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El origen del mundo. Jazmín López recrea a Courbet

DISCUSIÓN

Que para llegar al video de Jazmín López que da título a su última muestra haya que atravesar las oficinas y la trastienda de la galería no debería sorprendernos. El recorrido de la obra que recrea, El origen del mundo de Gustave Courbet (1866), es infinitamente más sinuoso, una historia rocambolesca de ocultamientos, apariciones y desapariciones que aún nos alcanza. Ciento sesenta años más tarde, la conmoción estética que provocó todavía inspira al arte contemporáneo.

Con un realismo que el propio Courbet redefinió, la pintura original recorta el torso desnudo de una modelo que abre impúdicamente sus piernas, como si ofreciera su cuerpo y su sexo al espectador. Sin cabeza, sin piernas, pura carne y puro sexo, su desafío al idealismo del desnudo clásico escandaliza aún hoy. La pintura, de hecho, nació oculta, escondida tras un velo en el cuarto de baño del diplomático turco que la encargó, la sumó a su colección de arte erótico que incluía El baño turco de Ingres y, pocos años más tarde, para saldar deudas de juego, la vendió. Desaparecida por dos décadas, amparada por un tiempo en la colección de un barón húngaro en Budapest, expatriada por los saqueos soviéticos durante la Segunda Guerra, recuperada en París por el mismo barón húngaro y oculta una vez más en un anticuario detrás de un paisaje nevado del mismo Courbet, la pequeña pintura (46,3 x 55,4 centímetros) pasó en 1955 a manos de un conspicuo comprador, Jacques Lacan. También él la conservaba oculta, enmascarada con una obra de su cuñado, el surrealista André Masson, un panel que convertía las líneas del torso desnudo en una especie de paisaje abstracto, Terre érotique. En su casa de campo, Lacan solía mostrarla a algunos invitados para observar sus reacciones, y se dice que fue allí donde la vieron Claude Lévi-Strauss, Marguerite Duras, Dora Maar y Marcel Duchamp. Solo después de su muerte la obra llegó por fin al Museo de Orsay, donde desde 1995, “exhibida sin ningún tipo de cubierta o velo”, “recuperó el lugar que le corresponde en la historia de la pintura moderna”. Aun así, su turbulenta historia continúa. Ni siquiera legitimada por el museo consiguió escapar a la censura en las redes sociales —Facebook bloqueó a los usuarios que compartían la imagen durante años— ni a la vandalización de una activista francoluxemburguesa, que en 2024 pintó con espray un “Me Too” sobre el cristal que ahora la protege.

 

 

Evocando y al mismo tiempo contrariando esa larga historia de velos y ocultamientos, Jazmín López compuso su versión de El origen… como un inmenso tableau vivant que, en el fondo de la galería, de espaldas a la entrada, recrea el realismo pictórico del desnudo original con el realismo indicial del cine, lo agiganta en una pantalla de 5 x 2,81 metros y le insufla vida en una única toma fija de diez minutos. El primer plano en alta definición magnifica los más mínimos detalles del sexo de la modelo que ahora, en idéntica pose a la del original, literalmente, respira. Pero si el encuadre y la puesta en escena imitan escrupulosamente la pintura de Courbet, la claqueta que abre la toma, la placa de telgopor que asoma en un borde del cuadro, los fragmentos de audio que se suman al registro mudo y los minutos finales en que la modelo se levanta y la escena se desmonta, agregan un mínimo relato y un fuera de campo imposibles en la pintura. Como otras ficciones reales del arte contemporáneo, la instalación de video quiere volver a hacer real lo real por medio de un artificio que brechtianamente lo materializa, le agrega mediaciones y lo distancia. “Tanto la obra en video como la serie de collages que la acompañan”, concluye la curadora Sofía Dourron, “nos muestran que el realismo no imita la realidad sino que la construye”.

 

 

La recreación de Jazmín López, asegura también Dourron, “desmonta las narrativas erotizantes del original” y “el orden simbólico patriarcal que anida dentro de la obra”, una vez que la obra de Courbet, según explica siguiendo a Linda Nochlin, “cristaliza una estructu­ra de poder naturalizada e institucionalizada por el arte occidental, que permanece vigente hasta el día de hoy”. ¿Pero es así realmente? Convendría en este punto desandar los ciento sesenta años de historia y volver a Courbet. Porque, aunque es cierto que la mayoría de los desnudos de la historia de la pintura clásica están hechos para la mirada masculina y, a primera vista, también El origen… responde a ese juego convencional de miradas, aquí el efecto es otro. La potencia de la revolución estética de Courbet y la audacia de la obra corren el riesgo de diluirse en las fórmulas clásicas del feminismo que hasta la misma Nochlin se encargó de matizar. Atenta a la representación femenina y el lugar de las artistas mujeres en la historia del arte, Nochlin no deja de registrar la objetivación del cuerpo femenino, pero describe un realismo de nuevo cuño en la obra de Courbet que desactiva los clásicos resortes eróticos, revelando la materialidad del cuerpo —los pliegues, los pequeños defectos, las curvas de las venas, la languidez de la piel nacarada, la mata de vello púbico—, mediante un virtuosismo capaz de darle a la pintura textura palpable y carnal. Esa visión casi anatómica del cuerpo femenino dispuesto como un objeto en el sentido literal, el encuadre despiadado que borra la identidad de la modelo, eliminan la carga erótica que podría agregarle el contexto: la pura banalidad del cuerpo rompe con el idealismo del desnudo clásico —depositario trascendente del deseo, el mito o cualquier contenido exterior a la pintura misma— y anticipa la renovación formal de la pintura moderna.

 

 

De ahí que más que “desmontar” el original, la recreación de López brilla en la medida que lo potencia. Si Courbet afirma lo real del cuerpo (y en otras obras, la verdad experiencial de la naturaleza), no ya reproduciéndolo al modo de la fotografía recién nacida, sino con la materialidad que busca con las herramientas pictóricas, López expande el gesto con la imagen-tiempo del cine moderno que invita al espectador a sostener la mirada durante largos minutos en esa imagen oculta o censurada, ahora visible y ampliada. El artificio cinematográfico y la desmesura de la imagen que desconciertan al que mira refuerzan la “banalidad” del cuerpo deserotizado. Pero se trata de una instalación de video, hermana del arte de instalación que potencia aún más la libertad del espectador. Condenado en la sala de cine a la inmovilidad frente a la movilidad de las imágenes, domesticado por el ilusionismo envolvente de una experiencia casi onírica, el espectador puede en cambio moverse aquí en el espacio abierto de la galería, acercarse y distanciarse, decidir cuándo entrar, cuándo salir y cómo adecuar su propio tiempo al tiempo de lo que sucede en la pantalla. También la banda sonora quiere resaltar el artificio. No procede del sonido directo de la toma deliberadamente muda, sino de un montaje de comentarios triviales registrados durante el rodaje, indicaciones técnicas, referencias vagas a la historia del original y un discreto statement. La voluntad de restarle peso a lo que se dice es evidente (quizás, demasiado evidente), y es tal vez en la respiración agregada de la modelo donde el realismo empírico de Courbet encuentra hoy su mejor reencarnación.

 

 

Pieza capital en la historia del realismo y de la representación del cuerpo femenino, no parece casual que uno de los collages que se exhiben en la muestra reúna una reproducción de El origen… con Étant donés, la última obra de Marcel Duchamp, compuesta en secreto durante veinte años para instalarse póstumamente en el Museo de Arte de Filadelfia. Fiel a su batalla contra el arte retiniano que impulsó el giro conceptual del arte del siglo XX, la obra evoca también la pintura de Courbet en una obra extraña, inclasificable, que recrea y en parte se burla del realismo del desnudo con una composición algo siniestra, presidida por un cuerpo exangüe, que recuerda uno de esos dioramas de museo de ciencias, o un peep-show de feria barata. Asomándose a la mirilla de un portón que también aparece en el collage, el espectador descubre a una mujer desnuda recostada con las piernas abiertas sobre unos arbustos, que ofrece su cuerpo y su sexo al obligado voyeur, ahora el pubis impúber de una muñeca con un tajo un poco grotesco que no conduce a nada y refracta la mirada. Lo que se ve por los agujeros es intransferible a los códigos estéticos usuales y, sobre todo —quizás como un último ardid del gran artífice de la reproducción— irreproducible en la imagen fotográfica, remedo torpe y plano de una visión compleja, realista en su irrealidad, vívida a su manera, tridimensional. Inspirado por el desnudo de Courbet y hasta quizás por su historia de ocultamientos y sus máscaras, contrariándolo en una obra que antes que representar quiere dar a ver y a pensar, Duchamp desnuda los mecanismos del deseo y la mirada.

Que ese y el resto de los collages de Jazmín López estén montados sobre espejos apunta una clave que ilumina el artificio del video, los montajes y alcanza a los originales. “¿La sexualidad está dentro o frente al cuadro?”, se preguntaba John Berger en el segundo capítulo de su célebre serie de la BBC, Modos de ver. Al menos desde Courbet, el arte se empeña en ofrecer respuestas.

 

Jazmín López, El origen del mundo, curaduría de Sofía Dourron, Galería Ruth Benzacar, Buenos Aires, 8 de julio – 29 de agosto de 2026.

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