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La universidad en peligro

DISCUSIÓN

Notas sobre el porvenir de la universidad pública, a partir de Puan y algunas otras películas argentinas recientes

 

1. Hay un detalle menor, si se quiere anecdótico, que se repite en Puan (2023), la comedia dirigida por María Alché y Benjamín Naishtat, ambientada en la icónica sede de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires y protagonizada por Marcelo Subiotto y Leonardo Sbaraglia, que resulta sintomático y puede ser un buen punto de partida para pensar cómo aparece la universidad pública en el film. En distintos momentos, en medio de una reunión de trabajo o de un evento social, los docentes de la cátedra de Filosofía Política, que ha quedado acéfala tras el imprevisto fallecimiento de su titular, el profesor Eduardo Caselli, y cuya dirección se dirimirá (es el núcleo narrativo del film) entre Marcelo Pena (Subiotto) y Rafael Sujarchuk (Sbaraglia), se preguntan unos a otros, susurrándose al oído con vergüenza: “¿Vos ya cobraste?”. Es una de las tantas situaciones cómicas, o pretendidamente cómicas, con que el film presenta, en tono satírico, a los docentes de la universidad pública y su preocupación permanente por el dinero que no alcanza; pero podemos tomarla como un índice elocuente tanto de una dimensión de verdad que la película pone en escena, como de sus limitaciones a la hora de hacerlo.

Hay efectivamente algo verdadero en el gag, que busca evocar las condiciones de precariedad económica en las que viven y se desempeñan en muchos casos los docentes universitarios. El único en una posición holgada es Sujarchuk, que se ha ido a vivir a Alemania, da clases de Filosofía en Fráncfort, sale con la estrella Vera Motta (cameo de Lali Espósito) y ahora quiere volver al país y quedarse con la cátedra. Pero al mismo tiempo se trata de algo completamente falso. Quien perciba un sueldo de la UBA (lo hago hace veinticinco años) no me dejará mentir: si algo bueno puede decirse es que la institución liquida sus salarios en tiempo y forma. Claro que eso no implica, lamentablemente, que el trabajo de sus docentes no se encuentre atravesado por una precariedad mucho más difícil de representar.

 

2. Hay otra elección narrativa del film que resulta nuevamente sintomática. Toda la historia está organizada en torno al enfrentamiento entre Marcelo y Rafael por ver quién se quedará con la cátedra del profesor Caselli. En ese sentido, el clímax del relato debería ser el concurso en el que va a dirimirse el conflicto. Pero justamente ahí hay una elipsis; vemos a Marcelo en los momentos previos a entrar a dar su clase de oposición, luego hay un corte, han pasado unos cuantos días y nos enteramos, por un comentario al pasar, que ha perdido; Rafael es el nuevo titular. ¿Se trata del típico recurso de construir toda la expectativa en torno a un núcleo narrativo que se escamotea? ¿Estamos ante un nuevo caso del gesto modernista “lo importante no se cuenta” (porque hay una imposibilidad estructural de contar lo que realmente valdría la pena, etcétera)? Pero no se trata de eso. Por el contrario, parecería que lo que se nos quiere decir es que en realidad “el concurso no es tan importante”. Es lo que le dicen a Marcelo su mujer y la mujer del fallecido Caselli: el mundo no se termina en Puan, existe un afuera en el que pasan otras cosas. De hecho, la derrota de Marcelo, más que una tragedia parece ser un alivio y una liberación para él. A partir de allí se relaja y empieza a actuar más decididamente. Se encuentra con Rafael en el café Sócrates, en la esquina de la facultad, donde este le confiesa que lo necesita para llevar adelante la cátedra, ya que desconoce totalmente el funcionamiento institucional y además deberá ausentarse por sus regulares viajes a Alemania, por lo que le propone que sea su adjunto principal y que trabajen en equipo, deponiendo antiguas rivalidades (un gesto de grandeza de parte del ganador, dicho esto entre paréntesis, de dudosa verosimilitud en una institución salvajemente regida por el principio de “the winner takes it all”). Pero luego, cuando se dirigen juntos a la facultad para el primer teórico de la materia, se encuentran con que la sede está cerrada: en medio de un colapso económico, en el que el peso se deprecia literalmente minuto a minuto con respecto al dólar (cualquier similitud con la realidad es mera coincidencia), un indefinido “gobierno nacional” ha suspendido repentinamente el envío de sus partidas presupuestarias, la universidad se ha declarado en quiebra, el rector ha renunciado, la UBA “no existe más”. Entonces, todos (Rafael, Marcelo, la decana, los estudiantes) se unen en protesta, toman la calle Puan, Marcelo enfrenta decididamente a la policía que les ordena desalojar la vía pública.

La escena de la clase en la calle es la ocasión para que Marcelo finalmente despierte de su letargo, asuma una actitud combativa, enfrente con valentía al comisario de la policía y se convierta en el líder espontáneo de la protesta, dejando relegado a Sujarchuk, quien con sus modales del Primer Mundo sabe muy bien cómo manejarse y qué comprar en un wine store, pero queda paralizado ante el primero de esos caóticos momentos con que la vida sabe regalarnos a los habitantes de los países latinoamericanos.

Esa escena sí se narra, con lujo de detalles, es el clímax de la película y reemplaza a la del concurso. Como si se nos dijera: ahí radica el verdadero peligro: el desfinanciamiento, el cierre de la universidad, la represión de la protesta. O también: ahí, en la relación de la universidad con el afuera, está el momento “político” del film. Pero en realidad, si hay una escena política en la universidad, en la que se juega su porvenir y su relación con el afuera, son sus concursos docentes, y toda la ignominia y la bajeza que se despliegan y montan su espectáculo tras las bambalinas de los concursos con los que se dirimen las jerarquías y las exclusiones dentro de la institución; algo que sería tan difícil, pero a la vez fundamental, poder mostrar.

Para decirlo de la manera más directa posible: durante las últimas décadas, al menos en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, pero sospecho que también en otras instituciones de similares características, bajo el amparo de gestiones y discursos “progresistas”, se naturalizaron prácticas y manejos en los concursos docentes y en los otros mecanismos más informales o “internos” de ingreso y promoción, cuanto menos cuestionables, y al mismo tiempo se instaló un consenso según el cual cualquier señalamiento crítico en este sentido se consideró inapropiado porque le estaría haciendo “el juego a la derecha”. Una lógica siniestra que, como vemos ahora con claridad, en el campo minúsculo de Puan, pero también en otros mucho más amplios, terminó a largo plazo haciéndole efectivamente el juego a la derecha.

Como sucede con el pago de los salarios, hay algo de verdad y algo de falsedad en la escena del corte de la calle. Porque si algo debería decirse de los múltiples cortes que se han hecho en Puan para dar clases públicas (además de su ineficacia, ya que se trata de una calle apartada de un barrio residencial, y no afecta demasiado el tránsito, de manera que su impacto es casi nulo), es que esas medidas no han generado reacciones represivas de parte de la policía ni de ningún otro agente del Estado (hablo por lo menos de los últimos veinte años, y soy consciente de que lo hago en un instante de peligro en nuestra historia reciente en que ese consenso democrático antirrepresivo se encuentra ante un panorama incierto, con un presidente electo por una mayoría que le reclama, entre otras cosas, que garantice su derecho constitucional a la libre circulación). Hay algo de alivio, pero también de desasosiego, en este hecho: nadie viene a reprimir cuando se corta la calle Puan, porque a nadie le importa. (Anoto entre paréntesis algo sobre lo que hace tiempo discuto con mis estudiantes: el concepto de “clase pública” o “clase abierta” como medida de protesta es por lo menos contradictorio, en la medida en que desmerece el hecho de que, en una universidad pública, todas y cada una de las clases que se dictan son públicas, abiertas, interpelan —o debería interpelar— y se dejan —o deberían dejarse— interpelar por lo que pasa “afuera”, en la sociedad en su conjunto).

Se podría argumentar que estas simplificaciones se explican por el género del film, después de todo se trata de una simple comedia sin demasiadas pretensiones. No le pidamos peras al olmo, con que nos haga reír un poco está bien, podría decir alguien, y tendría razón. Evaluada en esos términos, podemos decir efectivamente que Puan es una comedia, no se propone ser mucho más que eso (y lo logra hasta ahí, hace reír, un poco, por momentos, no demasiado), aunque también es cierto que, sobre todo hacia el final, se pone más “profunda” y evidentemente procura “dar un mensaje” en defensa de la universidad. Es probable que lo más interesante de Puan, del film y del hecho de que un film con esta temática haya llegado a contar con actores reconocidos y una circulación comercial, es que señala la pregnancia que tiene, aún hoy, en el imaginario de la sociedad argentina, la universidad pública como espacio, como emblema. Algo similar pudimos ver, gracias a una azarosa coincidencia, durante el último tramo de la disputa electoral, que tuvo lugar en las mismas semanas que la exhibición del film. Sin llegar a ser nunca el centro del debate, las discusiones y los ataques a la universidad pública (y a la enseñanza pública y gratuita en general) por parte del candidato de La Libertad Avanza, y su defensa por parte del candidato de Unión por la Patria, volvieron a demostrar el lugar que aún conservan estas instituciones en el imaginario democrático de la sociedad argentina. Se trata, lo sabemos, de una supervivencia no exenta de contradicciones: se apela al prestigio de universidad pública, se la ataca o se la defiende o se la recoge como bandera en los momentos álgidos de la contienda, pero también se la olvida o se la abandona, o ella misma se va desintegrando en largos procesos de deterioro institucional. Resulta por lo menos llamativo que, en el mismo momento en que la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA, en especial algunas de sus carreras más tradicionales y prestigiosas, como es el caso de Filosofía, se encuentran atravesando una situación crítica por la merma preocupante y sostenida de su matrícula (otra verdad de esas que no habría que mencionar para no “hacerle el juego a la derecha”), esa misma facultad, y esa misma carrera, susciten un interés fuera de sus claustros como para ser el escenario elegido para filmar una comedia cinematográfica con actores mainstream y una relativamente exitosa circulación comercial. Y no se trata de un fenómeno aislado, existe toda una serie, en los años recientes, de películas sobre la universidad pública, puntualmente sobre la UBA, que dan cuenta a la vez de un interés por su espacio, por sus singularidades, a veces pensadas como “pintorescas”, a veces como “una aberración” (“está demasiado politizada, demasiado llena de afiches”), a veces como un baluarte cultural o un legado a proteger.

Si hiciéramos el ejercicio de imaginar un film que fuera la contracara de Puan, pienso que podría ser un documental, que filmara en detalle, con la menor intervención posible, diversas escenas de concursos docentes y de todo lo que se juega alrededor, al margen, en los intersticios y en las roscas y miserias institucionales y personales que estos vehiculizan. Como se verá más adelante, seguramente me inspiro para imaginar esta película inexistente en otra, Las facultades, de Eloísa Solaas, que documenta los exámenes finales orales. La directora de este documental ha referido, en entrevistas, las resistencias que debió enfrentar a la hora de conseguir autorización para registrar con su cámara situaciones reales de examen. Es entendible que su intención despertara suspicacias en docentes y estudiantes: se estaba inmiscuyendo, para volverlo público, en uno de los rituales más íntimos de la vida universitaria. Me pregunto qué resistencias no despertaría este hipotético documental Los concursos. Claro que uno podría preguntarse, ¿a quién interesaría un film así? ¿Despertaría el interés de un público más amplio? ¿Qué es lo que atrae de la universidad pública? Ese mundo, y en especial el de ecosistemas tan particulares como los de las facultades de Filosofía y Letras, o de Ciencias Sociales, con sus muros derruidos, sus afiches colgantes, sus militantes estudiantiles interrumpiendo permanentemente las clases para convocar, en lenguaje inclusivo, a les compañeres a una nueva asamblea extraordinaria, posee algún encanto misterioso que atrae tanto a propios como a ajenos. Pero, al mismo tiempo, flota la sensación de que con eso “no alcanza”. Pareciera que Puan o Sociales pueden ser el escenario, acaso el trasfondo pintoresco, para una historia, pero esta debe incluir un plus, “algo más”, como si un film no pudiera ser “solo” sobre la vida universitaria.

 

3. Aunque no podremos dar cuenta exhaustiva de esta serie reciente de films sobre la universidad, intentemos un repaso apresurado, que nos permita señalar al menos la repetición de algunos rasgos, y también algunas diferencias significativas.

En el comienzo está El estudiante (2011), de Santiago Mitre, que inaugura esta serie y al mismo tiempo introduce uno de sus rasgos más notables, esto es: que es un film sobre la universidad, pero al mismo tiempo, en realidad, es un film cuyo centro es otra cosa distinta. Porque el núcleo de la película es la militancia estudiantil en la universidad pública, concretamente en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. Un “fenómeno” muy propio de la universidad pública, emblemático, característico, que convive con ella y que incluso está inscripto en su lógica misma (en la medida en que la universidad es un ente autárquico con un cogobierno de representantes de sus diversos claustros, incluido el estudiantil, lo cual conlleva necesariamente la existencia de un sistema de partidos que compiten por ganar las elecciones). Pero, a la vez, se entiende, esto no es, no debería ser, el núcleo, la esencia, de lo que sucede en la universidad. El gobierno democrático de la universidad debería ser un medio que beneficiara esos otros fines primeros y últimos de la universidad: el desarrollo del pensamiento crítico, la enseñanza, la investigación, el estudio. Sin embargo, como resulta evidente, el estudiante de la película de Mitre no estudia. Ingresa a la universidad (llega desde un pueblo del interior de la provincia de Buenos Aires, en su tercer intento por emprender seriamente una carrera universitaria) y casi de inmediato siente el llamado de la militancia, un mundo que rápidamente y sin ningún conflicto toma toda su libido y su tiempo. El título de la película es irónico: el estudiante no estudia y no parece que le interese mucho estudiar. La película, en parte, denuncia o critica esa situación, se deja traslucir cierto tufillo “escandalizado” ante esa “deformación” o aberración por la cual los militantes estudiantiles, que, se supone, deberían ser estudiantes que militan para mejorar sus condiciones como tales, y las de sus compañeros, e incluso se podría pensar, deberían ser estudiantes ejemplares, son más bien, en realidad, estudiantes truchos, dedicados full time a la militancia. La película deja bastante mal parado a su protagonista, Roque Espinosa (Esteban Lamothe), exhibe sus contradicciones y, a la vez, no parece demasiado aventurado decir que extrae de esa crítica una crítica más amplia a la institución en su conjunto. No es sólo Roque quien prioriza la política dejando en segundo plano u olvidando completamente el estudio, es la institución la que en definitiva prioriza la lógica política. Pero el film, a la vez, opera del mismo modo que su protagonista. A Roque Espinosa le interesa más la militancia política que el estudio. Y a El estudiante le interesa más un personaje como Roque Espinosa que los estudiantes “comunes”, que sólo aparecen en el film de manera muy secundaria y como telón de fondo para la verdadera acción. El film no es sobre la Facultad de Sociales, es sobre Roque Espinosa, y esto queda muy claro en la escena final (otro rasgo que, como veremos, se repite en otros filmes de la serie). La película se cierra con un primer plano del rostro del protagonista. Roque ha tenido su vertiginoso aprendizaje, de la mano de su maestro e iniciador, Alberto Acevedo (Ricardo Félix), titular de cátedra, integrante de la vieja guardia del alfonsinismo. Acevedo percibe la natural habilidad de Roque para desenvolverse en ese ámbito y rápidamente lo convierte en su operador. Roque participa en la campaña, y en las roscas, de Acevedo como aspirante al Rectorado de la UBA. En un momento, Acevedo lo traiciona, cierra un arreglo con su rival y consigue su objetivo. Unos meses después, en medio de una airada protesta estudiantil, Roque visita a su antiguo mentor en su despacho de rector. Este le ofrece una reconciliación y una alianza: le pide que desactive la protesta y a cambio le ofrece volver a trabajar con él. Roque lo piensa un instante (ahí viene el primer plano) y responde, tranquilo, “no”. Podrían decirse muchas cosas de ese “no”, de esa renuncia, todo indica que el film procura presentarla como un triunfo de una decisión ética por sobre una lógica política, entendida, en los términos del film (nuevamente, cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia), como la de la rosca. Mucho se ha escrito sobre El estudiante, sobre el modo en que pone en escena el mundo de la militancia estudiantil y sobre la concepción implícita con respecto a lo político. Pero en este momento sólo me interesa retener estos dos rasgos interconectados, que aparecen en este film inaugural y que se repiten luego. El primero, hacer un film sobre la universidad pública, pero colocando el centro “en otro lado”, en otro juego, que se superpone o convive por momentos con el mundo de la universidad, pero definitivamente no es el juego de la vida universitaria en sí. Y como correlato y condensación de esto: terminar el film con un primer plano del rostro del protagonista, con una escena en la que se supone que ese sujeto “decide”, actúa. Y no, por el contrario, con una escena, si se nos permite decirlo así, más propia del mundo de la universidad: alguien concentrado leyendo, una clase, estudiantes conversando entre sí, o con una docente, en un pasillo antes de ingresar al curso.

 

4. El suplente (2022), dirigida por Diego Lerman, es otra película mainstream (protagónico de Juan Minujín, película más vista en la plataforma Netflix en la Argentina durante unas semanas) que establece, aunque de un modo sesgado, una relación referencial con Puan. La secuencia de apertura del film tiene lugar en la presentación de un libro de poesía. A partir de las conversaciones que oímos, entendemos que Lucio, el protagonista (Juan Minujín) se separó hace poco, y también perdió hace poco en un concurso su cargo de profesor de literatura en la Facultad (la versión de Lucio es que “lo cagaron” en el concurso, algo en lo que el film no ahonda). Entre los invitados está el rival que se quedó con el cargo (cameo de Marcelo Pitrola, actor y dramaturgo, egresado de la carrera de Letras) y Martín (cameo de Martín Kohan, escritor y docente emblemático de Puan). Poco después hay otro guiño para “puaners”: cuando Lucio empiece a dar clases en un colegio secundario marginal y con un estudiantado atravesado por situaciones altamente problemáticas, en Isla Maciel, la directora lo presentará diciendo que viene a hacer una suplencia del profesor Jarkowski (alusión a Aníbal Jarkowski, otro escritor y docente de Puan). Como vemos, aunque la película no está ambientada en la universidad, la universidad está operando, como una presencia fantasmática.

El suplente es en muchos sentidos, ya desde su título, una variación de El estudiante. Lo que se va a contar es la historia de un profesor, en sus cuarenta, que ha caído en desgracia. Deberá arrancar desde cero, mientras todas sus certezas se derrumban, con el desafío de despertar entusiasmo por la literatura entre sus estudiantes adolescentes. Pero el detalle curioso –por su insistencia– que me interesa señalar ahora es que de pronto –como si “no alcanzara” con hacer una película “sólo” sobre el mundo de la docencia secundaria– se introduce un giro narrativo bastante inverosímil, tras el cual nos encontramos en medio de un thriller tercermundista y low budget sobre narcotraficantes, cárteles barriales, con persecuciones en auto por el gueto y todo. Otra vez, como en El estudiante, aunque aquí de manera más forzada, aparece ese “plus” narrativo para dotar de interés a un mundo que, en sí, se percibe como atractivo pero que no alcanza para constituirse como núcleo de la trama. Es curioso, pero El suplente termina exactamente igual que El estudiante (y que Puan): con un primer plano del rostro del protagonista. Es ahí donde se busca “la verdad”, el “mensaje final” del film. Lucio ha luchado durante meses por lograr captar la atención de sus alumnos, casi iletrados. Ha fracasado una y otra vez. Ahora, al final del año, después de todo lo que han vivido juntos, ellos confían en él. Entrega las calificaciones finales y luego les dice “han aprobado la materia, les deseo unas hermosas vacaciones, nos encontramos el año que viene acá, felicitaciones”. Hace una pausa y agrega: “Vamos a hacer un ejercicio más, un ejercicio de despedida. Ya está, la materia ya la aprobaron, este ejercicio lo hacemos para nosotros, ¿sí? Les voy a pedir que elijan una parte del cuerpo y un sentimiento, y que con eso escriban lo que ustedes tengan ganas. Vamos, muy bien”. El momento es emotivo. Los estudiantes, que durante el año han opuesto todo tipo de resistencias al docente, ahora están “en transferencia”, responden a la convocatoria, buscan un papel, una lapicera, se ponen a escribir. Lucio los observa, satisfecho (quien tenga experiencia docente sabrá que uno de los momentos de mayor satisfacción es ver a los estudiantes concentrados en su tarea, durante un examen o ejercicio escrito, verlos ahí, en obra, trabajando; poder tomarse ese momento para contemplarlos y apreciar el resultado silencioso de un largo trabajo conjunto). No estaría mal que la película terminara así, con el paneo de los chicos escribiendo. Pero no, parece una fatalidad: la cámara se aparta de los estudiantes para buscar a Lucio. Primer plano del rostro de Minujín, que esboza apenas una sonrisa de satisfacción por la tarea cumplida (para que se entienda, para que no queden dudas). Esa toma final era totalmente innecesaria, sólo sirve como síntoma elocuente de las limitaciones del film. Porque si hay un momento político en el film son justamente los pibes de Isla Maciel con la lapicera en la mano escribiendo. Y no “la droga”. Como el momento político de Puan sería (si se mostrara) el concurso. Y no “el corte de calle”, ni el zoom (otra vez) al rostro del protagonista en la escena final, en un pintoresco Congreso de Pensamiento Latinoamericano en La Paz, Bolivia, en el que el Marcelo comprende, mientras entona a capella el tango “Nieblas del Riachuelo”, que la autenticidad de su experiencia está ahí, en asumir su modesto destino latinoamericano.

 

5. Pero hay otro film de la serie que desafía los rasgos repetidos que señalé hasta ahora. Se trata del documental de Eloísa Solaas Las facultades (2019). Me detengo obviamente sólo en algunos aspectos del film, los que resultan relevantes en este contexto. Dejo de lado muchos otros sobre los que habría que volver con mayor detenimiento. Lo más evidente, en el contraste con las tres películas mencionadas hasta ahora, y que seguramente se explique, aunque no exclusivamente, por su pertenencia genérica (se trata de un documental, con una circulación por fuera de los circuitos de exhibición comerciales) es que es el primero de los films mencionados hasta ahora que se centra casi exclusivamente en un tipo de escena que, diríamos, pertenece al núcleo duro, a la interioridad más íntima de la vida universitaria. Las facultades es un documental sobre los exámenes finales orales, sobre esa práctica de evaluación tan singular y característica de las universidades públicas argentinas, poco habitual en otras instituciones universitarias (poco habitual en las universidades privadas, inexistente en el sistema universitario norteamericano de grado, o en el europeo, por mencionar otros ámbitos de la enseñanza superior). Los exámenes finales orales son una práctica muy singular, que propicia el encuentro uno a uno entre cada estudiante y el profesor de la materia, una instancia que algunos consideran fundamental en el proceso de aprendizaje y otros ven como un resabio anacrónico del pasado.

Tuve la oportunidad de asistir a una exhibición del filme, un tiempo después de su estreno, en la sala de proyecciones de la Universidad Torcuato Di Tella. En esa ocasión el film fue presentado, de manera muy elogiosa, por el reconocido documentalista Andrés Di Tella. La mayor parte del auditorio estaba formado por estudiantes de un posgrado en educación, aunque la proyección era abierta al público en general. Luego se abrió un espacio para el debate, y la mayoría de las espectadoras y espectadores coincidieron en que el film mostraba críticamente las situaciones de violencia y asimetría que se producen en los exámenes finales. Recuerdo haber disentido —y sigo disintiendo— con esa interpretación, tanto de los exámenes finales como de su lugar en el film. Obviamente, puede haber casos puntuales en que los docentes abusen de su autoridad aprovechando la ocasión, pero como práctica de evaluación y como experiencia de aprendizaje me sigue pareciendo irreemplazable. No creo tampoco que el film tenga un sesgo negativo sobre los exámenes orales, al contrario, creo que busca captarlos y mostrarlos en toda su dramaticidad. Muestra también todo el universo de escenas aledañas que suceden antes o alrededor o después de los finales: grupos de estudiantes aguardando su turno en el pasillo, una estudiante llorando y hablando por teléfono para contarle a algún ser querido cómo le fue. Y también la previa, los días intensos de estudio, a solas o en compañía, mientras se prepara el examen. Hay una belleza singular en todas esas escenas, en la particular intensidad de experiencia, casi mística, religiosa, en la que esos sujetos están envueltos, que Las facultades logra captar. Hay una belleza también de los lenguajes esotéricos, propios de cada disciplina. Transcribo, pero es sólo un ejemplo entre otros tantos, el diálogo de la secuencia de apertura del film, entre dos estudiantes que están preparando su final de Física Teórica III:

 

Estudiante 1: La divergencia de J es cero, está bien…

Estudiante 2: Sí…

E1: Ahora, esto de que está confinada, no me queda muy claro eso…

E2: R x J.

E1: Es la divergencia de R x J.

E2: Integrás R x J en toda la superficie.

E1: Sí…

E2: Ahora, si R va al infinito, J da cero. J en el infinito es cero.

E1: ¡Ah, ok, es eso! Pero R se está yendo al infinito… (risas)

E2: No sé… no importa… pará, a ver… no… no importa…

E1: Dice “integrales de superficies muy grandes sobre cosas que decaen muy rápido son nulas”.

E2: No, pero esto decae más rápido, chau, cero, se murió… sigue muerto, R va cayendo. Igual, si tenés dudas acá, hay un montón de veces que hacés eso… chau… que cuando algo cae en cero, chau, es cero…

E1: No, no, si es cero es cero, pero…

E2: No, no, pero es cero lejos

 

En ese punto ambos estudiantes guardan silencio, todo indica que han llegado a un punto de acuerdo, cada uno retoma la lectura de sus apuntes. No quisiera ponerme metafísico, pero hay algo en la singular belleza de diálogos como este (especialmente en las escenas de estudiantes preparándose de a dos para un examen) que uno estaría tentado a afirmar que captan algo así como la esencia de la universidad, del sentido de su existencia y su vitalidad, de una manera mucho más sutil que filmes más declarativos y alegóricos como El estudiante, El suplente o Puan. Y sin embargo, incluso un film como Las facultades cede al impulso, acaso inevitable, de construir un relato. No se contenta con exhibir distintas escenas de exámenes finales, sino que hay una que cobra preponderancia. Se trata de Jonathan, el estudiante preso en un penal de la provincia de Buenos Aires, que prepara y rinde su examen de la materia Teorías Sociológicas I para la carrera de Sociología. El personaje de Jonathan es muy “comprador”, probablemente no sólo por su historia de superación y sacrificio, sino también por el contraste, enternecedor, entre su cuerpo grande y musculoso, su prontuario, su aspecto intimidante de “pibe chorro”, por un lado, y por el otro la ternura y la delicadeza de su expresión y su cuidado en la elección de las palabras. Sucede entonces, de manera casi inevitable, que progresivamente Jonathan “se come” un poco el film, su historia va ganando un lugar prioritario sobre las otras. La directora ha contado en entrevistas que, durante el rodaje, se enteraron de que Jonathan iba a ser puesto en libertad, y les pareció una oportunidad que debían aprovechar. El documental nos muestra escenas de la salida del penal, y termina en el campus de la Universidad Nacional de San Martín, en el conurbano, con una clase de Estudios Sociales de la Economía, en la carrera de Sociología, a la que asiste Jonathan. Aunque hay que decir, y esto ya es una diferencia estética sustancial, que Las facultades evita el recurso fácil del primer plano final del rostro de Jonathan, y concluye por el contrario con un plano amplio de la clase, tomado desde la puerta de ingreso al aula.

Confieso que este lugar de creciente importancia de Jonathan en Las facultades me produce sentimientos encontrados. Por un lado, lo entiendo, y no dejo de ser sensible a la emoción que produce verlo cursando una materia e interviniendo en la clase, ya fuera del penal. Por otro lado, me incomoda, porque parece inclinar el film en una dirección similar a los otros de la serie, en el sentido de que se necesita agregarle “algo más”, un “plus” (un “estudiante preso”) a un film sobre exámenes finales para volverlo interesante, y más aún, porque me da la impresión de que esa preponderancia parecería estar sugiriendo que, en esa historia, en la de Jonathan, se jugaría el verdadero “momento político” del film. Me gustaría insistir en que no es así, me gustaría sostener que no es menos política la discusión entre los estudiantes de Física Teórica acerca de si la divergencia de J está “confinada” o no. Desde ya soy sensible a la escena de Jonathan saliendo del penal, luego de catorce años tras las rejas. Aunque a la vez me pregunto si no hay cierta demagogia en el lugar que se le da en el film. Soy sensible a la historia de Jonathan, desde ya, pero también soy sensible a la historia no contada de Leandro, el estudiante de piano que ejecuta, atento, reconcentrado, sereno y tenso a la vez, el tercer movimiento de Poissons d’or de Claude Debussy. ¿Cuántos sufrimientos y sacrificios y esfuerzos de años, catorce o más, hay detrás de esa ejecución lograda? ¿Qué historias conmovedoras de trabajo y estrecheces hay detrás de esa camisa bordó que se ha puesto para rendir el examen? ¿Se la compró él, con sus ahorros? ¿Se la compró su madre, una tarde, cuando regresaba agotada del trabajo? No lo sabemos, pero podemos imaginarlo… como podríamos imaginar la historia de Jonathan, sin necesidad de que se nos la cuente.

Pienso ahora que hubiera preferido que Las facultades terminara tal como empezó, con un diálogo entre estudiantes que preparan un examen, y no con una clase de Estudios Sociales de la Economía en que un docente, que se autodefine como “economista heterodoxo”, “baja línea” a sus estudiantes sobre el modo en que se impuso el consenso neoliberal entre los especialistas en Economía en los años ochenta y noventa. Confieso que me aburre un poco la escena, no porque no esté de acuerdo con lo que dice el docente, sino porque resulta previsible y ya escuchado. Hubiera preferido quizás que terminara con esas dos estudiantes que se pasean por los jardines de la sede de Agronomía de la UBA y discuten acerca de si las hojas de una planta son paripinnadas o imparipinnadas. Ahí, en ese espacio, retiradas apenas del bullicio incesante de la urbe, entre los árboles y las plantas y las flores del campus de Agronomía, dos jóvenes estudiantes conversan apasionadamente sobre la forma de las hojas de una planta. Me cuesta imaginar hoy una escena más política y más subversiva.

 

Buenos Aires, 20 de diciembre de 2023.

 

Este artículo se publicó originalmente en la revista digital Kilómetro 111. Ensayos sobre cine, el 21 de diciembre de 2023. El puntapié inicial fue una invitación de su director, Emilio Bernini a reflexionar sobre la universidad pública en la película Puan y en el cine argentino reciente. La idea era publicar el ensayo antes del balotaje del 19 de noviembre, como una modesta intervención. Mientras lo escribía pensaba, con esperanza, como otra gente de mi entorno, luego de los auspiciosos resultados en las elecciones generales, que el candidato de Unión por la Patria tenía chances de imponerse sobre el de La Libertad Avanza. Pero me demoré y el texto no estuvo a tiempo. Luego del resultado electoral, quedé unos días desorientado. Porque lo que quería sugerir al escribirlo era que, más allá de las más evidentes amenazas externas que ponían en peligro la universidad pública, no había que dejar de prestar especial atención a otras, que la asediaban desde su interior, menos evidentes, pero mucho más insidiosas. Si ganaba Massa, el sentido de lo que hubiera querido sugerir con este texto, justo antes de esa victoria, podría resumirse así: “sí, es probable que ganemos, menos mal, es un alivio, pero ojo, no creamos que el peligro ya pasó”. Los resultados fueron otros, y de pronto, decir esto podía parecer absurdo. Los peligros que amenazan la existencia misma de la universidad pública parecerían adquirir una gravedad inusitada. Sin embargo, después de considerarlo, entendí que lo que quería decir, en lo esencial, no había cambiado: sigo pensando, sin ingenuidad, que las amenazas mayores que se ciñen sobre nuestra universidad, las que la ponen en verdadero peligro de muerte, de esa muerte en vida que es la entrega a la pulsión mortífera de repetición, vienen de sus entrañas mismas, y muchas veces de aquellos que dicen, y acaso crean, defenderla.

 

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