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CINE y TV

Prevalece un predicamento en el cine de Paul Verhoeven: sus criaturas son reprobables moralmente, sí, pero ante todo son humanas. Quizá esa es la principal característica de su filmografía, que no es unidimensional, que se desenvuelve en capas inusitadas, a veces envueltas y revueltas en armaduras, minifaldas y tangas, y ahora en hábitos monásticos; mantos, vestiduras de humanidad. En los personajes de Verhoeven hay contradicciones, pero no se desdicen, avanzan con firmeza conforme a sus deseos, por muy oscuros que sean, aunque esto, claro, es difícil de ver porque son intransigentes; el director respeta la fiereza de sus mujeres y hombres, que van a contracorriente de la moral de la época. Verhoeven, que sabe que el arte es un espacio de incomodidad, siempre ha visto más allá.

Benedetta (2021), su más reciente film, es una pieza importante en el fresco del director, que hizo su primer largometraje a inicios de los años setenta. Se basa en la historia de una monja (frase que podría detonar una discusión con películas de McCarey, Huston, Zinnemann, Buñuel, Rivette, etcétera), Benedetta Carlini, una religiosa mística lesbiana del siglo XVII. En manos del director de Delicias turcas (1973), esta historia no es controvertida sino una ofensa para nuestro tiempo. Las visiones de la hermana Benedetta, a quien, siendo niña, su familia logra comprarle una plaza en un convento en Pescia, son violentas, pero también eróticas y humorísticas: su encuentro con Jesús, que tiene una serpiente como falo, oscila a voluntad entre el sobresalto de la acción y el estertor de la risa. En el cine de Verhoeven hay algo que recuerda a la estética burda y grosera de los videojuegos; esto es evidente en Starship Troopers (1997) y obvio en Ella (2016), donde Isabelle Huppert es la jefa de una empresa de este rubro.

Una lectura diacrónica y rápida de la filmografía de Verhoeven da pistas de su gusto por lo escandaloso; afortunadamente, y a diferencia de muchos de sus imitadores y contemporáneos, su obra no gasta la pólvora en infiernitos: es menos importante que una monja como Benedetta reconozca su sexualidad a que se ponga en duda su palabra, la palabra de una mujer, de un personaje histórico al que Virginie Efira interpreta en el presente.

Benedetta, que logra ser abadesa y relacionarse sentimental y sexualmente con la monja Bartolomea, incumple la promesa impuesta a todo aquel que accede al poder: no incomodar a quien lo tiene. De esta forma, la hermana Felicita, en la piel dura de Charlotte Rampling, a quien destituyen para favorecer a la mística lesbiana, es la autora intelectual de las desventuras de la monja. Esta historia de arañazos trae a la mente Showgirls (1995), el filme maldito de Verhoeven, una versión en esteroides de All About Eve (Mackiewicz, 1950), que le cerró las puertas de Hollywood al mostrar, entre muchas otras cosas, la solidaridad femenina a través de la violencia y la amoralidad.

Al internarse en la religión, un terreno fecundo y delicioso para Verhoeven, el director es piadoso con Benedetta. Sigue la estela pasoliniana en la que la naturaleza no es natural sino extrema. Tanto Robocop, un cyborg creado a partir de un ser humano torturado, como sus antiheroínas nada ejemplares actúan conforme a lo que les toca, sus actos de bondad son filosos como la daga bajo la cama al final de Bajos instintos (1991); su creador no los castiga.

Hacia el final, Benedetta, que vislumbra el horror de una pandemia, es puesta en entredicho incluso por su amante, que parece tener pruebas de que sus extáticas visiones son mentira; sin embargo, ¿quién se atreve a desconfiar de la palabra de una mujer? En el presente, ¿quién se atreve a desmentir la palabra de una mujer? El agudo Verhoeven, mirando de lejos (¡no, mejor: mirando por la cámara!), plantea la pregunta, pero sin desconfiar de su criatura. Se trata de una problemática para la que, parece, estamos incapacitados.

 

Benedetta (Francia, 2021), guion y dirección de Paul Verhoeven, 127 minutos.

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