el protagonismo de las palabras, el escandaloso compañero de Verlaine, el por momentos comunero en 1871, manifiesta ahora una huida del hogar que es su encuentro con el poema, pero también, a la vez, una vuelta hacia el país de los afectos, la infancia, la aventura de la anterioridad materna, ese lugar o sepulcro de las imágenes donde la poesía es festejada, ya que, “para que se nazca a la poesía, hace falta que se encuentre al principio, y en el mismo instante y sin duda en igual medida la evidencia de que se es amado”. Este Rimbaud de 1979, acaso a medio camino de lo que todo poeta y ensayista hace con lo que le precede, como señalara Borges: “no deberle nada a los contemporáneos”, es, sin embargo, el mejor ejemplo de lo que Bonnefoy comenzará a desplegar aquí: el futuro de la poesía está en su origen hoy amenazado.
Pero, también, la poesía misma está en su posibilidad de fuga. Es el caso de la lectura propuesta sobre Borges. En la Francia de la deconstrucción, en la nación del lenguaje como juego, Bonnefoy nos dice: “Quizás Borges no sea lo que parecía ser”; quizás frente al laberinto del texto aún sea posible leer lo que el yo anhela de lo trascendente más allá de toda "poética de la escritura plural”. El Borges de Bonnefoy es entonces el escritor de lo que ha sido y ya no está, no tanto el que podría leerse como el que nos recuerda lo que nunca tuvimos, aquel de los espejos antes que el de la realidad. En esa aventura, el ensayista atento le devuelve la olvidada pertenencia a la poesía. Ejemplo este de una razón más ardiente.
Yves Bonnefoy, La verdad de palabra y otros ensayos, traducción de Silvio Mattoni, El Cuenco de Plata, 2025, 272 págs.
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