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Hamnet es la adaptación del libro de Maggie O’Farrell publicado en 2020 con un subtítulo de sincronía espeluznante: “Novela de la peste”. A partir de muy pocos datos históricos, O’Farrell imaginaba la vida de William Shakespeare entre su casamiento a los dieciocho años con Anne Hathaway (Agnes en la novela), una mujer de veintiséis y con fama de bruja, hasta el estreno de Hamlet, su obra mayor. El núcleo del relato ronda la muerte de su hijo Hamnet, víctima de la peste, y especula sobre su posible rol en la concepción de la tragedia. Chloé Zhao colaboró con la autora en el guion e incorporó este drama de época al catálogo diverso de sus largometrajes, que incluye desde tanteos con materiales documentales (The Rider, 2017 o Nomadland, 2020) hasta superproducciones de Marvel (Eternals, 2021). Algo de esta versatilidad se suma a la mirada desplazada de Zhao para imponer sobre este material clásico un cierto tono experimental, de estudio.
La pareja protagónica de Hamnet es encarnada con virtuosismo y una bien medida dosis de patetismo por Jessie Buckley y Paul Mescal. En su segundo encuentro en el bosque, a poco de iniciada la película, Agnes le reclama a un Will tartamudo e inepto en las artes del cortejo: “¿No que eras un hombre de palabras?”. Y le ofrece un atajo: “Cuéntame una historia… algo que te conmueva”. Él relata entonces la historia de Orfeo y Eurídice —sin demasiado arte, pero con el suficiente para deslumbrar a una mujer semianalfabeta como todas en el siglo XVI, incluso las que vivían a unas horas de Londres en plena era isabelina—. El desenlace (Eurídice condenada a quedarse en el inframundo por la impaciencia de su amante) es tristísimo, pero Agnes se limita a comentar, con entusiasmo: “Qué buena historia”. La escena, ausente de la novela, resulta una buena clave con la que acceder al resto de la historia —también irremediablemente triste, también inopinadamente satisfactoria—.
Desde siempre la muerte de un niño es la más antinatural, la que no puede dejar de sentirse injusta, la que convoca con mayor facilidad la empatía del receptor. El cine del último par de años lo ha vuelto un recurso estratégico. Es preferible no hacer la lista, ya que en muchos casos el efecto narrativo o emocional de esta muerte descansa en la sorpresa. La de Hamnet es, sin embargo, una suerte de muerte anunciada. El epígrafe que abre la película proviene de un texto cuyo título lo dice todo: “La muerte de Hamnet y la creación de Hamlet”. Así, el dato no es parte del desenlace, sino más bien el origen de la historia, y de su tristeza abrumadora, manejada por Zhao de modo que decante en su narración con serenidad y sin chantajes emocionales. Lo logra mediante la orquestación perfecta de múltiples elementos: la minuciosa puesta en escena, la textura de la fotografía del polaco Lukasz Zal, el uso clásico de la banda sonora. Incluso un truco de dirección de actores que se revela en el making of de la película: para contrarrestar el efecto de rodaje de las escenas más sombrías (sobre todo en los actores niños), Zhao ponía música alegre en el set e invitaba a todo el elenco a bailar y reírse. Estos segmentos no son parte de la película, pero su efecto es patente.
Así, a diferencia de Hamlet, Hamnet no es una tragedia —está a punto de serlo, cuando Shakespeare contempla su suicidio en el Támesis mientras enuncia el monólogo “ser o no ser”—. Pero al igual que Hamlet, Hamnet es una profunda reflexión sobre el amor, la familia, la responsabilidad, la valentía, el dolor, el duelo, la resistencia a seguir ciegamente las convenciones. Y es, sobre todo, una reflexión sobre el arte y su poder enorme de vencer a la muerte y de convertirse en una forma de resolver nuestras preguntas sobre el duelo, el dolor, la responsabilidad y la cobardía, el amor. En primera instancia, la película nos invita a pensar que esta meditación ocurre sobre todo en el plano temático: en cómo William Shakespeare destila la más dura tragedia personal en uno de los textos mayores de la cultura occidental. Pero conviene no perderla de vista en la cadena de transformaciones que tenemos ante los ojos —de Hamlet a Hamnet, y de allí a su versión cinematográfica—, y reconocer esa misma ambición estética en el trabajo de O’Farrell, tanto en la novela como en el guion, y en la dirección precisa y contenida de Zhao.
Hamnet (EEUU, 2025), guion de Maggie O’Farrell y Chloé Zhao sobre la novela de Maggie O’Farrell, dirección de Chloé Zhao, 125 minutos.
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