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El universo de las cosas. A propósito de Prefiero Fierro de Luciana Lamothe

DISCUSIÓN

Un clavo cae al suelo y desaparece debajo de un mueble como una cucaracha cuando prendemos la luz. El incidente es insignificante, producto de un descuido cotidiano, pero algo se altera en ese instante. Algo que estaba ahí, disponible para nuestra mano, deja de estarlo. El objeto se sustrae. Las herramientas que manipulamos cumplen a menudo un rol protésico, como extensiones corporales que solo se activan mediante nuestro uso. Sin embargo, cada tanto irrumpe la certeza de que esto no es así. La sumisión que nos ofrecen no es más que la de un animal domesticado que siempre puede escaparse, o bien volverse loco y atacarnos. El contacto con lo inanimado está teñido por un deseo de control y de sometimiento porque, en el fondo, la omnipresencia matérica es abrumadora hasta la náusea.  

En el cuento “The Universe of Things” (2010) de Gwyneth Jones, un mecánico atraviesa una experiencia radical cuando, por una suerte de revelación involuntaria, comienza a vivir la vida de sus propias herramientas. Las cosas que hasta entonces había manipulado como extensiones de su cuerpo aparecen de pronto animadas por una existencia que no depende de él. La experiencia es traumática porque desarma la certeza elemental de que los objetos están ahí para ser usados. Por el contrario, accede a un continuo del mundo sin divisiones ni bordes, lejos de la pasividad de lo inerte, todo vive y palpita. Lo que aterra al mecánico es la certeza de que ese universo no solo cobra vida sino que pone en jaque su existencia en tanto ser viviente autónomo, es decir, lo vuelve pieza del engranaje de la gran maquinaria universal. 

La pasividad de las cosas es una de las condiciones de nuestra tranquilidad. Mientras una herramienta funciona, podemos olvidar que existe, pero cuando se rompe, cuando se desvía de aquello para lo que fue hecha, reclama una presencia que puede resultar abrumadora. El objeto no se agota en su uso ni en la percepción que tenemos de él. Hay algo que se retira, una dimensión de la cosa que permanece inaccesible. Las esculturas que Luciana Lamothe expone en Prefiero Fierro, su primera muestra individual como artista de la galería Barro, hacen de esa retirada del objeto su función primordial. Lamothe trabaja con aquellos materiales en desuso que componen ese otro territorio que ocupa cada vez más lugar en nuestro planeta: la basura.  

Los caños que utiliza están inscritos en una historia de usos, de circulación y de poder. Transportan petróleo o agua: dos materias que, lejos de ser simplemente recursos naturales, condensan algunas de las disputas fundamentales en torno a la distribución de la tierra, la energía y la vida. Son materiales que pertenecen a infraestructuras destinadas a extraer, conducir y administrar aquello que se encuentra bajo la superficie o atraviesa territorios. Al intervenirlos, Lamothe no solamente interrumpe su utilidad, sino que hace aparecer, en la superficie del objeto, las relaciones que esa utilidad ocultaba. Tierra explotada es el nombre de una de las piezas que hace explícita esa operación. La tierra aparece como aquello que ha sido perforado, recorrido, fragmentado. El desgarro del caño parece devolverle al material, de manera violenta, algo de la violencia que su forma industrial había conseguido mantener fuera de campo. Al mismo tiempo, la escultura semeja una nueva cartografía, un mapa distinto que comienza a desplegarse.  

Algo similar se percibe en los dos tabiques de durlock de la sala, apéndices incorporados por la galería para la exhibición anterior. En vez de eliminarlos, la artista decidió exponerlos material y estéticamente mediante un gesto brutal. Fue destrozando la superficie con un hacha, dejando al descubierto su esqueleto metálico, su estructura profunda. Dejó los restos de pared esparcidos en el piso, como la imagen de un atentado. ¿Qué ocurre si en lugar de imaginar un objeto autónomo, retraido en sí mismo, pensamos que aquello que llamamos objeto emerge en el propio acontecimiento de su transformación? 

Si habitualmente miramos las máquinas desde afuera, como instrumentos construidos para ampliar nuestras capacidades y ejecutar nuestras decisiones, ¿qué mundo aparece si dejamos de ocupar exclusivamente el lugar humano desde el cual observamos? A diferencia de lo que propone el antropólogo brasileño Eduardo Viveiros de Castro en La mirada del jaguar (2013), donde explora cómo los pueblos indígenas de la Amazonía entienden el mundo en una suerte de perspectivismo que contempla la animalidad no como punto de partida, sino más bien como una deriva humanista, Lamothe pareciera proponer un fondo maquínico que le permite abordar la perspectiva del objeto. En la pantalla de un televisor se puede ver un video que expone el prisma de una máscara de soldar que repta por un jardín en el que irrumpe una figura humana. Su mirada es una mirada otra, extranjera, casi alien podría decirse, ya que ese color verde extraterrestre tiñe el paisaje que la máquina “observa”. En otro fragmento del video, se la ve a Lamothe soldando, en una suerte de POV del hierro que está forjando. El amarillo lava, el verde kriptonita y las chispas componen una experiencia alucinada.  

Las esculturas gigantescas de la sala vibran a medida que la artista las sacude durante sus recorridos guiados. Desde hace tiempo, cuenta Lamothe, viene buscando ponerlas en movimiento y despertarlas de su letargo. De hecho, Potencia subterránea, la primera de las obras de la sala y una de las últimas en la cronología de la muestra, está dotada de un motor eléctrico que la hace vibrar, prescindiendo de la activación manual humana. Compuesta de ocho extremidades, se asemeja a una araña. En los laterales de la sala se expone Coreografías, una serie de dibujos hechos con marcador sobre chapa de fórmica. Allí las herramientas, podrían decirse, bailan. Sus pasos, congelados como en una fotografía, adquieren una composición caleidoscópica. Pero hay algo de la imagen resultante que remite a ciertos vertebrados o crustáceos. Las pinzas, por ejemplo, tal vez por su color carmesí, se alejan lentamente de la morfología de las herramientas metálicas que la artista utiliza comúnmente en su taller para asemejarse a las de los cangrejos.  

En el universo de las cosas, lo que aterroriza al mecánico de Jones es, entonces, menos el descubrimiento de que los objetos están vivos que la pérdida de un privilegio: el de creer que somos nosotros los únicos que actuamos. De manera similar, en Prefiero Fierro los objetos se vuelven entidades que, tras abandonar su utilidad objetual que los constituía en herramientas del ser humano, se transforman y se expanden, afectándose los unos a los otros. Este campo de relaciones no transforma solamente lo industrial sino que también hace mutar lo humano. Por ejemplo, hay una serie de dibujos en los que los dedos de las manos adquieren la forma de herramientas y se prolongan como pinzas, destornilladores y llaves francesas. En estas imágenes es el cuerpo el que se deja afectar por ellas, hasta confundirse con aquello que manipula. Así como el fierro no preexiste intacto a la acción de la artista, la artista tampoco permanece intacta frente a la resistencia del hierro. La obra sucede en ese espacio intermedio, no como el resultado de una voluntad que domina una materia, sino como una relación en la que las posiciones mismas de sujeto y objeto comienzan a volverse inestables. 

 

Luciana Lamothe, Prefiero Fierro, curaduría de Sofía Dourron, Barro Arte Contemporáneo, Buenos Aires, 8 de agosto – 3 de octubre de 2026.

Imagen: Sin título, de Luciana Lamothe, 2026, foto de Catalina Romero.

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