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El enigma del padre. Sobre Anatomía de una caída de Justine Triet

DISCUSIÓN

1. Frente al carácter seriado, valga la redundancia, de ese modo contemporáneo de la producción audiovisual que es la serie, el cine aún resiste y emerge como singularidad. Anatomía de una caída, el film de Justine Triet premiado en 2023 en Cannes con la Palma de Oro, es una prueba de la potencia narrativa con la que aún cuenta el cine.

Ensayemos, para quienes no lo hayan visto, un breve resumen del argumento. Una pareja heterosexual vive desde hace un año aislada en una casa de montaña cerca de Grenoble, Francia. Ambos son escritores, pero es ella, Sandra (Sandra Hüller) quien ha logrado hacer una carrera y un modo de vida en esa profesión. Para Samuel (el marido, Samuel Theis), escribir es por el contrario una aspiración sin éxito y causa de su aparente enojo. Este desequilibrio genera desde luego tensiones maritales, habitadas además por una desgracia previa: el hijo de ambos, Daniel, ha quedado casi ciego debido a un accidente que ocurrió hace años cuando Samuel estaba a cargo de su cuidado. El comienzo del film nos da pautas de esta trama más estructural que iremos conociendo; pero es en ese inicio donde sucede algo (la muerte sospechosa e inexplicable de Samuel), a partir de la cual se desencadenará una acusación de asesinato contra Sandra y una trama judicial en la que intervendrán todos los personajes.

 

2. La “caída” del padre. La muerte del padre y su enigma tejen a modo de thriller la trama del film: ¿cómo murió Samuel?, ¿se suicidó o fue asesinado? Sobre este interrogante central se desplegarán las acciones de los personajes y el juicio a través del cual se intentará resolver este enigma. Mientras que los hechos “objetivos” son el cuerpo hallado en la nieve, caído desde el altillo, podríamos también sugerir la sutil metáfora a la que la directora nos invita: ¿es la “caída” de Samuel sólo literal?

Como sabemos, es un lugar común señalar que la modernidad trae consigo el cuestionamiento a la autoridad simbólica del padre, arrojando a los sujetos a la búsqueda de otras referencias, como el Estado o el líder político. Pero para Freud, en el psicoanálisis la “caída del padre” o de “la autoridad paterna” no sólo es un hecho de cultura, sino también un elemento relevante del dispositivo de interpretación. Podríamos decir entonces con Freud que sólo es posible interpretar (es decir, en última instancia actuar) una vez que el Padre ha caído y estamos desamparados (y libres) para ser individuos. Es esta libertad la que —costosamente ganada— dará cierre al film: Daniel, el hijo, puede elegir hacer una interpretación porque ha atravesado no sólo el enigma jurídico de la muerte de su padre, sino sobre todo el misterio de qué sujeto era, en efecto, ese padre (caído).

 

3. Verdad, narración, objetividad. La muerte dudosa de Samuel desencadena lógicamente una investigación judicial y una serie de interpretaciones que buscan “la verdad”. Madre e hijo deberán enfrentar el proceso judicial que el Estado impulsa, y el dispositivo de jueces, fiscales y abogados funcionará como escenario de producción de esa ansiada verdad objetiva a partir de la cual podrá presumiblemente establecerse si existe un culpable de la muerte. Ahora bien, ¿de qué “verdad” se trata? ¿Es posible reconstruir una verdad impoluta, desafectivizada, utilizando como principales recursos la memoria o el lenguaje humanos, o las reacciones instintivas de la mascota familiar (el perro)? Si la respuesta es no, quizás este film no es tanto una denuncia del fracaso de ese proyecto (moderno) de buscar hechos sin interpretaciones (en este caso, a través de la ciencia del derecho), sino más bien una elocuente sugerencia de que no es posible, de hecho, producir un hecho sin interpretar, sin actuar. Es al final del film, en efecto, donde la audacia de una interpretación permite finalmente esclarecer los hechos; una interpretación que está, como decíamos arriba, basada en la posibilidad de haber dado cuenta del misterio de un padre (con minúsculas); en la posibilidad de haber decidido una interpretación, sin amparo.

 

4. El misterio de Samuel. Si hay algo que nos conmueve profundamente de este film es su capacidad para dar cuenta de la tristeza (humana, animal) en estado puro. Es esa tristeza representada en el desconsuelo del hijo y su afirmación: “no lo entiendo”. Una habilidad que anhelamos que no desaparezca (aún) del cine de nuestros días, acorralado entre formatos serializados y recetas preestablecidas sobre qué sería, de hecho, atravesar una situación de dolor límite como la que aquí se relata. La intimidad, el saber siempre parcial sobre el otro o incluso la decisión última de quitarse la vida no responden a una cadena causal que podría reconstruirse como un procedimiento alojado en los comportamientos previos de todo sujeto. En efecto, la simple reconstrucción minuciosa de un pasado que está a la espera a ser develado no puede llevarnos a la verdad de una vida, ni tampoco a la verdad de su fin. Por el contrario, es la dimensión, que a falta de mejor nombre llamaremos ética, antes que la jurídica o legal, aquella que nos permite dar cuenta de quién es alguien. Y esta dimensión es siempre intersubjetiva. Decidir —como lo hará, por elección propia, Daniel— quién es un padre, qué misterio lo recubre, lo constituirá a él como sujeto. La verdad emerge así como conexión, pero también como acto, incluso en la incertidumbre. Mientras la mayoría de los discursos contemporáneos sobre la responsabilidad materna o paterna nos incitan a pensar que son los padres y las madres quienes miran a sus hijos e hijas (ya que los cuidan, los ven crecer), este film es sobre la otra parte: cómo son nuestros hijos e hijas quienes nos miran, desde el instante en que nacen, aun si físicamente no pueden hacerlo. Son ellos y ellas quienes nos ayudan a resolver el misterio de nuestras vidas; incluso, a veces, post mortem.

15 Feb, 2024
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