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Gravedad

Flavia Da Rin

ARTE

Una mujer de pelo fucsia se contorsiona desnuda sobre la pared de la planta baja de la galería El Mirador. Tan grande es el ploteo y tan pequeña la sala que no es posible marcar una distancia física para ver la imagen completa. La proximidad sólo me permite acceder a fragmentos corporales cercenados como los que se reproducen en videos porno. Parte de la pierna, el cuello, un ojo. Corte. Apenas un atisbo de goce. Ese primer plano impide el relato visual: no hay ninguna narración, no hay historia. En el centro de la imagen, un despojo poshumano de piel plástica y pixelada con un trasfondo blanco infinito que anula cualquier contexto. Los ojos de la modelo, que es la propia artista distorsionada gracias a photoshop, me miran del otro lado de la fotografía como si yo fuera un espejo o un cliente, dando lugar a un narcisismo sumiso. Las uñas, garras metalizadas, se comban hacia su boca entreabierta que deja asomar la lengua. Su pose y su gesto libidinoso transmiten, sin embargo, un aire tristón. Tal vez por la comisura que vira hacia abajo o por el aspecto decadente de la escena. O a lo mejor es meramente un efecto de lectura personal.

En La salvación de lo bello (2015), Byung-Chul Han sostiene que lo pulido, liso e impecable marca la identidad de nuestra época. Percibe una continuidad estética e ideológica en las esculturas de Jeff Koons, los iPhone y la depilación brasileña. Con sus mujeres satinadas, tecnológicas y lampiñas, las obras de Flavia Da Rin se inscriben en este paradigma idílico. Seducida, mi mirada no puede más que sucumbir ante el deseo de acariciar sus curvas suaves, redondas. No hay dudas de que lo táctil participa de la experiencia aunque sea como imaginario insatisfecho. También lo olfativo: una fragancia empalagosa de chicle bubbaloo me conduce, como la magdalena de Proust, al pasado. Hay en la propuesta estética de toda la exhibición un gesto retro. Algo así como un guiño a una niñez de los ochenta y una post adolescencia de fines de los noventa o principios de los dos mil. La fantasy de la suavidad se completa con un alfombrado mullido que hace posible deslizarse por el espacio sin hacer ruido. Pero mientras Byung-Chul Han sostiene que “las esculturas sin junturas de Jeff Koons dan la impresión de ser brillantes e ingrávidas pompas de jabón hechas de aire y vacío”, las figuras de Da Rin, por el contrario, se desploman. Ante el imaginario imperante de la perfección y lo liviano, ella exhibe también el deterioro y el peso. En vez de flotar en la nube, permanece en la tierra atraída por la fuerza de gravedad.

A noventa grados del gran ploteo, otra fotografía muestra a una mujer que empuja un chupetín de forma fálica dentro de su boca. La captura deja al descubierto la flaccidez de su piel, el pecho caído y las arrugas de su espalda, también unas hebillas multicolores que atan su pelo rubio espléndido. Una suerte de oxímoron visual hace convivir lo joven con lo viejo. Pasado y futuro se tocan, porque como ya se ha dicho: la historia se repite dos veces, primero como tragedia y después como farsa. Efectivamente hay algo de humor en la gravedad que propone Flavia. La farsa se inscribe en estas criaturas de pechos blandos que rebotan y caen al suelo igual que un slinki, ese resorte multicolor que formó parte de nuestra infancia. En otra de las paredes, una mujer de espaldas, esta vez de cuerpo entero, sostiene con ambas manos unos muslos rosados que no obstante se derriten como the blob. A su izquierda, otra mujer posa con su cola en alto y con sus mejillas extendidas en dirección al suelo.

Uno de los grandes hallazgos de la propuesta curatorial de Joaquín Barrera es el aprovechamiento de la paleta de colores. Tal como menciona en su texto, las obras lo llevaron a pensar en esas heroínas de cultura juvenil de fines de los ochenta que ahora están volviendo reversionadas, como Jem & The Holograms, para hacer uso de sus brillos y su estética. Ya desde la planta baja, los tubos de luz derraman su degradé en las paredes haciendo que vayan del fucsia al rosa, luego al lila y al violeta, hasta desembocar en el azul profundo de la alfombra. En la sala del subsuelo se repite la estrategia de la luz y se suma otro elemento que continúa y desarrolla esta propuesta estética con un papel de aluminio corrugado que le da a la pared textura y la convierte en una superficie reflectante. Sobre este montaje cuelga una rapunzel pop que viste únicamente un collar de perlas y botas satinadas mientras rebota en una esfera de goma sosteniendo sus tetas escurridizas.

Unos metros más lejos, sobre otra pared diagonal, cuelga mi obra preferida de toda la exhibición: una mujer que repta y mete en su boca abierta el filo de una uña como un puñal. Su cabellera gruesa y artificial, dividida en dos colitas que parecen tubos de acrílico, toca el suelo, como también lo hacen sus pechos, sus rodillas y sus manos. Hay algo animal en su postura, algo de insecto en la aparente multiplicación de sus extremidades, algo de ser humano en su gesto y también algo de cíborg en las pinceladas digitales. La sala se completa con otras dos obras que exhiben a otras dos mujeres: una cuya bikini apenas alcanza a contener sus pliegues, y una contorsionista que observa una realidad invertida, posando boca abajo.

Estas obras fueron creadas por la artista puertas adentro en 2021, en un contexto todavía pandémico, signado por el teletrabajo y el encierro. Varias de ellas circularon en aquel entonces por redes sociales como si fueran selfies. El de la obra de arte en la era de su reproductibilidad digital es un tema que Flavia Da Rin ha trabajado muchísimas veces a lo largo de su producción, pero en este caso aparece también un dispositivo pornográfico. Aparece la parodia de un signo de época: el devenir erótico cibernético. En su striptease, estas conejitas demacradas posan desde sus camas ultraconectadas, girando sobre sí mismas porque ya no necesitan moverse de lugar para ser nómadas. Tal como advierte Paul B. Preciado en Pornotopía (2021), “la transgresión de Playboy no se limitaba a la exhibición de los cuerpos desnudos, sino al intento de borrar o al menos de modificar la frontera política que separaba los espacios públicos y los privados”. A partir de entonces, transitamos una posdomesticidad dada por un sujeto femenino que ya no sólo es objeto de consumo y consumidora, sino también creadora de contenidos. Se trata de una nueva forma del capitalismo voyeurista a la que le interesan los cuerpos sobreexpuestos en primer plano, revelando sus placeres y deseos a flor de piel, transformados ellos mismos en espectáculo.

 

Flavia Da Rin, Gravedad, curaduría de Joaquín Barrera, El Mirador, Buenos Aires, 9 de noviembre de 2023 – 6 de marzo de 2024.

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