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CINE y TV

Entre las brumas de la cancelación, Roman Polanski vuelve a asomar la cabeza, esta vez sin buenos modales qualité y con la velocidad y la precisión de un animal cinematográfico acosado por el depredador crítico y censor. ¿Puede un artista desligarse del sentimiento social hostil generado por sus propios actos? Debería (aunque difícilmente lo logre), aun cuando el affaire Dreyfuss esté inhabilitado, en este caso, para funcionar como clave de lectura. Sin embargo, como el propio Polanski trató de “exculparse” más de una vez, tratando de volver a entrar (a hurtadillas) en la industria sin llamar la atención (con la cabeza baja, filmando baratijas vetustas y políticamente correctas como El pianista y Oliver Twist), absorber la incomodidad, la corrosión y la amargura de su última película implica cierto acento culposo, la sospecha de que se busca en la Historia un paralelo individual que pueda explicar (¿justificar?) su desaparición de la imaginería popular.

A diferencia de Alfred Dreyfuss, el militar de origen judío falsamente acusado de espionaje en la Francia de fines del siglo XIX, Polanski no fue víctima sino victimario, y el emigrado polaco que conquistó el Nuevo Hollywood con El bebé de Rosemary (1968) es hoy el exiliado/condenado por delitos sexuales que no puede regresar a Estados Unidos sin ir a parar con sus huesos a la cárcel. De la humanidad derramada de Polanski, entonces, no hay que extraer pathos biográfico, sino méritos artísticos que vuelvan a emparejarlo con la realidad. Colgarse del clima paranoico o la atmósfera opresiva que rigen la primera hora de Yo acuso para leerlos como un alegato personal es una pérdida de tiempo, una distracción tan fatal como quedar fascinado por el mecanismo de relojería de una bomba cuya detonación no podrá evitarse. Polanski filma esos primeros sesenta minutos con la asepsia y la meticulosidad de un administrativista kafkiano, pero esto no es una adaptación subliminal de El proceso, sino algo parecido a esa versión de El castillo que Michael Haneke filmó para la televisión austríaca: ambientes grisáceos, rutinas silenciosas y siniestras, modos y movimientos importados desde una fábrica de androides. Lo militar y lo ominoso coinciden, ocupan el territorio del relato, y cuando todo parece enfilar —una vez más— hacia la gruta correcta del alegato y el nuevo pedido de perdón con la camiseta (usurpada) de las víctimas puesta al revés, Polanski volantea y acelera, y su película toma la potencia del thriller y la dinámica de ese subgénero glorioso que es la “película de juicio”. Lo que sigue a partir de ahí es una lección de narrativa cinematográfica, algo que hoy llevaría una o dos temporadas televisivas contar, pero que este genio hoy sin patria resuelve en otros sesenta minutos que no dan tregua.

 

J’accuse / An Officer and a Spy (Francia, 2019), guión de Robert Harris y Roman Polanski a partir de la novela de Robert Harris, dirección de Roman Polanski, 131 minutos.

9 Sep, 2021
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