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Un telegrama al futuro

Elvira Hernández

LITERATURA IBEROAMERICANA

El poema que cierra la antología Un telegrama al futuro podría ser, en otro universo, el que la abriera. Es una declaración de principios, una poética, un manifiesto, una carta de amor al lector. Ahí, Elvira Hernández dice, entre otras cosas: “Mi voz no tiene sentido”; “Escribir es ausentarse”; “Los nombres solo pueden interesar a la policía”; “Yo no soy el espectáculo”. La presentación cronológica de los poemas de la autora, nacida en la ciudad chilena de Lebu, dibuja una línea sobre la cual el lector puede montarse y no perderse en la proliferación de formas y estilos que adoptan los textos.

Los textos tomados del primer libro que aparece en la antología, La bandera de Chile, por ejemplo, hacen uso de toda la hoja; se enmarcan, así, en una tradición de poesía política chilena —pienso en Raúl Zurita— vinculada a lo visual, a la dimensión espacial de la palabra y de los silencios o las ausencias representadas por los espacios en blanco. Estos poemas, como muchos de los poemas de Hernández, se escribieron y publicaron clandestinamente durante la dictadura. En El orden de los días, la escritura toma por momentos la forma de un diario; los títulos son fechas o los nombres de los días, y también hay varias listas tituladas “Un día como cualquier otro”. Carta de viaje tiene la forma de un poema-libro que remite tanto al “Aullido” de Allen Ginsberg como a 4.48 psicosis de Sarah Kane, porque se trata de otro tipo de despliegue sobre la página, más desbordado que en el primer libro de la colección, y también por el uso de las mayúsculas y las referencias pop. Por otro lado, aparece el humor, en un poema largo como Seña de mano para Giorgio de Chirico, en su crítica al mundo de las personas serias: “24 hour banking / Estúpido idioma que da vueltas el mundo”. Y está el ritmo como principio procedimental en los versos más o menos largos de Santiago Waria, Actas urbe o Álbum de Valparaíso: “Porque no soy argonauta despeluqué un vellocino. / ‘¿Lo hiciste como se deshoja una vellorita, gachó?’ / me dice el coño. / Lo hice con la furia de los piratas asiáticos. / Lo hice con la simpleza de un hijo de vecino. / Lo hice porque nadie intervendría en la historia”.

Guido Arroyo González, editor de Hernández en distintos momentos de su trayectoria, habla en el prólogo de la “postura ética” de su obra, vinculada al “radical desinterés por la carrera de escritor”. Queda claro en esta antología que Elvira Hernández no está buscando pulir un estilo ni mucho menos encontrar el que mejor le resulte para obtener el visto bueno de los jurados de concursos. La exploración formal es el efecto de una imposibilidad de quedarse quieta, pero también es una forma de protección, de fabricarse una ausencia o una alteridad dentro de sí misma: su nombre de autora no es su nombre de nacimiento, gesto que enseguida le permite correrse de la escena (“Yo no soy el espectáculo”) y al mismo tiempo construir una figura autoral que sea parte integral de la obra (“La intimidad está declarada”). Después de una larga enumeración de esas búsquedas, Arroyo González dice: “Pero como buena andariega, ninguno de estos rasgos domina la escritura. Cuando paseamos solo podemos cargar pocas cosas. […] Hay que andar ligero, hay que evitar quedarse en un lugar”. Más allá de las diferencias, difícil no pensar en otro poema escrito durante la dictadura, en la Argentina: “Si los pesados, mi amor, / llevan todo ese montón de equipaje en la mano, / oh, mi amor, yo quiero estar liviano”. Quedarse en un lugar significa exponerse a que te encuentren, a pudrirse con el paso del tiempo.

Un telegrama al futuro es una puerta de entrada a la obra heterogénea de Elvira Hernández, a la que todavía, esperemos, puedan seguir sumándose nuevos y viejos poemas por leer.

 

Elvira Hernández, Un telegrama al futuro. Antología poética, Caballo Negro, 2026, 260 págs.

25 Jun, 2026
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