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La cordillera de los sueños

Patricio Guzmán

CINE y TV

Los que llevamos más de veinte años escuchando la voz de Patricio Guzmán contar la historia de su país, desde que Chile, memoria obstinada (1997) se convirtiera en la piedra angular de los entonces emergentes estudios de la memoria en América Latina, reconocemos al instante su timbre, su acento, su dicción entre íntima y solemne. Pero en su película más reciente, La cordillera de los sueños, su voz adquiere un protagonismo un poco siniestro (en el sentido freudiano), a la vez familiar y extraño, natural y artificial, ya oído y nuevo. La cadencia con que articula los términos, el ritmo que impone a las oraciones, y especialmente las pausas que introduce entre palabras, invitan a las más diversas especulaciones: ¿es mera voluntad didáctica?; ¿hay un afán poético en ese tono que más de una vez recuerda a los recitados de Neruda?; ¿está perdiendo la naturalidad del español después de décadas en el exilio? Lejos de arriesgar una respuesta, sí es claro que esta dicción particular se convierte aquí en significante de una distancia, geográfica y temporal, y a partir de eso, en la forma de un final.

Porque llevamos también más de veinte años preguntándonos cuándo se va a agotar su obsesión con el golpe de Estado del 73 que tan decididamente determinó su carrera. A principios de los setenta, Guzmán se encontraba en pleno registro del proceso político revolucionario de la Unidad Popular que el golpe interrumpió, y fue capaz por eso mismo de registrarlo también, cumpliendo inopinadamente con la premisa del cine directo de tener la cámara encendida cuando se produce el evento, en vez de ir con la cámara a buscarlo, y quizás provocarlo. Ese metraje, rescatado clandestinamente, se convertiría en la monumental La batalla de Chile y en el ingreso de Guzmán, de poco más de treinta años, al exigente canon del cine documental. Pero también ejerció un peso agobiante sobre su posterior producción, hecha siempre a la luz de esa ópera prima magistral y a la sombra del golpe. Así, todas sus películas —una obra hecha en el exilio— orbitaron alrededor de ese hecho y sus consecuencias: desde la biografía de Salvador Allende hasta el arresto de Augusto Pinochet en Londres, pasando por el papel de la Iglesia chilena durante la dictadura y, claro, el de la propia La batalla de Chile sobre la conciencia histórica de las generaciones formadas en épocas de Pinochet.

Por Zoom, en plena pandemia y desde Francia, cavila Guzmán que hace diez años, con Nostalgia de la luz (2010), pudo por fin dejar atrás la historia del golpe y empezar un nuevo capítulo de su filmografía, que terminó tomando la forma de una trilogía en primera persona, con El botón de nácar (2015) y ahora La cordillera de los sueños. Sin embargo, no hacen falta intrincadas operaciones de exégesis para sostener que el golpe de 1973 es el tema fundamental y la argamasa que une estos tres documentales, a punto tal que en esta última entrega Guzmán blanquea por fin el hechizo monotemático de su cine: “Nunca he hablado de la soledad que me acompaña desde aquel 11 de septiembre de 1973”, dice sobre su vida y carrera en el exilio, y sobre La batalla de Chile, “es como el espejo de un pasado que me persigue”. Que Guzmán admita haber hecho veinte películas sobre Chile desde el extranjero, haber estado ausente de la historia chilena por casi cincuenta años y aun así no poder hablar de otra cosa, se muestra como una conciencia aguda y dolorosa, la fijación en un estado de melancolía (por recurrir a otro tropo psicoanalítico), sólo que con lucidez. El artilugio que diseña para resolver esto es encontrar una suerte de alter ego, un cineasta que representa a “los que se quedaron” en contra de los que, como Guzmán, “huyeron”. Pablo Salas aparece en la película rodeado del archivo de cintas VHS que grabó durante y después de la dictadura, un archivo a la vez urgente y obsoleto que podemos ver citado en largos fragmentos y que se nos presenta como la continuación de La batalla de Chile, por un lado, y como el reverso de la obra entera de Guzmán, por el otro. Las cintas de Salas son el registro del proceso político que Guzmán no pudo hacer desde el exilio, y son la historia de Chile desde adentro, desde ese espacio convertido en isla entre la cordillera de los Andes y el Océano Pacífico, y donde el tiempo siempre pasa más lentamente. El tiempo es, a fin de cuentas, la gran preocupación del cine y la de Guzmán, quien termina su película reconstruyendo imaginariamente la casa de su primera infancia en Santiago, hoy hecha ruinas, y deseando “que Chile recupere su infancia y su alegría”.

 

La cordillera de los sueños (Chile / Francia, 2019), guion y dirección de Patricio Guzmán, 84 minutos.

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