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Las dos anomalías de Hervé Le Tellier

DISCUSIÓN

¿Cómo serán las reuniones de Oulipo? ¿Grandes orgías de la forma y el lenguaje, sesiones llenas de patafísica literaria o encuentros solemnes, con toma de asistencia y registro en acta, que subrayen que la única fiesta que importa es la que se reserva para los textos que se leen o se escriben?

Como sea, es difícil pensar en una agrupación que se haya tomado con más seriedad el aspecto lúdico de la escritura, a punto tal de poner en cuestionamiento la existencia de cualquier otra arista. Sin apuntalarse en manifiestos interminables y ampulosos, la seriedad de Oulipo —la que puebla las obras de sus cofrades, La vida instrucciones de uso (1978), de Perec, y Si una noche de invierno un viajero (1979), de Calvino, por mencionar dos de las más conocidas— se parece a la de un chico que está jugando e intuye que inventar un juego no es más que crear las reglas que lo propician. Las reglas son un insumo esencial para los afiliados al club: en más de un libro se propusieron esfumar vocales, automatizar enroques de versos de distintos poemas, escribir a partir de constricciones que viabilizaran una libertad paradojal y un reverdecer de la palabra como cosa viviente y siempre flexible, renovación que no puede concretarse a menos que se subvierta la fórmula desde el mismo procedimiento que la posibilita.

Oulipo no escribió La anomalía. Esa gesta corrió por cuenta de Hervé Le Tellier, uno de sus integrantes. Sin embargo, la extrañeza familiar que suscita la novela puede empezar a explicarse por la participación que el taller de experimentación narrativa tuvo en su factura. Porque, indirectamente, Oulipo participó. O más bien deberíamos usar el verbo en presente: la novela fue escrita, ganó el Premio Goncourt en 2020 —venganza contra el sistema que habría sido completa si el autor no fuera, además de narrador de culto, un traductor solvente de publicaciones comerciales—, fue adaptada a varios idiomas y ahora Oulipo participa de ella en la mente de quien la lee y ya se guanteó con otros productos elaborados por condiscípulos de la secta.

Pausa obligada para evitar malos entendidos. Por supuesto, claro, faltaba más: no es indispensable saber de qué va Oulipo para disfrutar de todo —o casi todo— lo que La anomalía tiene para ofrecer. Sus muchas escenas inquietantes no apaciguarán su efecto porque se las asimile sin un espíritu saludablemente duchampiano. En esa dualidad radica, de hecho, buena parte de su embrujo. Le Tellier escribió al menos dos libros y, con o sin Oulipo, la novela funciona. Lo que también hay que decir es que uno de los dos libros se potencia exactamente a partir de lo que el otro deja afuera: la invitación a desconfiar. Si La anomalía fuera sólo una historia bien pergeñada, un suspense concebido para hacer volar las páginas y soliviantar de forma momentánea la imaginación del lector de turno, entonces no nos quedaría mucho más que hacer salvo pasar al libro siguiente o buscarnos alguna serie —Lost y Manifest picarán en punta— que nos mantenga tan entretenidos como eso que acabamos de leer y ya estamos en condiciones de olvidar, porque ya está, a otra cosa, lo vital es distraerse.

Convengamos, entonces, sin estridencias, sin nada parecido a un arrebato academizante, que Oulipo participa. Después de todo, sólo hace falta dar un vistazo a la edición de Seix Barral para comprobar que tanto la contratapa como la información del autor en la solapa mencionan al grupo. En los agradecimientos de la última página, Le Tellier reconoce, en prolijo orden alfabético, a casi todos los miembros de su feligresía, incluido nuestro Eduardo Berti y excluido Pablo Martín Sánchez, escritor español —ingresado en 2014— que se encargó de la traducción de la novela al castizo, omisión que no deja de ser significativa, como si Le Tellier considerara que no hay motivos para agradecer en letras de imprenta a quien fue parte intrínseca del proyecto. Se agradece la influencia, no la mano de obra, y eso es lo que Oulipo viene a aportar desde el afuera, agazapado en el paratexto, acordonando el libro y a la vez trastocando de manera muy sutil su morfología.

¿Estaríamos hablando de la misma obra si los rastros de Oulipo hubieran sido invisibilizados? ¿Sería La anomalía algo o bastante menos anómala sólo con sus ropajes de thriller y su fidelidad casi espartana a los artilugios que tornan una ficción en un éxito de masas? Tal vez sí, aunque en este caso el “casi” es todo, un factor que se comprueba en el desenlace, cuando Le Tellier graba sobre piedra que los libros son dos, ni uno más ni uno menos, del mismo modo que los Boeing 787 de la trama son dos también, necesariamente dos.

La trama, cierto. “El 10 de marzo de 2021 los doscientos cuarenta y tres pasajeros de un avión procedente de París aterrizan en Nueva York después de pasar por una terrible tormenta. Ya en tierra, cada uno sigue con su vida. Tres meses más tarde, contra toda lógica, un avión idéntico, con los mismos pasajeros y el mismo equipo a bordo, aparece en el cielo de Nueva York. Nadie se explica este increíble fenómeno que va a desatar una crisis política, mediática y científica sin precedentes en la que cada uno de los pasajeros acabará encontrándose cara a cara con una versión distinta de sí mismo”. El resumen de la contratapa fluye hacia otras regiones del elogio y la adjetivación, pero lo fundamental ya está dicho. Dos aviones imposiblemente iguales, la duplicación de centenares de biografías, y a ver qué se puede hacer con eso.

Como si hubiera pasado años ajustando la anécdota para no dejarla caer en ninguna incoherencia, Le Tellier sabe a la perfección adónde van los personajes, qué debe hacer cada uno en la tarea colectiva de sostener el mundo que los alberga. El dogma de la novela es el de la acción y el movimiento. La prosa es clara y segura, el indirecto libre, la herramienta preferida para comunicar los estados emocionales, y sobre todo hay un énfasis en presentar personajes diversos, obtenidos de una dotación de rasgos internacionales, como si la constitución del elenco hubiera estado en manos de un director de casting y no de un narrador puro. Cada capítulo tiene su arquitecto parisino, su brillante físico del MIT, su músico nigeriano. Hay lugar también para un escritor existencialista, una montajista que lidia con sus responsabilidades de madre soltera, una niña obligada a guardar un secreto oscuro, un piloto que arrastra un cáncer, un asesino profesional que se niega a ser un peón en el folletín cuántico que lo tiene cautivo. Cada uno viene con su respectiva clase socioeconómica, una orientación sexual rígida o fluida, una batería de traumas arquetípicos, y además hay que pensarlos replicados. Le Tellier exprime su talento para que los dos asesinos, las dos montajistas y los dos arquitectos se diferencien el uno del otro. Por momentos, a pesar de la abundancia de lugares comunes, o gracias a ellos, resulta notable la capacidad titánica de hacer funcionar sin crujidos un organismo múltiple y de dimensiones colosales. Puede que se abuse de ciertas estrategias de identificación —nada como ametrallar al lector con referencias pop y alusiones históricas para recordarle que el mundo de la página bien podría ser el suyo—, pero se evidencia en Le Tellier una conciencia palmaria de que no por fáciles de digerir las novelas de este tipo son fáciles de hacer.

Ahora bien, ¿a quién expone La anomalía? Si es que la hay, ¿en qué consiste su denuncia? Hace unas semanas, el escritor Horacio Convertini comentó en las redes que era posible advertir cierta incomodidad en los extractos de las reseñas francesas que la edición de Seix Barral —otra vez el paratexto metiendo la cola— recoge también en la solapa, como si la crítica ilustrada no pudiera hacer las paces con el hecho de que un autor de su trinchera hubiera producido un libro vertiginoso, para todo público, “maravillosamente divertido”. A Convertini no le falta razón —uno de los extractos cruza sin ningún empacho a Le Tellier con Roald Dahl, Dostoievski y el reglamentario Queneau—, aunque también se puede pensar el dilema en el sentido opuesto. Tal vez La anomalía sea otra secuela de una época marcada por la pasividad con que aceptamos el reemplazo de las novedades culturales. Una época en la que nada llama la atención —y ni siquiera nos referimos a una atención real, duradera y reflexiva— si no viene envuelto en el celofán de una espectacularidad pasible de ser resumida en menos de lo que canta un tuit: un avión sale de una tormenta y tres meses después aparece clonado en el cielo. La dictadura del argumento de la que Aira se queja cada dos o tres ensayos, aquello de que hoy la ficción sólo es valorada por lo que ocurre dentro de sus confines, la acción sinóptica y nada más, es ya una unidad de medida de la que la novela de Le Tellier tampoco escapa, por más que se sirva de ella para ironizar. De nuevo: Le Tellier sabe. Que su novela incomode a ambos lados de la frontera es la consecuencia de un proyecto que viene con la autopercepción incorporada.

Y entonces “casi”. La anomalía es una novela, pero también es un gesto, y no precisamente uno cualquiera. El corazón oulipiano, que ya participaba desde el exterior, interviene de pronto desde adentro, apropiándose de los sentidos que propaga al final de la trama, donde se describe en detalle y con vocabulario técnico la eyección de un misil teledirigido, el vuelo ultrasónico a través de un cielo que bien puede ser visto como el lienzo que retrata la única ley a la que el gesto vanguardista rinde obediencia: la anomalía no puede repetirse. El gesto abre un surco desconocido y lo cierra tras de sí. El caligrama que diluye la oración de cierre no hace más que reforzar la sensación de que durante trescientas páginas la escritura experimental se camufló bajo el disfraz más inusitado y recién en las últimas veinte decidió mostrar la hilacha. Una concesión forzosa, la grieta mínima por la que se cuelan los ecos de la gran carcajada que tal vez, sólo tal vez, estalló hace mucho o no tanto, en algún lugar de París, no bien Hervé Le Tellier tomó la palabra y les fue a sus amigos con la idea.

21 Oct, 2021
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