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El libro se abre con una sección titulada “Agradecimientos”: “Voy a escribir mi propio libro sobre la llamada ‘Conquista’, voy a sumar el mío a los muchos que salen cada año sobre el tema, alentados por el Imperio, que pide nuestros relatos para exhibir capacidad de arrepentimiento y reflexión mientras mueve la droga por el mundo”. Este comienzo le da a Katchadjian una enorme libertad: la de poder justificar todo a través de la escritura. Lo que leemos es un libro a la vez real y ficcional, de modo que no hay un esfuerzo por ocultar o justificar la narración. La narración está en primer plano, y es a la vez procedimiento y material.
Katchadjian no suelta nada de lo que arroja sobre la mesa. Todo elemento que entra en el relato tiene su lugar y su desarrollo; todo vuelve, incluso si es hacia el final y de manera forzada, y lo de “forzada” es una forma de decir, porque así como el narrador se protege de los Burócratas Imperiales, Katchadjian se protege de los lectores y no deja pasar posibles huecos o contradicciones, sino que registra todo y todo lo incorpora como parte del relato y su forma. En lugar de pensar en formas de engañarnos, es como si dijera, a la manera del personaje de Dios Nuestro Señor (abreviado en toda la novela como DNS, llevándonos rápidamente a pensar en Internet, corriéndonos una vez más del eje espaciotemporal) y sus ángeles multiformes: “¿Pensabas que acá había un error? No, todo está escrito en mi libro”.
El mismo relato va sosteniéndose sobre lo que se cuenta o, si es necesario, negándolo. Hacia la mitad del libro, el narrador, que es analfabeto cuando empieza el relato, confiesa que estuvo escribiendo con Taco, un nene o una nena que se hace pasar por nene, y Frotenco, un esclavo que está, aunque el narrador no quiera, a su servicio: “A partir de ese momento siempre escribí así, de a tres. De hecho, esto está siendo escrito así, ahora mismo, y lo confieso […]; somos tres: un nene, un esclavo y yo”. Así termina el capítulo seis, pero el siete empieza con una negación de lo anterior: “No es verdad: me gustó la idea, la imagen, pero lo cierto es que estoy escribiendo solo”; la imagen no era del todo falsa, porque ahora imita los movimientos que hacían cuando escribían de a tres. De manera que Katchadjian pareciera ir probando caminos y decidiendo si conviene seguir por ahí o no; lo que nunca se permite hacer es abandonar una línea: si no la sigue, tiene que justificar por qué hizo que el narrador dijera lo que dijo o hiciera lo que hizo. Todo tiene que tener su lugar. En este juego vale todo, en la medida en que se cumplan dos reglas: todo tiene que tener una justificación dentro del texto y nunca nada se abandona. Cualquier personaje, lugar, objeto o idea que aparece modifica la totalidad, y ese es el pacto que Katchadjian establece con el lector, a quien le exige su atención y su, digámoslo así, fe, y a cambio le entrega una narración comprometida consigo misma.
Todo en Medio real es medio real. Eso es la literatura: medio real, ni del todo real ni del todo irreal, sino, parafraseando la definición de Saer para el concepto de ficción, el terreno más fértil para plantear estos problemas. La novela de Katchadjian no se propone responder qué es la realidad, sino que pone en escena a un narrador que, después de haber buscado su identidad durante mucho tiempo, termina renunciando a las definiciones. Es un mundo medio como el nuestro, una conquista medio como la nuestra, el nene Taco es medio nene y medio nena y se llama Cata, y el esclavo Frotenco es medio esclavo y medio libre, y la lengua es medio de época y medio contemporánea. El narrador habla de Conquista, de Imperio, de Nuevo Mundo, de Viejo Mundo, pero no habla de países y territorios concretos, no hay datos históricos ni fechas; los nombres (Taco, Frotenco, Jarcalvo) no son nombres reales, pero parecen.
Katchadjian se propone, como dijo en una entrevista reciente, “ser un escritor del pueblo”, y es evidente que lo logra. Aunque la novela tiene sus chistes filosóficos y metanarrativos, es una historia de aventuras que avanza de manera lineal, con un lenguaje preciso y virtuoso pero a la vez sencillo y al alcance de cualquiera, que no exige del lector otra cosa que eso, que sea un lector, que lea, que entre en el juego, que crea. Y salvo por quienes tienen conflictos con la imaginación y solo pueden acceder a los relatos anclados en la Realidad, es fácil creerle a Katchadjian. Y, sobre todo, es muy divertido.
Pablo Katchadjian, Medio real, Blatt & Ríos, 2026, 208 págs.
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