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Las estrellas, la nieve, el fuego

John Haines

OTRAS LITERATURAS

Dice John Haines que hay un libro escondido en las huellas abandonadas en la nieve, que las ramas rotas y las hojas carcomidas cuentan la historia del bosque. Tanto y con tanta profundidad leyó la naturaleza durante los veinticinco años que pasó —con sus interrupciones— en la Alaska salvaje, alimentándose de alces y caribúes, saltando de un refugio a otro según impone la ley del trampeo, que a la larga tuvo que escribir un libro propio sobre el gran libro encerrado en el paisaje.

Poeta laureado, Haines reunió unas memorias que funcionan también como manual de cacería, registro de una cultura cada vez más inverosímil —para mediados del siglo XX, la vida áspera del Norte ya estaba lejos de sus tiempos de auge— y aproximación al enigma que une al ser humano con los elementos. El mundo previo, antiguo hasta para las primeras generaciones trashumantes, es lo que la prosa quiere recomponer: “Un mundo que tenía la sensación de haber conocido anteriormente y haber olvidado, misterioso y poblado por imágenes semiformadas”.

Distribuidas en capítulos temáticos que desbrozan aspectos de la vida del cazador de montaña —los tipos de nieve y de hielo, las trampas a utilizar, los encuentros con animales de variadas formas y tamaños—, las escenas se enhebran casi musicalmente, con momentos claros de tensión y reposo. Por cada lucha con una fiera ávida de sangre hay otra en la que un oso pacífico guía a un grupo de mineros o unos lobos se imprecisan sin violencia en la blancura. Hay pasajes que podrían ser injertados en alguna novela naturalista o convertidos en cuentos hechos y derechos: dos extraños coinciden en una cabaña vacía; un trampero enseña a otro el mejor sistema para quemar puercoespines; ciertos aventureros desaparecen en la tundra y nadie dice nada. La tierra es la madre de los relatos; los hombres y las bestias, apenas unos organismos contingentes, aferrados sin esperanza al yermo ancestral.

Las estrellas, la nieve, el fuego gira alrededor de un esfuerzo descriptivo que le recorta el juego a la autorreferencia —se nos informa que el autor tuvo un primer matrimonio fallido y que fue radarista en la Guerra del Pacífico, pero se trata de pastillas sin detalles ni énfasis— y sobre todo a la jactancia. Al narrar la estepa, al pormenorizar su flora y su fauna, Haines nos ahorra la disentería ideológica: Alaska no es un lugar más verdadero que otros, el resto de los hombres no se equivoca al existir bajo otros principios. A Haines le importa Alaska porque es suya, porque le pertenece de la manera a la vez patente y abstracta, engañosa y en último término volátil, que nos empuja a adueñarnos del lugar del que nunca quisiéramos irnos.

Pero tendremos que irnos. Tendremos que irnos todos, y Haines lo sabe: “Estando allí, con la cara aterida de frío, mientras la tenue luz azul iba perdiendo fuerza y el breve día se acercaba a su fin, rodeado por esas amables sombras conocidas, de pronto tomé conciencia de la presencia de algo a lo que no le importaba si yo vivía o no”. Las estrellas, la nieve, el fuego busca espejar al gigante con la palabra. Que lo logre es anecdótico. Cuando lo que se intenta es atrapar la inmensidad, no queda espacio para las regulaciones insulsas del éxito y el fracaso.

 

John Haines, Las estrellas, la nieve, el fuego. Veinticinco años en la Alaska salvaje, traducción de Clara Ministral, Volcano, 2019, 256 págs.

12 May, 2022
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