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El refugio de los invisibles

Catalina Briski

TEATRO

Una cama marinera con ruedas y un guitarrista bohemio hacen al escenario de esta obra. Los protagonistas, una familia de cuatro personas más o menos identificables en género y edad, pero poco definibles en su vínculo unos con otros, son migrantes. Menos sencillo sería llamarlos “refugiados” —aunque la autora y directora de la obra, Catalina Briski, haya afirmado en alguna entrevista que su inspiración fueron, de hecho, los refugiados de Europa— porque ese término nombra una unidad política que la obra niega. En todo caso, parece decir Briski, hay que abandonar la falsa lupa de los nombres (ningún personaje tiene nombre propio excepto uno, apenas audible) e incluso de los idiomas (la lengua de estos personajes sería, más bien, babélica) para abordar la existencia misma. En el acto de nombrar siempre hay un resto, un afuera: el cuerpo, una vida. El refugio de los invisibles acaso sea lo que queda cuando no hay nombre o palabra. En la propuesta de Briski, el cuerpo no es una cárcel del alma ni el límite de la experiencia sensible. El cuerpo es una casa en movimiento, un refugio. Pero no en un sentido celebratorio: en esta obra no hay apología ni glorificación de la migración, la pobreza o la otredad. Si el refugio existe para protegerse de lo que está afuera, el refugio se vuelve, por definición, puro adentro. Es decir, inmanencia. El cuerpo en tanto refugio es, entonces, posibilidad y búsqueda del devenir constante: un cuerpo del cual no caben predicados. Una escena lo explica mejor: la familia hace fila, pasan uno detrás de otro a mostrar sus rostros iluminados al lado de sus documentos, como presentándose ante unas autoridades. La identidad que nombra el Estado (la foto, las palabras ilegibles) contrasta con la materialidad de los cuerpos. Los nombres no se corresponden, porque ellos no tienen ninguno, y tampoco su imagen quieta.

En términos argumentales, se puede decir poco: que los personajes recorren fronteras de países no identificables, que todo sucede en una época que no es la nuestra (pero bien podría), que la relación entre ellos está cambiando todo el tiempo, que hay escenas de una ternura que maravillan. En todo caso, el devenir de estos cuerpos está atravesado por la expulsión, la búsqueda y la paranoia del lenguaje que no constituye idioma alguno. La lengua, decía, es babélica, caótica, está hecha de la fonética de distintos idiomas pero no articula palabra alguna. Excepto cuando canta. En el canto está la articulación del único código humano posible y, sin embargo, funciona como lo haría el aullido de una manada: para advertir que algo está pasando. La conclusión del recorrido de esos cuerpos o, mejor dicho, su punto más alto, se enlaza con la música: es el devenir animal. El animal, un gallo en combate, no sólo se resiste a perder una pelea. Se resiste, como la obra misma, a ser capturado por la significación metafórica de la canción que suena: se niega a ser un momento distinto (anterior) que el presente.

 

El refugio de los invisibles, idea y dirección de Catalina Briski, Teatro del Perro, Buenos Aires.

 

30 May, 2019
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