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El pensamiento sin nombre de Horacio González

DISCUSIÓN

El 17 de mayo llamé a Horacio por un prólogo que había prometido escribir. No contestó pero me devolvió el llamado un rato más tarde. Como no tenía contactos agendados en el celular, sus propios llamados eran una sorpresa para él. Hacía meses que no hablábamos. Acordada la entrega, conversamos sobre otros proyectos, sobre la Biblioteca Nacional, sobre el país y sobre bueyes perdidos. Estaba de muy buen humor, tan lúcido e incisivo como siempre. Entusiasmada, aproveché la ocasión para confesarle que había sido yo la que la madrugada del 25 de diciembre le había mandado un whatsapp que decía: “Feliz Navidark, Hora. Brindo por haberte conocido”. Nos reímos, hizo un par de comentarios burlones y tiernos, y cortamos. Esa fue, sin saberlo, nuestra despedida.

Conocí a Horacio en 2005, cuando empecé a colaborar en la editorial de la Biblioteca. Durante el primer año se presentó cada vez que me veía en una reunión: “Hola, soy Horacio González” (¡como si alguien ahí hubiera podido no saber quién era!). Empezó a recordar mi nombre —que siempre pronunció mal— casi una década después. Durante muchos años fui una desconocida a la que trataba, igual que a todos, con infinita calidez. No es casual esta cuestión de los nombres. Horacio fue nuestro Derrida franciscano. Payador deslumbrante, era capaz de improvisar en cualquier circunstancia las relaciones y las metáforas más osadas. Seducido por el poder que tienen las palabras impropias o inapropiadas, se apartaba de las rutinas y de los nombres consagrados, mostrando que el gesto fundador de la lengua es siempre un gesto político: puede consolidar el discurso heredado o buscar sus fisuras, encontrarlas e interpelarlas.

Aunque fuera en el brindis de fin de año, escucharlo era una experiencia transformadora. Uno se convertía en la caja de resonancia de su retórica envolvente, cuyos efectos iban saliendo a la luz con el tiempo. Así ocurre cuando el objetivo no es que las ideas coagulen en dogmas, con su pretendida consistencia y cierre, sino embarcarse en el curso de un pensamiento inquieto. Sólo esta clase de pensamiento que no se acomoda en la familiaridad de los nombres, y salta de un lugar a otro, puede iluminar lo evidente, que, sin embargo, no vemos. “Nadie puede decir que sabe hablar. Aprender a hablar es la tarea de toda una vida. Por eso, los que creemos que hablan bien nos parecen profetas o videntes”, dijo en una entrevista que le hizo Matías Farías para canal Encuentro.

No obstante, a quienes trabajamos con él en la Biblioteca Nacional no nos encegueció el brillo de sus teorías ni lo seguimos diez años a cambio de espejitos de colores. Convencido de que el pensamiento es herramienta para la acción, mejoró exponencialmente nuestras condiciones de trabajo y nos hizo sentir orgullosos de ser estatales. Durante su gestión, no sólo iluminó zonas ensombrecidas de la realidad nacional, sino que nos dio la libertad de inventar posibilidades nuevas para esa realidad. Nos incentivó a hacerlo sin descanso, incluso si no estaba por completo de acuerdo con nuestras propuestas, porque también había espacio para disentir. Nos enseñó, tanto con la palabra como con el ejemplo, que la única apuesta que vale la pena es colectiva, y que el pensamiento auténtico se opone a la egolatría, es un tejido hospitalario y crítico de voces sin nombre. “Sin nosotros no somos nada”, dijo en 2015 en su discurso de despedida.

Ya fuera de la institución, sabíamos que si había algo que decir, algo que exigiera ser dicho, sobre la Biblioteca o sobre cualquier asunto, él iba a decirlo con urgencia. Su simple existencia era una garantía a la que fue necesario recurrir en épocas duras de incriminaciones y despidos masivos. Un día de 2016, con más de cien compañeros despedidos, las oficinas del edificio brutalista se cubrieron de firmas. Los nombres de los intelectuales más destacados de la escena contemporánea exigían nuestra reincorporación: esa red solidaria y empática fue la respuesta del mundo a la gestión de Horacio. Su voz era la voz de la Biblioteca, una voz autorizada por lo que hizo de ella, por el brillo y el lugar central que le dio en la vida cultural de nuestro país y más allá de sus fronteras. También estuvo y se hizo oír dos años más tarde, cuando, de un día para otro, hubo trescientos despidos en Télam. Intervenir y ponerle el cuerpo a las ideas, ¿no es eso ser un intelectual?

Mezcla extraña de melancolía y entusiasmo, infundía bocanadas de deseo cada vez que hablaba. Como intelectual, como ensayista, como militante, como docente, como funcionario público, Horacio nos deja un vacío imposible de llenar. Su pérdida es incalculable.

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