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La pulida estética de la Fundación Larivière contrasta con los depósitos de enfrente, creando una variedad de sentidos que nos bambolean entre binarismos, como por ejemplo entre la estética (por un momento, pienso, parece Canary Wharf) y la ética (qué loca esta convivencia de registros que se da en Buenos Aires, pero sobre todo en La Boca, con sus veredas altas casi imposibles de transitar), tal como la obra del fotógrafo que vengo a ver.
Hay variedad de palabras de las diferentes autoridades que nos reciben, pero me queda resonando —mientras miro la primera obra— una frase de Marcos López: “La fotografía es el arte del pasado. Una vez que hacés clic, ya está, eso quedó atrás”. La voz de López parece del pasado también, en el sentido de que lo que va diciendo se presenta como cierto y queda atrás, sin estridencias pero también sin dudas. Escucharlo hablar refresca un poco el ambiente solemne del arte visual. En esa foto, la primera que tomó, era un adolescente, no tenía la conciencia, quizás, de que la fotografía se volvería una ocupación de casi toda una vida, pero ya entonces habla de cómo eligió el plano (contrapicado), de cómo pidió que posara su hermana, de la composición como elemento clave en su obra.
Muchas fotografías de su primera etapa están “teatralizadas”, son escenas armadas como en una filmación. Pienso en otro fotógrafo, Gregory Crewdson, y en una muestra suya donde había fotos en las que se podía ver todo el armado de la escena y al fotógrafo mismo capturándola. Más tarde, en el video que se proyecta al final de la exposición, veo a Marcos López hablando con un hombre, pidiéndole que se ponga así, asá, y “haciendo el clic”. Crewdson, estadounidense, gran presupuesto, pinturas del siglo XVII, muy lindo. Marcos López, argentino, a la criolla, un arte singular y propio de una tradición en ciernes. Tradición que ahora hace un checkpoint en el nombre “Marcos López”, usualmente asociándolo a esas otras dos palabras “pop latino”.
¿Qué decir de una obra tan estudiada? De una obra que ya no parece necesitar que hablen de ella. ¿Solo algo breve para recordar que esta muestra existe y que vale la pena ir a verla? Pero ¿por qué? Cincuenta años de fotos recorren las dos salas de la Fundación. Las texturas de esa realidad comprimida estallan en colores veraniegos en la foto que sacó en la terraza de Proa. Otra, enorme y pintada a mano, si no recuerdo mal, llamada “Suite bolivariana”. Es una de mis favoritas por sus múltiples capas, que no son solo materiales: me hace preguntar qué es lo único, cuál es el problema con la reproducción y también otras cosas muy distintas, como la desopilante combinación de caracteres que incluye a San Martín, Chávez, Evo, ¿Shaquille O’Neal?, unos soldados ¿subiendo? una bandera Wiphala, ¡reproducciones de Andy Warhol!, Gardel y una pelopincho.
Fotos, obras, famosísimas. No sé cuántas veces habré visto la foto de Damián Ríos como el Gauchito Gil, en casi cualquier lado. “Es imposible monetizarlo todo”, dice un poco con gracia y con otras palabras seguramente Marcos López, más tarde. La icónica foto del asado, que no podía faltar. La del otrora dueño de Ña Serapia, dramática. Otro tipo de fotos, algo más siniestras, como un singular retrato llamado “Jazmín”. Una mujer con vestido, ¿dorado?, ¿amarillo? (¿quién puede estar seguro de un color?), con un vaso de leche goteando sobre una mesa, su rostro, su apariencia algo artificial y aun así única (recuerdo ahora a Marcos comentando cómo él siempre trabajó con la tecnología, pasó del analógico al digital, al celular, sin perturbaciones, con la maestría del que necesita hacer el clic y seguir), la mirada clavada en nosotros, las manos tan relajadas. Deberían verla. Incluso en esa foto, casi sin rastros de tiempo y lugar, puede verse el color local de la Argentina, más expuesto en fotos como las de las reinas de la belleza.
Sus fotos, sugerencias, preguntas, parecen diseñadas para nosotros, son producto de nosotros. Lo que para el exterior puede referenciarse en la estética de “pop latino”, para nosotros también tiene otros matices que hablan mucho de lo argentino, su comida, su cultura rutera, sus paisajes. Las maravillas naturales y los escombros no es que convivan, sino que son fundamentales para empezar a ver dentro de la obra de Marcos López, como en la fotografía del Sireno. Lo fuera de norma, lo improvisado, lo desprolijo, lo pobre, si se quiere, vuelven a contrastar, como estas salas bellas y acondicionadas para el arte en calle Caboto, con la perfección técnica del artista y lo magnánimo y grandilocuente de su lenguaje. Esto tiene que ver también con su origen: el famoso “interior” del país. Un artista del interior tiene una visión del país bastante más completa que un porteño, sobre todo si ha vivido en Buenos Aires (como la mayor parte de los artistas del interior). La experiencia de esta doble vida suele darles también dobles necesidades, hacerlo bien y hacerlo mal, hacerlo bello y hacerlo criollo, para afuera y para adentro, porque en algún punto han vivido en dos países que son uno, con dos culturas que son una: un país con un doble amor que da lugar a artistas múltiples y únicos, como Marcos López.
Marcos López, Marcos López. Fotografías 1975-2025, curaduría de Valeria González, Fundación Larivière, Buenos Aires, 8 de noviembre de 2025 – 19 de abril de 2026.
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