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Cornucopia de audacias. Björk y Lucrecia Martel en The Shed

DISCUSIÓN

En un rapto de osadía, The Shed, el ultramodernísimo centro de arte que acaba de inaugurarse junto al High Line de Nueva York, reunió a la islandesa Björk con la salteña Lucrecia Martel en Cornucopia, “la puesta en escena más elaborada de un concierto suyo hasta la fecha”. Como era de imaginar, la expectativa por la imprevisible alquimia del dúo cundió y en menos de una hora se agotaron las entradas para las ocho funciones en la sala mayor del complejo, The McCourt, capaz de alojar a mil doscientos espectadores cuando la carcasa vidriada de treinta y siete metros de altura que la cubre se desliza sobre ruedas hacia la explanada exterior. Porque aunque desde el nombre The Shed quiere evocar un espacio precario —un cobertizo, un hangar, un galpón— y ofrecer una estructura versátil, sensible a las formas imponderables del arte del futuro, el edificio de Diller Scofidio + Renfro viene a coronar la nueva burbuja urbanística de la elite global, Hudson Yards. La promesa de sortear fronteras disciplinarias y derribar barreras sociales con proyectos artísticos experimentales abiertos a todos los púbicos parece querer compensar el potlach obsceno de veintitrés mil millones de dólares de torres futuristas, escultura monumental y shoppings exclusivos que rodea al nuevo complejo. Nadie definió mejor la paradójica amalgama de vanguardia artística y ostentación del 1% que una cronista de The New York Times: “Un acto de arrepentimiento por los muchos pecados cometidos a su alrededor”.

Las mezclas audaces, es cierto, no faltaron en las obras comisionadas para la inauguración: una instalación audiovisual que reúne a Gerhard Richter con Steve Reich y Arvo Pärt; una adaptación teatral de Norma Jeane Baker of Troy de la poeta canadiense Anne Carson, protagonizada por la cantante lírica Renée Fleming y Ben Whishaw; una celebración de la música afroamericana en cinco conciertos dirigidos por Steve McQueen y Quincy Jones, y más. Pero la mayor cornucopia de talento y riesgo se derramó en The McCourt con la sinergia de Martel y Björk, al frente de un equipo numeroso de artistas visuales, escenógrafos, vestuaristas, arquitectos, luthiers y músicos, incluidos un coro de cincuenta jóvenes islandeses que abren el concierto cantando a capela, The Hamrahlid, y VIIBRA, un septeto de flautistas danzantes. Juntos conjuran un edén cibernético en el que la tecnología convive en armonía con las formas naturales, trasmutadas en animaciones digitales, instrumentos exóticos, atuendos surreales y máscaras. Semioculta tras la extravagancia ya célebre de su vestuario, escalando plataformas que brotan como hongos del escenario, avanzando entre velos translúcidos en los que se proyectan los portentos visuales de Tobias Gremmler, Björk desgrana las canciones de su último álbum, Utopia, acoplándose a las cascadas de sonidos que se funden con las imágenes o refugiándose en una especie de capilla, una cámara reverberante especialmente construida para evocar el sonido más íntimo de sus comienzos en Islandia. Como en un cuento de hadas retrofuturista, durante las casi dos horas del concierto abundan los prodigios: una fanfarria de órganos de tubo que bajan desde el techo y planean sobre la platea, un aro de flautas curvas que sólo pueden tocar cuatro intérpretes sincronizados, un rumor de río de montaña que un percusionista remeda con cuencos de madera en un tanque de agua. “Mírame crear nuevos nidos”, canta Björk con su voz inconfundiblemente desgarrada, “mírame tejer una cúpula matriarcal, construir con la música un andamio”. El sonido 360° rodea al espectador y lo envuelve en un mundo flotante, mientras las flautistas consiguen la proeza de bailar al compás de una polirritmia indescifrable. Pero la sinfonía caótica se aquieta en “Blissing Me”, una balada dulcísima que Björk canta a dúo con serpentwithteeth en uno de los momentos más sublimes del concierto.

Difícil imaginar a Martel al frente de semejante despliegue de recursos, pero se adivinan toques suyos en la materialidad palpable del conjunto, en la riqueza texturada del sonido, en el apego a los legados folclóricos y en la profundidad de la escena que se multiplica en cuadros superpuestos como en los trabajadísimos planos de sus películas. Quizás también en un guiño a otro folclore, unos lazos blancos con luces azules que en algún momento las flautistas islandesas revolean como boleadoras.

Cuando el escenario empieza a oscurecerse anticipando el fin, un texto se desliza sobre el telón de cadenillas, con una advertencia sobre la inminencia de catástrofes que amenazan el futuro del planeta. Enseguida, por si no ha quedado claro, la joven activista sueca, la mismísima Greta Thunberg, increpa al público magnificada en la pantalla, como una encarnación fantástica de Gaia, una niña santa: “Estamos a punto de sacrificar nuestra civilización para que un reducidísimo grupo siga amasando inimaginables fortunas. Se está sacrificando la biósfera para que los ricos de países como el mío vivan en el lujo”. Habla con una convicción envidiable que deja muda a la platea y después arranca aplausos. “Se les están acabando las excusas y a nosotros se nos está acabando el tiempo”, dice por fin. “Pero estoy aquí para decirles que, les guste o no, el cambio está llegando. El poder real es de la gente”. El mensaje (porque sí, es un concierto con mensaje) reverbera en el silencio de la sala y resignifica la arcadia del escenario en un llamado: “Atienda, espectador. Mire. Escuche. ¿Oyó bien? Somos parte de un mundo natural infinitamente variable que es como una música. Dura. Pero el concierto podría acallarse”.

Cuesta pensar que el arte consiga frenar la destrucción acelerada del planeta, de la que seguramente muchos vecinos de Hudson Yards son en parte responsables. Pero Björk parece decidida a intentarlo. “Ahora somos los guardianes”, canta convertida en flor, agitando pétalos, cuando vuelve al escenario.

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