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¿Es posible un mundo sin petróleo y sin transgénicos? Una conversación con Maristella Svampa (parte 1)

DISCUSIÓN

Socióloga, escritora, investigadora, activista, Maristella Svampa se ha convertido en los últimos años en una experta en ecología política que ha abrazado la causa ambiental en un país y una región donde el leitmotiv sigue siendo, en pleno siglo XXI, la explotación a ultranza de los recursos naturales. Es autora junto con Enrique Viale de El colapso ecológico ya llegó. Una brújula para salir del (mal)desarrollo (2020), y coeditora con Pablo Bertinat de La transición energética en Argentina (2022), dos libros clave para entender no sólo los problemas domésticos en materia medioambiental, sino también el nudo gordiano en que se ha convertido el mundo que los seres humanos hemos construido en el único planeta que tenemos.

Patricio Lenard: ¿Cómo es para alguien que investiga temas tan complejos como el cambio climático y la crisis ambiental procesar toda esa información, tantos datos, estadísticas, proyecciones, variables de un fenómeno que a todas luces resulta inabarcable?

Maristella Svampa: Hay que decir que yo trabajo de manera colectiva y con una perspectiva transdisciplinaria. La problemática de la crisis socioecológica, de la transición ecosocial, es una agenda compleja que implica la articulación de diferentes miradas. La construcción de una perspectiva más holística e integral sólo se puede lograr si vinculamos disciplinas diversas, provenientes de las ciencias sociales, las ciencias humanas, las ciencias de la Tierra, y también allí incluiría al arte. Como concepto diagnóstico de la crisis, el Antropoceno instala la idea de “umbral” crítico frente a problemáticas como la crisis climática, las extinciones masivas, la pérdida de biodiversidad; un concepto que pone de manifiesto los límites de la naturaleza y que cuestiona las estrategias de desarrollo dominante, así como el paradigma cultural de la modernidad. Esto nos obliga a una mirada transdisciplinaria y a un diálogo de saberes, si queremos tener una perspectiva de conjunto.

PL: Ir al grano sería empezar hablando de semillas transgénicas, pero le propongo meter primero las patas en el pozo. Además de combustibles y aceites para maquinarias, con petróleo y sus derivados se fabrican plásticos, asfalto, brea, poliéster, pinturas, disolventes, agroquímicos, detergentes, caucho, parafina, cosméticos, medicamentos y un larguísimo etcétera. El petróleo es un recurso casi universal, quintaesencia de la mercancía, el commodity por excelencia. Por eso, que se hable de “combustibles fósiles” en referencia al carbón, el gas y el petróleo, cuando ni el carbón ni el gas tienen casi derivados, es en algún sentido reduccionista. Este detalle, para nada menor, suele estar elidido en las discusiones. Se pone el foco en las empresas petroleras, como si ellas sólo trabajaran para sí mismas, y se olvida que hay otros sectores de la economía que ven en el fluido un insumo estratégico. ¿Será este el as en la manga de la industria más rica y poderosa que hubo alguna vez en el mundo para que la extracción de hidrocarburos no se termine nunca?

MS: Efectivamente somos una sociedad basada en el petróleo y gran parte de los objetos que están en la vida cotidiana tienen derivados del petróleo, como pueden ser envases, bolsas, telas sintéticas, fertilizantes, etcétera. Pero esto no es un hecho inevitable. De lo que da cuenta es de que las nuestras son sociedades petroadictas. Si hacemos una lectura histórica, vemos que al final de la Segunda Guerra Mundial Estados Unidos impulsó a nuestras sociedades a volverse petroadictas. En esa línea hubo una aceleración del metabolismo social del capital. Incluso cuando hablamos de Antropoceno, la fase de aceleración suele ubicarse después de la Segunda Guerra. Esto quiere decir que cuando analizamos nuestra civilización no sólo tenemos que cuestionar los modelos de producción y extracción, sino también los patrones de consumo y de circulación de bienes y mercancías, así como los de producción de desechos. Es todo el perfil metabólico de nuestra sociedad el que es insustentable. Desde luego, este no es el argumento de las grandes corporaciones petroleras. El tema es que hasta hace poco el petróleo era barato, mientras que hoy estamos asistiendo —como decía Ramón Fernández Durán— al fin de la energía barata. El petróleo y el gas, los combustibles fósiles que encontramos bajo tierra, son de difícil extracción, con un alto costo económico y ambiental y una tasa de rendimiento muy baja. Entonces, al asistir al fin de la energía barata, uno de los mayores problemas es ver cómo se reemplaza el rol que esa energía fósil ha tenido en nuestra sociedad. A diferencia de sociedades simples, las nuestras, que son complejas, tienen muchas más dificultades para instalar cambios estructurales o de fondo.

PL: Pero ¿no es un tanto ilusorio afirmar que el petróleo podría volverse algo inútil, un “activo obsoleto” como postula el movimiento que impulsa la desinversión en combustibles fósiles, con la ONG 350.org a la cabeza? El petróleo podrá tornarse obsoleto como fuente de energía, sí. Ahora bien, ¿cómo podría volverse inservible una materia prima que es utilizada para fabricar tantas cosas?

MS: Me parece que ahí hay un punto ciego importante para subrayar, y es el hecho de que la pregunta da cuenta de alguien que no logra imaginar una civilización más allá de los combustibles fósiles. Hace poco más de un siglo y medio que nuestras sociedades dependen de los combustibles fósiles, básicamente del petróleo, pero ahora sobre todo del gas como fuente de energía, y esto ha producido un cierto bienestar en nuestras sociedades. Pero, insisto: el fin del petróleo barato ya es un hecho. Estamos ante los límites no sólo naturales sino ecológicos del planeta. Naturales porque los recursos no son infinitos. Y ecológicos porque ante los impactos de este sistema basado en los combustibles fósiles sobre el clima, la biodiversidad, el agua y el modelo alimentario, será necesario transformar nuestra sociedad de cuajo. A mí no me parece ilusoria la perspectiva de la ONG 350.org, aunque me puede resultar insuficiente. En todo caso es una propuesta que sirve para que empresas y grupos privados y públicos no inviertan más en combustibles fósiles, generando un proceso de desinversión. No son los únicos que consideran, en el marco de la crisis climática y de su aceleración, que los combustibles fósiles puedan ser considerados como activos varados u obsoletos dentro de poco. Esto quiere decir, nada más y nada menos, que lo que está bajo tierra debe permanecer bajo tierra.

PL: Sobre todo en Europa, son varios los países que están cerrando sus minas de carbón. Pero con el petróleo y el gas estamos lejos de un escenario como ese.

MS: Es la aspiración de muchos movimientos socioambientales, que se oponen a la expansión de la frontera petrolera y de la frontera minera, y proponen que esos minerales y esos combustibles fósiles queden bajo tierra. Pienso en la iniciativa Yasuní en Ecuador, que en 2007, impulsada por organizaciones ambientales, cuando apenas asumió Rafael Correa la presidencia de ese país, proponía que una parte del petróleo que estaba ubicada en el Parque Nacional Yasuní, que es una de las selvas y bosques más biodiversos del planeta, quedara bajo tierra.

PL: Pero esa propuesta fracasó. El gobierno ecuatoriano pretendía, en el marco de la ONU, obtener de la comunidad internacional una suma de dinero en compensación por la no explotación de esos recursos, pero en el fideicomiso que crearon, al cabo de seis años, no habían reunido ni el 1% de la suma prevista, por lo que Correa dejó sin efecto la iniciativa. No es lo mismo descarbonizar que desempetrolar la matriz energética…

MS: Sí, ese proyecto fue cancelado por el propio Correa, quien fue uno de los representantes más emblemáticos del “progresismo fósil” (tomo la expresión de la escritora Gabriela Cabezón Cámara). Pero hoy vemos la posibilidad de un progresismo socioambiental con Gustavo Petro, en Colombia, donde el gobierno impulsa una ley que prohíba el fracking y ya colocó límites a la explotación petrolera offshore. Además, allí existen importantes organizaciones ambientales (como el CENSAT-Agua Viva) que proponen un programa para dejar los combustibles bajo tierra a través del “desescalamiento” progresivo. Estuve en Colombia hace poco y tuve la oportunidad de dialogar con funcionarios, parlamentarios, organizaciones sindicales y socioambientales. Un soplo de aire fresco. La audacia política de Petro muestra que es posible avanzar en una estrategia de transición energética en un país capitalista dependiente que tiene combustibles fósiles. Instala otra agenda de debate, lejos de los progresismos fósiles. Pero solo cuenta con cuatro años y eso quiere decir que, con suerte, sentará las bases del cambio. Veremos en qué resulta.

Y volviendo a lo último que planteas en la pregunta, no podemos identificar sin más descarbonización con despetrolización. Los proyectos de mercado de carbono que hoy se están promocionando a escala internacional les dan una nueva vida a las industrias contaminantes porque les permiten compensar la contaminación que producen a través de la inversión en proyectos de captura de carbono (conservación de bosques, por ejemplo). Es muy perverso como mecanismo… Pagás un proyecto de conservación en un lugar para poder seguir contaminando en otro. Por otro lado, la descarbonización no asegura tampoco una matriz energética justa. Es necesario desconcentrar, descentralizar la energía. Necesitamos cambiar el sistema energético, para construir uno más justo y solidario, y necesitamos también modificar nuestro vínculo con la naturaleza. Una transición energética que se base sólo en la descarbonización es una transición de patas cortas.

PL: Otro punto ciego de la transición es cómo podrían construirse nuevas redes eléctricas y de transporte, en muchos casos desde cero, y cuál sería el costo ambiental y económico de reemplazar todos esos generadores, usinas, aviones, barcos, camiones, autos, motos que funcionan con combustibles fósiles. ¿Es esta obsolescencia no programada lo que debería allanar el camino para una Tercera Revolución Industrial que produzca tecnología no contaminante con maquinaria que todavía dependerá, en gran medida, de fuentes de energía no renovables?

MS: A mí me parece que el problema es otro. La transición energética en la que se está pensando es una transición de tipo corporativa, todavía basada en la idea del crecimiento económico infinito. Corporativa porque aparece como una nueva oportunidad de negocios y lo que hace es consolidar un sistema energético desigual e injusto. En términos de la relación Norte-Sur, nos pone en una situación muy problemática porque los países desarrollados tratan de asegurarse las nuevas fuentes de energía —sobre todo el litio, pero también la madera de balsa— en el Sur global, a fin de asegurar su propia transición energética, pero en pos del sacrificio de los países del Sur. Además, para construir aerogeneradores y paneles solares hacen falta otros minerales, no sólo litio para las baterías de los autos eléctricos. Se necesitan zinc, cobre, plata, así como tierras raras, necesarias o vinculadas a la transición digital. Si no cambiamos, si no cuestionamos el modelo de consumo y seguimos por esta senda, vamos a estar frente a una transición energética que va a implicar la exacerbación de la explotación de los recursos naturales y que será una transición no sólo basada en falsas soluciones, sobre todo para los países del Sur, sino también de corto alcance, porque en poco tiempo estaremos otra vez frente al problema de la finitud de los recursos naturales y sus impactos sobre los ecosistemas.

PL: Hoy todo indica, sin embargo, que estamos más cerca de una Tercera Guerra Mundial que de una Tercera Revolución Industrial. ¿Cómo analiza el impacto en la agenda ambiental de la invasión rusa a Ucrania y de la crisis energética que trajo aparejada?

MS: Entre 2020 y 2022 hemos pasado de una coyuntura extraordinaria a una policrisis. En 2020, con la declaración de la pandemia a escala global, comenzamos a atravesar una crisis extraordinaria, pero esa crisis abrió una oportunidad para desnaturalizar, por un lado, la situación de desigualdad, y por el otro la crisis ecológica, dado que la pandemia es de origen zoonótico. Esta situación propició la actualización de numerosas propuestas de transición ecosocial. Pensemos en el caso del Green New Deal para Estados Unidos, que ha tenido también sus voceros en Gran Bretaña, y en el Pacto Verde Europeo, que es quizá la propuesta de transición más sólida, cuyo origen data de 2019. En América Latina no fueron ni los Estados ni las élites los que pensaron en proyectos de transición ecosocial, sino que desde la sociedad civil se tramaron diferentes propuestas, entre ellas la que lanzamos con Enrique Viale en la Argentina y para América Latina junto con otros colegas en junio de 2020, el Pacto Ecosocial e Intercultural del Sur. La idea era instalar este debate en términos civilizatorios, pero sobre todo poner el acento en el hecho de que la transición ecosocial, para que sea justa, no puede ser pensada sólo desde el Norte. Ahora bien, en dos años las crisis se han multiplicado. No sólo la pandemia no concluyó aún, sino que se han incrementado las desigualdades, estamos en recesión económica, se dispararon los fenómenos de extrema derecha (siendo las desigualdades caldo de cultivo para estas expresiones), y a eso hay que agregarle la crisis energética vinculada a la guerra en Ucrania y una probable crisis alimentaria por venir. El término “policrisis”, que retomo de otros autores, señala que estas crisis no son lineales sino que van asentando una matriz de peligro en la medida en que se conectan entre sí y se van potenciando en efectos cada vez más inciertos y de gran escala. Vivimos un momento bisagra, con una aceleración de la crisis climática por un lado, y una guerra planetaria conectada con la amenaza nuclear por el otro.

PL: No es casual que con esta guerra las petroleras volvieran a estar entre las empresas más rentables del mundo, cuando Saudi Aramco destronó a Apple de la cima del ranking de capitalización de mercado. Parece que fue ayer cuando, al inicio de la pandemia, el precio del petróleo cayó a menos de cero y centenares de buques petroleros vagaban por altamar sin tener dónde vaciar sus tanques. ¿Qué consecuencias entrevé de que esta también sea una guerra posibilitada por el apetito insaciable del mundo por los combustibles fósiles?

MS: Lo que ha impactado mucho en la agenda ambiental es cómo se han exacerbado las respuestas ambivalentes provenientes del Norte global, cuyos países vienen promoviendo la agenda de la transición energética, más allá de que nunca dejaron de apostar del todo a los combustibles fósiles. Con esta reacción esquizofrénica ha tomado centralidad la agenda de la seguridad energética. Sobre todo en Europa, y ante el temor de problemas de abastecimiento durante el invierno, se habilitó toda clase de energías sucias que ahora son consideradas “limpias” por la Unión Europea: el gas del fracking, se reabrieron centrales de carbón en Alemania, se volvieron a legitimar las centrales nucleares. Esto implica un retroceso, al menos en lo inmediato. Pero pienso que Europa no ha abandonado la agenda de la transición energética, que favorece su situación al estar fundada en el colonialismo verde. No olvidemos que en el continente europeo se consume el 20% de los recursos naturales del mundo, cuando en realidad allí sólo se encuentra el 3% de ellos.

PL: Justamente en Alemania, país que depende en gran medida del gas ruso, no son pocos los que se lamentan por la política de blackout nuclear que forzó el cierre en su territorio de treinta reactores desde 2011, cuando el accidente de la planta de Fukushima, en Japón, provocado por un tsunami, terminó de ubicar en un lugar muy incómodo a la energía atómica. Ni en El colapso ecológico ya llegó ni en La transición energética en Argentina consideran la energía nuclear como una alternativa a los combustibles fósiles, ni como un posible complemento de las fuentes renovables en la generación de electricidad. ¿Por qué?

MS: El tema de la energía nuclear es muy controvertido y tiene una larga historia, porque el movimiento ecologista europeo y estadounidense se generó en contra de la energía atómica, entre los años cincuenta y sesenta, en el marco de la Guerra Fría y con la alternativa de un holocausto nuclear como horizonte futuro. Incluso en la Argentina, los primeros movimientos ambientales que podemos detectar fueron en contra del basurero nuclear que se quería instalar en la localidad de Gastre, en Chubut. La Argentina es de los pocos países latinoamericanos productores de energía atómica. Hace poco, en la provincia de Río Negro, se opusieron desde Viedma a la construcción de una central nuclear en manos de China, y ese movimiento triunfó. Entonces, por un lado está la cuestión simbólica, el rol que ha jugado en el nacimiento de los movimientos ecologistas, y por el otro el hecho de que la producción de energía nuclear genera desechos que duran una eternidad, que son muy contaminantes y nadie sabe dónde enterrarlos, y que depende de la extracción de uranio, una forma de minería que deja fuertes pasivos ambientales. También está todo lo relacionado con la seguridad. Lo estamos viendo en este contexto de guerra en Ucrania, donde estamos atentos a la posibilidad no sólo de que Rusia haga uso de armas nucleares, sino también de que alguna de las centrales atómicas de Ucrania sufra un accidente grave. Si bien hay centrales nucleares de nueva generación y suele decirse que la tasa de accidentalidad ha disminuido con los años, los accidentes que ha habido fueron muy, muy graves.

PL: Los artefactos atómicos son los únicos con capacidad de desatar un cataclismo hecho en casa. En un mundo sin nosotros, tarde o temprano irían explotando uno por uno los más de cuatrocientos reactores nucleares que hoy existen. Un Chernóbil allí, un Hiroshima allá, un Nagasaki acá… ¿Qué clase de organismo vertebrado o invertebrado podría sobrevivir a eso? “Somos la especie en peligro de extinguirlo todo”, dice un grafiti de una agrupación por los derechos de los animales que hay pintado cerca de mi casa. A lo que yo agregaría: «Somos la única especie en peligro de extinguirse a sí misma y extinguirlo todo».

MS: Sí, ciertamente. Y arrastraríamos todo con nosotros, humanos y no humanos, aun si el planeta siguiese existiendo sin nosotros. La hybris humana, la creencia de ser un demiurgo que todo lo puede dominar, transformar y resetear está muy asociada al pasaje de una visión organicista a una visión mecanicista de la naturaleza, hecho que se produjo en la Europa del siglo XVII. Lo que siempre consideramos que era un triunfo de la Modernidad y el Progreso —el dominio sobre la naturaleza y la idea de considerarnos como algo exterior a ella— hoy se convierte en nuestro principal problema. ¿Cómo hacemos para desmontar esta idea de Progreso y Desarrollo que está tan arraigada en el sentido común hegemónico pero que forma parte también de nuestro sentido común cotidiano? Esto exige un cambio cultural y subjetivo enorme y acciones políticas de envergadura. Y asusta mucho. Hay mucha gente que no quiere salir de la zona de confort. Gente que prefiere seguir el fin del mundo por Netflix mientras se vuela el techo de su casa, antes que pensar en salidas colectivas y exigir cambios en las políticas ambientales, que hoy son el verdadero problema político.

PL: Hablando de desastres no naturales, con Enrique Viale usan la expresión “nuestro Chernóbil criollo” cuando se refieren a cómo el agronegocio, a través de una gran concentración de transgénicos y agroquímicos, ha transformado a nuestro país en uno de los principales bastiones de esa clase de cultivos en el mundo. Lo presentan como el mayor problema socioambiental de la Argentina, en cuyo centro se ubica una materia prima que, sin llegar a tener la omnipresencia industrial del petróleo, se ha vuelto un insumo estratégico del modelo alimentario a gran escala. ¿Vivimos en un mundo que es adicto a la soja transgénica?

MS: En realidad lo que cambió es el modelo agroalimentario a escala global. Hasta hace treinta años dependíamos de una agricultura de alimentos. Hoy lo que se produce, la hoja de palma, la soja transgénica, son commodities que sirven de alimento para cerdos o vacas, y con esos insumos se fabrican también otros elementos. Estoy pensando en la hoja de palma, que está presente en un montón de alimentos que son de corte adictivo. Es el modelo agroalimentario mundial lo que ha cambiado. Un modelo que está en manos de unas pocas corporaciones, que necesita cada vez más territorio, y que por ende se expande al calor de la concentración de tierras y de la deforestación, que utiliza agroquímicos que tienen un impacto sobre la salud, que expulsa a las poblaciones y además es muy contaminante. Es toda una cadena lo que hay que desmontar ahí. No olvidemos que la Argentina es uno de los países más sojizados del mundo. La soja está ligada a la deforestación, que es uno de los grandes problemas de nuestro país, y los impactos del glifosato sobre la salud humana son notorios. No sé si somos sojadictos o adictos a la soja. Lo que sí creo es que hemos cambiado el modelo agroalimentario a escala global y que este es sumamente tóxico.

PL: En la Argentina llueve glifosato. Hay estudios que han detectado la presencia generalizada de este herbicida con potencial carcinogénico en muestras de orina de diferentes poblaciones, incluso entre personas que no viven en el campo. Lo mismo ocurre en Estados Unidos: en un estudio reciente de los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC) se encontraron rastros de glifosato en más del 80% de las muestras de orina recolectadas. ¿Su temor es que se esté incubando una epidemia silenciosa de enfermedades asociadas al uso intensivo de agroquímicos?

MS: Se sabe que hay una elevada tasa de enfermos de cáncer, casos de malformaciones, entre individuos que han estado expuestos a fumigaciones. En este sentido, el rol que han jugado las madres del barrio de Ituzaingó-Anexo, de Córdoba, desde el año 2001, al poner en agenda el tema de la afectación a la salud del glifosato, ha sido más que relevante. Pero todavía hoy esto sigue siendo invisibilizado. También existe la Red de Médicos de Pueblos Fumigados, que tiene su expresión tanto en Córdoba como en Santa Fe, que está haciendo un trabajo de relevamiento desde la epidemiología crítica. Ahí aparece la cuestión del sufrimiento ambiental, una problemática que afecta sobre todo a los pobres, a los más vulnerables, a las mujeres y a los niños. Pero con el carácter masivo que viene asumiendo, el uso del glifosato amenaza con afectar a toda la población argentina. A raíz de esto, Andrés Carrasco —un pionero en denunciar los impactos del glifosato en el ser humano— describía nuestro país como un laboratorio a cielo abierto. Volvemos así al origen de los ambientalismos populares en América Latina, que nacen de la toma de conciencia de los impactos sobre la salud del modelo industrial y ahora, cada vez más, del modelo extractivista. Cuando hablamos de ambiente, la cuestión de la salud pública es central, como vemos a raíz de los incendios en los humedales del Delta del Paraná. Hay cada vez más gente en la provincia de Santa Fe que tiene problemas de salud a causa del humo. En esos días de humo, los hospitales se llenan de consultas, las madres llevan a sus hijes con ataques de broncoespasmo… Con el colectivo #Mirá —en el que participo junto con escritoras como Claudia Aboaf, Dolores Reyes, Soledad Barruti y Gabriela Cabezón Cámara— hicimos recientemente un video que se viralizó con la consigna “En Rosario no se puede respirar”, exigiendo que se apruebe el proyecto de Ley Nacional de Humedales, que se viene discutiendo hace diez años y que ya se consensuó con organizaciones sociales y ciertos sectores políticos.

PL: Más urgente parece ser seguir ampliando la porción de territorio destinada al agronegocio, porque es la única forma de superar una cosecha récord con otra cosecha récord, dado que así es como llegan los dólares…

MS: El alineamiento de los poderes económico y político en este tema clausura todo el tiempo la posibilidad de que se avance. Con otros investigadores del Conicet hicimos también una declaración contestando a los gobernadores que desde Estados Unidos ordenaron cajonear nuevamente la Ley de Humedales… No quieren proteger los humedades ni les importa atentar contra la salud de los argentinos.

 

En la parte 2: #Capitalismo #Antropoceno #VacaMuerta #Amazonía #Lula #Bolsonaro #Ecocidio #AcuerdodeParís #ONU #Pandemia #Desforestación #NegacionismoClimático #Geoingeniería #LeviatánClimático #Agroecología #Microplásticos #China #Litio 

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