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Hackear a Borges. Sobre La nación de los sueños diurnos, de Juan Mattio

DISCUSIÓN

Cierta falta de audacia de la literatura contemporánea argentina se nota en los temas pero, principalmente, en los procedimientos. Desde hace unos cuantos años, repentinos best sellers y autores premiados en concursos vienen (re)colonizando géneros como el terror y la ciencia ficción sobre la base de un penoso énfasis arquitectónico. Si se les pregunta, reducen la teoría literaria a un muestreo de obsesiones personales (musicales, literarias, cinematográficas) y la literatura a una mera ingeniería de mecanismos narrativos. En algunos casos puntuales, la construcción de una “estética” personal ya es otro tema y puede llegar, incluso, a extremos carnavalescos.

Afortunadamente, los objetivos de Juan Mattio son otros y su inmersión en las sustancias borgeanas es de una sutileza poco común. No es una imitación estilística (que las sigue habiendo), no es un truco de elevación erudita para la trama y, mucho menos, un ensayo de contraseñas esperando ser descifradas. Tiene mucho de esa dimensión existencialmente fantástica y plagada de recursos clásicos tomados de los géneros “menores”, pero tampoco se agota ahí. En La nación de los sueños diurnos (Caja Negra, 2026), lo borgeano es algo que acecha dentro del texto, una especie de criatura tan hipersticional —es decir, acontecida por su propia aspiración a la realidad— como los hrönir que ahora fugan por una Pampa argentina convertida en desierto semántico. Como si Mattio hubiera escrito con el banco de datos genéticos borgeanos de dominio público un mapa de horrores del futuro por venir.

El autor de Materiales para una pesadilla comparte con Borges el interés por las cartografías fantásticas, aunque llevado al extremo hipnótico del inventario. Pero si en Materiales… esa obsesión se centraba en las declinaciones de la locura, la teoría maquínica y las infecciones cibernéticas, en La nación… se reconcentra en la enfermedad mental y el complejo juego de signos capaz de dar cuenta de ella en un escenario acechado por plagas sintéticas de origen difuso y siniestro. La preocupación es la misma en ambas novelas —una sociedad que se niega a (o no puede) comprender las emociones y los sentimientos que la están destruyendo—, pero el sonido del lenguaje que la refleja está ahora perturbadoramente trabajado al nivel de la distorsión industrial. Algo parecido a la depresión anímica y estilística de J.G. Ballard, pero con algo nuevo y difícil de definir, porque la violencia consumista producida por el shock cultural-tecnológico de los sesenta y setenta del siglo XX se ha transformado, ahora, en el hachazo demiúrgico de la inteligencia artificial amputando las terminaciones nerviosas que nos conectaban cronológicamente con ese pasado. Lo que Mattio tiene en claro es que ese hiato histórico es, también, un trauma emocional.

El pasado es importante para Mattio, porque la tradición literaria puede ligarnos a temas que siguen llegando desde el futuro. La pasión melancólica de Borges, la proliferación disruptiva de Thomas Pynchon, el fatalismo tecnificado de William Gibson, todas aquellas reacciones frente al “realismo” literario tuvieron mucho que ver con una concentración obsesiva en los objetos y los temas de su época, una renuncia a los puntos de vista consensuales que solo podía darse a través de subjetividades extremas. Esa, quizás, sea la clave del género weird contemporáneo: lo particular de una experiencia en la que las certezas del sujeto que mira (que ya no tiene que ser necesariamente humano) y las del objeto mirado vacilan. “Ficción rara” o “extraña” es una etiqueta que tuvo que ser inventada/recuperada para dar cuenta de una literatura que hace tiempo ya da lo “real” por colapsado.

Ese trabajo sobre los restos de lo real solo puede ser maníaco, darse a través de la multiplicación de esquemas y procedimientos. Mattio está narrando la propagación de una enfermedad mental sobre una comunidad localizada, pero, a la vez, abstracta; la invasión de un espacio concreto por hordas de fantasmas semióticos, y el único recurso posible para dar cuenta de ese proceso es la proliferación y la erupción. La proyección de un horror interior y colectivo que progresivamente se revela como precursor de un nuevo orden mundial se refleja en una ansiedad narrativa propia del delirio, que trata el pasado como si fuera el presente y drena el futuro desde una pasión envenenada por lo contemporáneo. Mattio trabaja con los espectros públicos creados y enfurecidos por el capital privado; está horrorizado (estimamos) por la adopción masiva de aparatos y dispositivos que impiden sistemáticamente la formación de un sentido unificado de lo real a partir del cual excitar la imaginación individual. Sabe que optar por el realismo literario en un escenario como este equivale al pasaje al acto suicida, y por eso se abre, deriva y crea.

Cierta pereza o miopía intelectual le atribuye un “exceso” de teoría en sus ficciones, como si pudiera establecerse alguna medida o modelo de contención para el potencial de una idea que, por su propia naturaleza orgánica, carece de la posibilidad de detener su evolución, un poco como los objetos que desde Tlön comenzaban a invadir nuestra realidad y ahora, en La nación de los sueños diurnos, se escapan del imaginario colectivo y tienen que ser cazados y aniquilados en aquelarres de una corporalidad escalofriante y patológica, muy en la línea del Cronenberg más inspirado. Se pasa por alto, entonces, que no puede no haber teoría en una ficción que no deja de preguntarse por lo que narra o describe, así como no puede no haber espanto o perplejidad en quien observa la disolución progresiva de una cultura a la que pertenece.

Esa es, precisamente, la idea de exceso que habría que valorar en una época donde se publican novelas de mil páginas para narrar lo que podría haber sido narrado en veinte. Decenas, cientos, acaso miles de teorías estéticas, históricas y sociológicas derramándose sobre el texto, pero entrando en él solo a través de sus heridas y hemorragias (la cita de Burroughs del inicio: cuando se tajea el presente, el futuro sangra a través de esa herida). Lo borgeano en Mattio se manifiesta como ese recorrido de una mente movilizada por el horror a través de un escenario de objetos imposibles, un desborde de lo literario sobre un paisaje que, en su concepción, se aproxima a lo teológico.

Si en el epílogo a Otras inquisiciones el propio Borges afirmaba su tendencia a considerar las ideas religiosas o filosóficas por su valor puramente estético, habría que señalar que Mattio hace lo propio con ese “exceso” de teoría que a veces se le reprocha. Una vez más, lo borgeano en él (y en Ramiro Sanchiz, en Pablo Farrés, en Flor Canosa, en Yamila Begné o en Agustín Conde de Boeck, para tratar de acompañarlo un poco en ese recorrido) asoma como un prodigioso encadenado de complejos artefactos literarios a partir de un tema; una puesta a prueba de la sustancia literaria o una tentativa de medir sus límites para tratar de adivinar qué es capaz de resistir o asimilar.

 

23 Jul, 2026
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