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Los colores de los días

Lucas Di Pascuale

ARTE

La exposición de Lucas Di Pascuale propone diversos modos de entrar en una pintura, un lenguaje, a través de tres figuras: círculo negro, cruz blanca, cuadrado amarillo. Un lienzo tripartito que, de una manera abrupta y veloz, se contamina, llenándose de referencias y desintegrándose en más que tres.

La primera figura que vemos al ingresar en la sala es el círculo negro: una enorme tela negra circular reposa en el piso de cemento gris. Sobre la circunferencia, cuadernos de dibujos y una publicación se disponen en una secuencia de postas que conduce al camino en ronda. Aunque la mayoría puede manipularse fácilmente —no sin la delicadeza que requiere tocar papel de molde—, una sobrepasa los tamaños estándares. Su despliegue requiere de dos cuerpos, cuatro manos, entrar en el círculo, entrar con. Cada posta es un universo de diferentes profundidades que traza interacciones con lo que hay más allá.

Como un péndulo, dos dibujos sobrevuelan el círculo; remontan al mismo espacio —¿al mismo artista? — en otra ocasión, y a una lectura en clave dual que ahora dialoga en el tiempo.

El resto de las piezas están colgadas en otro extremo de la sala. Allí, un borde neto entre vacío y lleno admite la aparición de una segunda figura: la cruz blanca que, con su presencia, reúne y coordina todos los colores. A su alrededor, leemos la policromía de varios Lucas: diferentes momentos confluyen y se yuxtaponen unos tras otros en paletas diferenciadas. Las paredes se llenan con un centenar de unidades que se acomodan por analogías cromáticas, mientras que el blanco de los entre les da ritmo. Dibujos, carteles, pinturas, publicaciones, papeles, sillas, bancos: no hay jerarquías evidentes sino convivencia de elementos que el color hilvana y la figura sostiene.

Desde lo alto, alcanzamos el centro de la cruz y avistamos aquellos colores antes distantes. Percibimos, también, cómo la superficie del círculo negro se colorea tras un ir y venir de cuerpos reunidos en torno a las hojas y sus días, anunciando el inicio de una pintura en movimiento.

La tercera y última figura devela ciertos indicios de este plan pictórico. El cuadrado amarillo: un espacio más pequeño de formato cúbico cuyo color envuelve y alumbra. En el medio de uno de los cuatro planos, la secuencia de fotografías da cuenta de las interacciones entre el artista y la curadora durante el último año. Los días de intercambio epistolar, de grafías y confesiones, se traducen en imágenes que amplían lo dual hacia una intertextualidad que rebalsa y ensucia el amarillo, expandiendo sus posibilidades.

Los colores de los días es un cúmulo de guiños y conexiones, que busca transparentar contagios y confusiones con otres, entre otres, aconteciendo singular y plural. Aquí, la pureza suprematista colapsa, estalla en referencias, se nublan los límites de cualquier figura. Y si calamos en el color, en las capas que lo construyen, la apertura referencial titubea por un momento para devenir presencia de quien dibuja, pinta, habla. Leemos, entonces, escrituras que levemente sobresalen de la superficie buscando nuestra mirada: vamos construyendo relatos, intuyendo mensajes de capas subterráneas, de cromatismos leves, como si sólo así, en conjunto, fuera posible enunciarlos.

“Color, cuando el negro tiene sustituto o compañía” advierte una hoja, y sabemos que el círculo, dispuesto a anular la ausencia en el correr de estos días, podrá volverse tocable, móvil, colectivo.

 

Lucas Di Pascuale, Los colores de los días, curaduría de Eugenia González Mussano, Fundación El Gran Vidrio, Córdoba, 13 de marzo – 11 de junio de 2021.

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