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Edith Chiapetto. Una muestra accidental

DISCUSIÓN

Cuando comenzaron las refacciones del Centro Cultural Leopoldo Marechal de Santos Lugares, donde di clases de pintura hasta hace algunos meses, redistribuyeron a lxs talleristas entre distintos espacios culturales para que pudieran continuar con sus actividades. Retomé mis clases en una sede de Caseros, que consta de un pequeño edificio ubicado detrás del escenario municipal, que alguna vez supo funcionar como camarín para artistas y que se reacondicionó durante la pandemia para que se puedan dictar clases y talleres.

Allí encontré las pinturas de Edith Chiapetto, como en una muestra ya inaugurada pero desplazada de su espacio convencional de exhibición. No estaban arrumbadas ni guardadas, estaban amorosamente colgadas para decorar la nueva sede cultural y resignificarla como tal.

En un primer momento las pinturas no me obnubilaron ni me sedujeron. Después de unas semanas, mientras esperaba que mis alumnxs viniesen, me detuve a contemplarlas en un estado de disponibilidad agnóstico; fue entonces cuando sus personajes cobraron relevancia y me atrajeron con su presencia, como la virgen que se le aparece al creyente en una gruta durante una caminata por la orilla del río.

Lo primero que me llamó la atención fue su forma de aplicar la materia, utilizando una cantidad reducida y de paleta acotada, en ocasiones monocromática. La iconografía se compone de seres fantasmagóricos y espectrales, vírgenes que emergen de la bruma, figuras que se funden con la vegetación, personajes y rostros amontonados como en una pintura de Goya oscurantista. Al dar vuelta los cuadros, confirmé que los títulos subrayaban las imágenes. Leía: Niño Dios, Purgatorio, Visiones.

En primer lugar, creí que se trataba de un verdadero hallazgo. Es decir, de obras de una pintora olvidada. Sin embargo, el 25 de julio pasado, el portal Caseros y su gente publicó el artículo “Edith Chiapetto, la recordada artista plástica de Alberdi y Murias” al cumplirse el trigésimo aniversario de su fallecimiento. Es decir, no se trata de una pintora completamente olvidada y desconocida, sino de una de las tantas artistas cuya obra sobrevive en los márgenes.

En el artículo se recogen fragmentos de una entrevista realizada por el diario La Nación en 1989, que permite reconstruir aun en ese carácter fragmentario ya señalado, una idea del pensamiento de Chiapetto:

“Para mí, pintar es vivir, yo lo hago alegre. […] La inspiración llega a mí de algún lugar mágico. […] Utilizo una técnica personal […] que ha nacido en mí como jugando”.

Gracias al director del portal, pude contactar a una vecina que la conoció y, aunque quiso permanecer en el anonimato, me permitió conocer parte de la historia. Cuando conversamos por teléfono, lo primero que me comentó sobre Edith es que “era una chica muy rara”, que se casó de joven con un muchacho de religión católica igual que ella—, pero la Curia Romana les anuló los votos y se divorciaron, algo inusual en aquel tiempo. Volvió entonces a su casa paterna y luego de que falleciera su padre, se mudó a otra casa con su madre, hasta que quedó ella sola. La vecina me resaltó que la acompañaban a cada exposición, fuera en la provincia o en la ciudad de Buenos Aires; también, que tenía dificultades para vender su obra, ya que el precio al que la querían adquirir difería del que ella consideraba que era el indicado. Después enfermó y fue dejando de producir, se internó y al poco tiempo falleció. La vecina dijo no recordar con claridad qué sucedió con su familia; lo que sí recuerda es que Chiapetto murió sola y que una conocida de ella se quedó con sus pertenencias, incluidas sus pinturas.

Al día siguiente me tomé el 53 rápido hasta el Parque Lezama y caminé unas cuadras hasta la biblioteca del Museo de Arte Moderno, donde pude acceder a folletos, recortes de diarios y una ficha con datos personales para poder reconstruir su historia.

Edith Chiapetto nació el 29 de febrero de 1928 en Buenos Aires. Egresó como maestra nacional de Dibujo de la Escuela Nacional de Bellas Artes Manuel Belgrano.

Entre 1971 y 1975 realizó exposiciones individuales y colectivas en galerías de la ciudad de Buenos Aires (Galería Segba, Nice, Ergon, Pérez Celis); en salones de Mar de Plata, Rosario, Santa Fe y Tucumán, y en espacios municipales del Gran Buenos Aires.

En 1975 realizó ilustraciones para el libro de poesías Puerto de aves vanas, de Juana Ángela Guaraglia, y en 1972, un crucifijo de piedra de siete metros de altura en la Parroquia Monte Calvario, Templo Santa Teresita de Caseros, en el cual el “Cristo surge en la cruz, cual si el material empleado se convirtiera en carne doliente y la pintora logra[ra] transmutar al vivo todo aquello que es inerte y deshumanizado” (L. Caprera, “Notas de Mar del Plata – Visiones de un mundo extraño”, en Telam, enero de 1976).

 

Lo que llama la atención es la vigencia de su obra y su capacidad de generar lazos con dos muestras actuales en espacios públicos y privados.

Una de ellas es El canon accidental, curada por Georgina Gluzman en el Museo Nacional de Bellas Artes. Aunque la obra encontrada de Chiapetto esté fechada entre 1978 y 1990 por fuera del medio siglo explorado en la muestra—, tanto la pintora como sus obras se emparentan con las que se exponen. Podría detenerme en ciertos parentescos iconográficos Mariette Lydis podría ser uno de ellos—, pero prefiero concentrarme en la aparición de una decena de pinturas de una artista de la provincia de Buenos Aires en un relativo buen estado de conservación, de la cual pocxs conocen y la información que circula es escasa y fragmentada. Esto confirma lo que propone la muestra de Gluzman: que la “actividad artística femenina fue más recurrente que extraordinaria [y que el] mérito derivado de la ‘calidad artística’, un concepto en sí históricamente variable, no fue suficiente para garantizar su ingreso a los relatos sobra la historia del arte” (la cita es del texto de Gluzman “Ex-céntricas”, incluido en el catálogo de la muestra). Allí donde las encontré, podría ser el lugar más indicado desde donde dialogar y complementar las historias que cuentan las pinturas de sus colegas porteñas del norte de la Capital, casi como si se tratase de una sala exclave del Museo Nacional de Bellas Artes. De esta forma, se pone de relieve la necesidad de investigar y conocer a artistas provinciales/municipales y, al mismo tiempo, de preguntarnos cuántas se perdieron y quedaron olvidadas, y qué hacer con aquellas cuya obra sobrevivió hasta nuestros días.

Por otro lado, resulta difícil no pensar en la muestra antológica Quiero ser luz y quedarme de Santiago García Sáenz, curada por Pablo León de la Barra y Santiago Villanueva en la Fundación Amalia Lacroze de Fortabat. Ambxs artistas produjeron casi de manera simultánea desde la religiosidad, pintando con una luz que parecer emerger desde la mismísima tela. García Sáenz lo hace en formatos y temáticas expansivas y complejas, trabajando cuestiones personales e históricas en entornos y momentos precisos y reconocibles. La muestra se articula en ocho núcleos, en donde unx puede vibrar en muy disímiles frecuencias frente a la multiplicidad de estímulos que proponen las imágenes: escenas homoeróticas materializadas con trazos gruesos y frenéticos, autorretratos meditabundos y retrospectivos, una ciudad que invita al disfrute y a los excesos y que a su vez se ve atravesada por la crisis del vih/sida, la Guerra de Malvinas y el atentado a la AMIA. Una cándida selva misionera que compensa, pero no por eso tranquiliza; la naturaleza cobra protagonismo y trasciende su rol de mera locación, funciona como vehículo para reflexionar sobre los territorios pre-Conquista, la influencia hispánica, la cultura aborigen y su repercusión en la conformación de “nuestro espíritu”.

En cambio, Chiapetto plasma en un formato estándar de librería de barrio todas las pinturas que encontré son de cincuenta por setenta centímetros escenas oníricas y dantescas que navegan entre lo sacro y lo perturbador; y si bien en su pintura no existe una intención definida de ilustrar o reflejar la realidad del país durante la última dictadura militar, se filtra en ellas un clima pesadillesco, de tristeza y terror. Las experiencias personales o problemáticas sociales están veladas; funcionan más como pinturas religiosas sin pretensiones de responder a las convenciones de la representación pictórica de este género impuestas por la academia y la historia de las imágenes. Están hechas en formatos modestos desde la espontaneidad y la honestidad, desde una pincelada lúdica y sagaz; en palabras de Manuel Mujica Lainez, desde “el encantamiento de su sencilla sinceridad” (“Pintura ingenua”, en Renato Pinto, ed., Argentina en el arte, Viscontea, 1966).

Las pinturas de Edith Chiapetto me recuerdan a un pasaje de Hans Jæger la escena de un entierro narrado por la imperturbable y omnipresente voz de Peter Watkins en su biopic Edvard Munch de 1974: “Luego, todos han desaparecido y Jarman yace, solo nuevamente. Allí, en el cementerio desolado y se pudre cubierto de flores. Y de repente algo se abrió… y pudimos ver de lejos, lejos en el cielo… y vimos ángeles flotando, sonriendo serenamente”.

 

Volviendo aquí me pregunto: ¿de quién es la responsabilidad de conservar ese patrimonio? ¿Es un deber cívico y de algunas instituciones, sean o no culturales, o depende más de la energía y el tiempo de actores culturales independientes? ¿O de la propia energía de los trabajos, que a veces se las arreglan para sobrevivir por sus propios medios, arrumbados en un placard esperando que alguien los encuentre? ¿En manos de quién es mejor que estén? ¿Cómo administrar lo público desde lo privado? ¿O sería lo privado desde lo público?

Imagino que la energía generada por estas muestras habría llegado hasta la salita donde encontré las pinturas, para rescatarlas de la sombra de los márgenes e iluminarlas al menos durante un tiempo en este mundo extraño y convulsionado y habilitar reflexiones y algunas posibles relecturas desde la contemporaneidad.

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