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Un reflejo en el barro

Mara Caffarone

ARTE

Es difícil saber hacia dónde va la obra de Mara Caffarone. Sería audaz afirmar que se trata de un efecto deliberado; en cambio, es posible decir de esa desorientación que es armónica. La exposición que presenta en el Palacio Barolo de Buenos Aires se organiza en torno a una insistencia: no tanto la figura del doble, como señala el texto curatorial, sino un conjunto discreto de variaciones en su régimen de aparición. Lejos de la tradición que lo concibe como duplicación inquietante, lo doble aparece en esta muestra como un corrimiento alucinado de la orientación: algo que apenas se desacomoda en el umbral de lo casi invisible.

La muestra exhibe a la vez matrices y estampas. Allí donde la historia del grabado ha tendido a ordenar ambos términos en una secuencia de origen y derivación, la artista los presenta como estados de una misma inscripción. No dos polos estables, sino dos modos de comparecencia de una materia que se deja atravesar, invertir y trasladar. Entonces sucede algo interesante: en vez de preceder, la matriz insiste; en lugar de reproducir, la estampa desplaza. Algo similar ocurre en una dupla de vitrales retroiluminados. La relación entre positivo y negativo en este díptico no se resuelve en oposición sino en reversibilidad. Junto a las matrices, una serie de velas introduce una dimensión temporal en este régimen de visibilidad. No iluminan de manera estable, sino que producen una luz precaria que hace de cada aparición una variación. Finalmente, unas piezas de arcilla suspendidas alojan una escritura opaca, un acontecimiento de superficie que no termina de decidir su estatuto. Son marcas que oscilan entre el destello de un sentido que se apaga rápido y la abreviatura práctica del mundo conocido. Lo doble no surge entonces como análisis de estructuras previas, sino como un intervalo entre aparición y retiro.

En esto resuena algo que el arte latinoamericano elaboró con particular agudeza desde fines de los años sesenta. Si Grippo hacía de la analogía una máquina de conversión entre estados materiales heterogéneos, y si Porter y Camnitzer —para nombrar solamente el umbral histórico de una práctica— desplazaban el grabado desde la reproducción hacia la interrogación conceptual de su circulación, en esta muestra ese legado reaparece despojado de cualquier estridencia programática, convertido en una poética de baja intensidad. Un reflejo en el barro recoge también una larga tradición latinoamericana de imaginación objetual al margen de los énfasis: variantes intimistas o sensibles de un conceptualismo aplicado a los objetos que permanece como trasfondo de esta exposición. Equidistante entre el repliegue lingüístico del extrañamiento y la intertextualidad, y las fantasías esencialistas de contacto con un fundamento telúrico, el objeto de Caffarone conserva su propia posición: roza las dos vertientes —es cierto, y acaso se acerca un poco más a la segunda— pero no se confunde con ninguna.

El estilo practicado en esta exposición se podría caracterizar como un hermetismo amable. No se trata de una clausura del sentido ni de una supuesta profundidad doctrinal, sino de una forma atenuada, casi hospitalaria, del secreto. Las obras no se entregan de inmediato, pero tampoco hacen de lo infranqueable el soporte de un goce. Hay una reserva de presencia que preserva su secreto sin volverlo inaccesible. La artista consuma así lo que puede ser llamado el momento ético de la elegancia: no abdica de su opacidad, pero se niega a convertirla en barrera. Las obras funcionan como la antesala de una legibilidad que se mantiene en suspensión. El espectador es situado en el umbral donde ver supone aceptar una cualidad incompleta de la mirada, incluso cuando esa actividad consiste en seguir las aventuras de una mano rotunda. El efecto de conjunto es un hermetismo que modula su distancia a una escala humana, sin exigir una clave ni imponer una iniciación.

En ese marco, la exposición trabaja con formas suaves de desdoblamiento. No con el doble como trauma ni con la copia como degradación, sino con una familia de operaciones encarnadas. El tópico de lo especular no termina de gobernar la muestra: hay una marcha de la línea a través de la materia que desmiente la unicidad del espejo. La relación de Caffarone con el dibujo atraviesa el conjunto y le imprime así un tono procesual. Más que tematizar el dos, la muestra trabaja una escena material de duplicación: la imagen queda siempre acompañada por la memoria de su pasaje por otro cuerpo. Lo doble no se juega en la identidad desgarrada de una figura que se enfrenta a sí misma, sino en la serialidad contenida de una imagen que exhibe las condiciones de su tránsito por el mundo.

 

Mara Caffarone, Un reflejo en el barro, curaduría de Fabián Carrere, Espacio 34-35 – Galería Intemperie, Buenos Aires, 13 de marzo – 24 de abril de 2026 .

16 Abr, 2026
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