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Jenny Hval y los riesgos estéticos del conceptualismo en el pop

DISCUSIÓN

«Capital afectivo» fue bautizado uno de los últimos tracks de Babasónicos, así que no me voy a poner a discutir si una “poética civil” (honor a Sergio Raimondi) es o no legítima en manos de una escritora nórdica de cuarenta y un años que también hace canciones. Acá Spinetta nos educó contumaz en un lirismo destilado. Es decir: “Sol” o “azur” van, pero “capital” o “afectivo” no, y menos juntas. Por ahí, algún sustantivo abstracto podría acompañar, tipo “credulidad” o “superstición”, no mucho más. Al contrario, y semejante a nuestro Adrián, Jenny Hval desde Noruega no les teme a esos términos que circulan por la endoxa académica. Es más, redobla la apuesta: una de sus canciones puede llamarse “La muerte del autor” y otra, “Conceptual Romance” (por el Dick de Chris Krauss). ¿Sara, Tamara, Eva, leyeron bien? ¡Dijo ”Conceptual Romance”!

Bien, podríamos señalar el verso “Soy compleja e intelectual” como manifiesto, pero pasa con el que ironiza lo mismo que con el mentiroso: una vez que lo hizo, después se sospecha de todo y adiós a lo confesional. Con el agravante de que el “yo” en Babasónicos o Hval ya no se superpone al “yo” de quien compone o canta. Hay casos peores, me dirán. Aquel Scritti Politti del 82 con títulos como “Hegemony” o “Jacques Derrida” (comparen la retórica de «Death of the Author» —de los tiempos en que aún Fiona y Björk influían musicalmente en todes, incluso en Jenny— con la de «Lions After Slumber»). O Virus, logrando que Baudrillard no olvide a Foucault en 1987. O más aún: los Pet Shop Boys de “El amor es un constructo burgués”, y no hace mucho. “Pop deconstructivo” o “rock entrista”, como quieran, estamos en la otra punta del oscurantismo y el populismo tan temidos por el indie, seguro.

Pero si a lo de Cate Le Bon se lo califica como “art pop”, a Jenny la espera un grado más en el arte de hacer cosas raras con algo vulgar, el “avant pop”. Digamos, ella fue tapa de The Wire, Cate no. Llegaban lejos en la interview al definir su obra como “erotismo anticapitalista”. En 2015, la noruega insinuó un género, el “soft dick rock”. Por entonces, como todavía practicaba el spoken-word sobre música informe (¿experimental?), y hasta mentaba no sin redundancia a Laurie Anderson en un verso, podríamos haberla corregido: lo tuyo es el “soft mental”. Me explico. Casi una década antes, el artista Gastón Pérsico había presentado en ArteBA y el Instituto Goethe de Buenos Aires una instalación donde escanciaba fragmentos de Deleuze o Foucault para que los aullaran sobre rock del duro y le puso Heavy Mental. Cómo enfrentarnos ahora en 2022, cuando Jenny Hval edita su octavo álbum, Classic Objects, a una estrofa suya como esta: “Me mudé con un grupo de enfermeras a Collinwood / Me miraron a los ojos y me dijeron: / ‘Un concepto es un ladrillo / que puede ser usado para construir un palacio de razón / o puede ser usado para tirarlo por la ventana’”. Por supuesto que se puede leer de muchas maneras cómo situó, con soltura de stand up, la frase deleuziana en boca de unas señoras de Ohio. Incluso, podríamos detectar un tipo de humor, aunque ¿desde dónde se comprehende la boutade? ¿A qué tipo de fan se dirige? ¿Dotado de qué “capital simbólico”, de qué capital afectivo? Incluso cuando no es tan explícita, se adivina el origen de la metáfora (en “Milk Pleasures” / “Milk of Marrow” / “Medusa”, la Cixous nos saluda; a la altura de Blood Bitch / Female Vampire, asoma la Federici y así).

Epítome del “rockero intelectual”, Green Gartside de Scritti friccionaba el discurso de la universidad contra el discurso histérico del pop, mediante un atrevimiento diletante que envidiarían Bouvard y Pecuchet. En tal caso no sé si hablaría de “aplicación”, “ratificación” o “ilustración” de un Saber en el pop. Pero en Hval, lamentablemente muchas veces sus citas cultas y refes correctas no representan más que eso, citas y refes, hype hyperlinks. Y eso se reduce a un consumismo inrockuptindie, de lo más esperable si se consultan clases desgrabadas en la zona de Puán, el catálogo del último Bafici, o los lomos de Caja Negra. Pero ¿qué molesta tanto? ¿Que lea a Bifo, que a eso lo haga verso y que promueva la editorial Semiotext(e)? ¿Un título homenaje a Apichatpong Weerasethakul? ¿Un guiño al dúo Elmgreen and Dragset? ¿O, sobre todo, el hecho de que ella cante sampleando un discurso “meta-”, algo que nos correspondería practicar sólo a los críticos? ¿Que hable igual a nosotros como letrista nos desactiva la hermeneútica, subtitula la exégesis que quiere para su obra, o nos deja mudos, o en ridículo, o qué? ¿Qué pasa?

Rama highbrow de la ludopatía cultural donde estamos inmersos de Internet para acá, la referencitis, o “Mal de Hval”, termina por permearlo todo: luego de que Jenny nombra Persona de Bergman como influencia, la tapa de Female Vampire automáticamente encuentra su marca de origen. Pensemos en el poemario Babel (1978) de Patti Smith como antecedente. La punk más culta emulaba ahí ese tipo de hiperacceso cultural, aquel que en los setenta parecía ubicar su Aleph en Nueva York (Patti, ¿una Sontag con guitarra eléctrica?). Como críticos, ante estos casos, la tentación es convertirnos en Batman frente al Acertijo.

Finalmente, hay como un posmodernismo estilo Jenny: parece que todo ya hubiera sido pensado, todo ya hubiera sido cantado para ella. Por eso, puede afirmar lo de “Innocence is kinky”: mientras escribe un verso, es como si pensara “esto no puedo estar diciéndolo por primera vez en la historia de las letras”. Classical Objects arranca con un acápite de Paul Simon no bien recordado: “We were married on a rainy day / Isn’t that how the song goes?”. Pero recuerda mucho mejor, tratándose de Joni Mitchell. En todo currículum, incluyendo Wikipedia, se subraya que la tesis de su máster, titulada “La voz cantante como literatura”, se trató sobre Kate Bush. Efectivamente, se la nota resignada al “metapop”.

Hval se exhibe cual Singer Sontag-writer, especialista en el collage college a la hora de los versos. Su dramaturgia se enreda en un rulo de autorreflexión sin salida, que neuróticamente busca explicación en lo que los otros hayan reflexionado antes. En su momento de máxima mímesis spinettiana, Charly describió este drama: “Pensando en el alma que piensa / y por pensar no es alma”. Por su parte, ella se justificó entonando “Estoy tan cansada de la subjetividad / que debo justificar / mi presencia perdiéndola”. Y perdela, ¿para qué tanto hacerse la cabeza, no?

Por eso, se destaca tanto en su discografía el excelente ep The Long Sleep de 2018, porque ahí dramatiza a fondo esa dialéctica control/no control. Y ahí figura “I Want to Tell You Something”, tan ejemplar que sintetiza mis tres canciones de amor favoritas, un tríptico que pone en crisis la comunicación de la comunión —“Losing Faith in Words” (Peter Hammill), “In A Manner of Speaking” (Tuxedomoon) y “Love” (Lennon)—, en ese orden. Del discurso amoroso tan paranoide como cínico (ver también ABC, Magnetic Fields) a la holofrase más intraducible (y afásica casi), “Te amo”. En Classical Objects, Hval no abandona esas insoslayables complicaciones neuróticas y su lírica civil (basta un botón: “As if I truly believed that a contract was further / From the institution than the industrial happiness complex”). No obstante, ahora que graba para 4AD (un sello que contiene a una compositora bastante afín como US Girls, con menos comillas puestas en todo), contrasta esos rollos suyos con melodías más definidas que nunca (que pueden disolverse unas veces en drones o ambient, y otras en field recordings). Todas cantadas con una voz prístina, vital y canora, tanto como el aire de Salzburgo que inspiraba (a) Julie Andrews en The Sound of Music. Por más virtuosa que sea, su voz está libre de afectación (es la anti-Adele). De haber un clasicismo compositivo, diríamos que desde The Practice of Love (2019), Hval comienza a anclar su modelo en los noventa, años en los que Madonna aggiornaba la electro-balada, primero como trip hop (Bedtime Stories), y luego como trance-pop (Ray of Light). En el notable álbum con la banda Lost Girls del año pasado, la noruega despliega ese trance hop en dance procesual para fiesta en Zoom, a la manera del E2/E4 (84) de Manuel Göttsching. ¿Ustedes hablarían todavía de “avant pop” si oyen cosas de Madonna (ok, con mayor sofisticación) o si el disco comienza con una especie de “Matador” versión Luaka Bop?

A su modo, Jenny viene enfocando el empoderamiento feminista por otro lado (la masturbación, el voyeurismo, la menstruación), de ahí que merezca ser tenida en cuenta muy especialmente. Al mismo tiempo, hoy expone contradicciones entre valores, gustos y creencias propios de la izquierda exquisita o de los demócratas hipster (estar a favor del amor libre pero casarse “firmando un pacto con el patriarcado”, también de la revolución pero no despegarse de la propiedad; ironizar sobre el sentido del arte contemporáneo y sobre el fetichismo de la democracia como sinónimo de libertad). Esa revelación de las paradojas que habitan la gente como ella define su originalidad. Cuando se pone fronteriza, ahí aparece la mejor Hval: su show en vivo (experiencia inolvidable) lleva la performance hasta el kitsch tabú de animarse al mimo. ¡Al mimo! Aunque la prefiero en modo “no control”, festejo que me produzca dentera cuando hace lo contrario, demostrando lo consciente de sí que es y que gorjee surfeando beats made in Mánchester 89: “Me pregunto quién habría sido si nunca hubiera tenido que irme / lograr un título en Bellas Artes y Café Americano / con citas irrelevantes extraídas de la filosofía francesa / y nos hubiéramos encontrado en el clímax de una película de ciencia ficción inteligente / Pero eso simplemente sería una estupidez”. He visto el presente del soft mental; su Reina se llama Jenny Hval. Y les advierto: a veces, tanta corrección teórica puede dar cringe y resultar inofensiva.

12 May, 2022
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