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En Por qué leer los clásicos, Ítalo Calvino propone algunas definiciones para esos textos que leemos de un modo distinto y que guardan una especie de resonancia lejana y a la vez imperecedera. “Clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir”, propone una de sus tesis. Otra: “Es clásico aquello que persiste como ruido de fondo incluso allí donde la actualidad más incompatible se impone”. Calvino se refiere a la literatura, pero lo mismo contaría para el teatro o la música, o para el género en que ambos se cruzan en una puesta en escena cuyo texto se dice a través del canto y con un acompañamiento orquestal: la ópera. Dido y Eneas fue compuesta por Henry Purcell alrededor de 1689 y estrenada ese año en un internado de mujeres. Se cree que el encargo tenía cierta intencionalidad moral: disuadir a las internas (quienes fueron sus intérpretes en el estreno) de confiarse a las promesas amorosas de hombres aventureros. La trama argumental está tomada de la Eneida. Dido, reina de Cartago, se enamora de Eneas. El amor es correspondido y todo indica que el héroe permanecerá en Cartago junto a ella, pero los dioses fuerzan a Eneas a cumplir su destino y continuar rumbo a la península itálica. Desconsolada, Dido se suicida. El tiempo convirtió la obra en clásica: fue la primera gran ópera de habla inglesa y es una de las cumbres operísticas del período barroco.
La compañía Ópera Periférica vuelve sobre la música de Purcell y la desgraciada historia de amor de Dido en una apuesta notable tanto por su audacia como por lo conmovedor de su interpretación. Audaz porque la reversión de un clásico es siempre riesgosa, si lo que se intenta no es solamente representarlo sino hacerlo dialogar con una coyuntura histórica, que es el presente del espectador. La Eneida es una epopeya que glorifica la opulencia de la antigua Roma y traza un linaje con un pasado noble. La figura de Eneas establece la continuidad entre la grandeza del mundo griego y los cimientos de ese nuevo y esplendoroso destino: el Imperio Romano, origen de la maquinaria jurídica que todavía rige y domina de algún modo a Occidente a través de su legado: el derecho romano. Ópera Periférica escenifica Dido y Eneas, pero desde el otro lado de un recorrido que se vuelve parábola de la civilización; en el punto más alejado de esa línea con la que sigue de todos modos conectada y desde donde se hace posible percibir, al observar las derivas de ese proyecto, “un destino que llegó al fracaso”.
¿Qué hubiera pasado si Eneas…? El futuro posible es un pasado no acontecido. Es lo que parece sugerir la puesta de Pablo Foladori, que transcurre en las interferencias entre el acontecer de la música de Purcell tal como la conocemos y una composición electroacústica de Macarena Aguilar Taub, además de las intervenciones sonoras del Ensamble Contemporáneo, que aparecen como perturbación de la armoniosa polifonía barroca que interpretan la orquesta y las voces solistas y del coro, sugiriendo una especie de no sido en pugna con ese real de la representación. El dislocamiento no ocurre solo en el plano sonoro. El espacio de la sala del Teatro Empire (¿cómo no asociar la alusión oblicua a la palabra “imperio” como un ingrediente más del contenido de la obra que se filtra como elemento de la actualidad política mundial?) se convierte en algo distinto de la tradicional noción de “espacio escénico”. ¿Cuáles son las mejores ubicaciones de una sala? Las más cercanas al escenario. Pero si el escenario no se utiliza, y actores y cantantes se desplazan a lo largo y ancho del espacio, ¿dónde es mejor ubicarse: adelante, en el fondo, en los costados? El canto sucede a veces frente a nosotros, o por detrás de la línea de la visual, o en los pasillos. Los espectadores giran la cabeza en todas direcciones sin saber dónde va a ocurrir lo próximo. La luz de sala se mantiene prendida durante toda la función. Los coreutas circulan por los espacios entre butacas. Las líneas melódicas de sus cantos se escuchan entonces como elementos separados del conjunto coral que componen entre todas. El efecto se vuelve altamente emotivo. En uno de sus relatos, Kafka le hace decir a un niño que canta en grupo: “Cuando uno mezcla su voz con otras es como si lo hubiesen pescado con un anzuelo”. Algo de eso se experimenta en la obra, pero en términos de la escucha. Cuando la soprano Patricia Villanova interpreta “When I’m Laid in Earth”, el aria final con la que Dido se despide del mundo, el clímax parece haber llegado a su momento más elevado y conmovedor. “Recuérdame, pero olvida mi destino”, le ruega a su hermana Belinda (Cintia Berna).
Sin embargo, queda algo más: la salida al espacio público de actores y espectadores. El coro entona “With Drooping Wings”, el canto que cierra la obra. La caminata aparenta un cortejo fúnebre: el de la protagonista. Luego sigue una vuelta a la manzana del edificio del Congreso para medir su perímetro con una soga, y el cierre ya casi fuera de la representación: un megáfono en manos de uno de los actores y la declaración política ante un edificio “con las ventanas cerradas” a las demandas ciudadanas y las necesidades epocales (como son la protección de los recursos naturales del planeta o el reconocimiento de las diversas identidades). “Bienvenidas todas las Dido”, cierra la proclama, y en la apelación al mito resuena cierto aire benjaminiano respecto de la articulación del pasado con el presente, aquello de “adueñarse de un recuerdo tal y como relumbra en el instante de un peligro”.
Compañía Ópera Periférica, Dido y Eneas. Una ópera de emergencia, dirección de Pablo Foladori, ciclo Ópera Des/atada, Teatro Empire, Buenos Aires, 11, 12, 23 y 26 de abril de 2026.
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