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Nada protege mejor que la filosofía. Sobre Teoría de la militancia, de Damián Selci

DISCUSIÓN

Un libro de teoría escrito desde la praxis por un crítico y escritor, por un intelectual devenido primero miembro activo y luego cuadro de su organización. Teoría de la militancia, de Damián Selci, fue elaborado al calor de la experiencia en una agrupación política kirchnerista; ese horno moldeó su marco conceptual. En ningún momento Selci —autor de una novela y de una antología de poesía argentina contemporánea, editor de la revista Planta y colaborador de varios medios del campo cultural— intenta camuflar o disimular su identidad; tampoco lo deja para la última página. Al contrario, es una divisa que muestra apenas se quiere ingresar al libro, ganándose la simpatía o la antipatía, la adhesión o la desconfianza del lector. En la primera página está dedicado a La Cámpora; a su jefe político directo, Martín Rodríguez (presidente del Concejo Deliberante de Hurlingham, homónimo del poeta y analista político), y a sus compañeras y compañeros.

Redactado entonces en principio hacia adentro, entre nos, con finalidad doctrinaria y pedagógica confesa, pero publicado en el catálogo de ensayo de la editorial Cuarenta Ríos y disponible en librerías, ¿qué puede encontrar de valioso en este libro un lector que no participe ni tenga pensado participar en una organización política tradicional? Para empezar, un texto con estilo, ideas y convicción escrito desde los márgenes. Porque ¿quién firma hoy en día un libro que se autodefina de teoría política? Un profesor universitario, un académico profesional, un pieichdí. Es una generalización, por supuesto; cada tanto es posible toparse con excepciones y Teoría de la militancia es una de ellas.

El objetivo último del libro, su causa política, es prestigiar el concepto de militancia, vilipendiado no sólo por los medios de comunicación, sino también por intelectuales, artistas, escritores, “gente sensible”. Contrarrestar el uso de la palabra como sinónimo de falta de autonomía, de ausencia de capacidad crítica, de cerebro lavado. Del mismo modo en que Ernesto Laclau le otorgó a lo que era un mero agravio político, el “populismo”, la dignidad de objeto teórico, la militancia, según Selci, necesitaba una defensa similar. “La impugnación que cae sobre la militancia es tan global y siniestra como la que sufre el populismo; y tal como muestra la historia, nada protege mejor que la filosofía”.

Por algún motivo, el autor consideró que la escritura teórica más que la histórico-literaria —sea narrativa, poesía o incluso el ensayo político en la senda vernácula de Jorge Abelardo Ramos o Milcíades Peña— era la que mejor le calzaba a su proyecto. Es cierto que la primera novela de Selci, Canción de la desconfianza (Eterna Cadencia, 2012), abordaba el tema desde una óptica literaria: una célula de marginales excéntricos difíciles de anclar en la realidad argentina se movía bajo el halo distorsionado de la luz ficcional, sin relación con el Estado ni la esfera pública. La novela y el poema son territorio fértil para quebrados y derrotados (de Los reventados, de Jorge Asís, a la Autobiografía de un ex-tremista, de José Ángel Cuevas). Por su parte, la crónica en tiempo real en manos de un militante, tal vez por la fe y el entusiasmo que lo guían, pecado capital de cualquier cronista que se precie de tal, se vuelve un género fraudulento de boludeo proselitista (Cambiemos, de Hernán Iglesias Illia). La teoría, en cambio, se ofrece como un material más noble para su proyecto, parece haber descubierto Selci, ya que permite —al menos la ilusión de— una construcción sin fisuras, sólida y de formas contrastables.

Uno puede subrayar la aseveración de Selci de que durante los gobiernos populistas “el pueblo tenía el poder” y anotar un signo de pregunta en el margen de la página 12. Lo mismo vale para tantas otras frases: “el militante es el producto más civilizado que puede tener una sociedad”, “en la Organización el Ego puede tornarse crimen”, “la Organización política es el espíritu de la militancia”, “el Cuadro no se funde en la Organización, sino que es un individuo con una vida desprovista de intereses personales, de orgullo, de egoísmo”. Pero antes de someterlo a un juicio descalificador habría que distinguir que el libro se mueve en dos registros: por un lado, el plano teórico analítico, en el que maneja con solvencia, precisión y originalidad un arsenal de lecturas que van desde Laclau, Slavoj Žižek y Alain Badiou hasta Hegel y Lacan; por el otro, un registro ensayístico doctrinario en el cual la hipérbole no deja de ser un recurso retórico válido como cualquier otro.

Quien haya leído los artículos y ensayos que Selci publicó en los últimos quince años estará familiarizado con el uso bombástico, polémico y sedicioso de sus hipérboles. Sin embargo, lo inesperado viene por el lado de las referencias religiosas cristianas que el texto esgrime cada vez con mayor recurrencia en la segunda mitad (“el militante tiene que hacer como pedía Cristo”, o “Cristo en la cruz representa el caso del Cuadro reducido a la subjetividad sin sujeto, es el grado cero del Cuadro, que se responsabiliza de todos los pecados de la humanidad pero no puede hacer nada porque no tiene acompañamiento popular”) y que indicarían que, en última instancia, es necesario un salto de fe para convertirse en militante, tal cual Selci lo entiende, y entrar en una organización.

Si el populismo de Laclau es un concepto válido tanto para los gobiernos de izquierda como para los de derecha, esta teoría de la militancia también vale para experiencias no kirchneristas, incluso la que llevó al poder al actual gobierno de Cambiemos. Otro tipo de experiencias militantes, desde la de los organismos de derechos humanos hasta la del feminismo, básicamente todas las que no se proponen como objetivo principal ganar elecciones y tomar el control del aparato estatal, no terminan sin embargo de cuadrar en esta teoría: hay un sujeto militante, sí, también hay una causa y un antagonista, pero no hay una organización centralizada, no hay cuadros, tampoco hay un líder, no hay orgánica, ni línea ni lógica.

La militancia feminista actual, de hecho, pareciera identificarse mejor con la figura contemporánea del activista, palabra que brilla por su ausencia en el libro, lo cual, dada la pretensión de este de ofrecer herramientas conceptuales para “abordar la realidad efectivamente existente”, constituye su principal limitación. De hecho, es en el uso restrictivo del término “militancia”, que excluye o desestima experiencias como las de Madres y Abuelas de Plaza de Mayo o las pañuelo verde, por mencionar las más significativas; es en este rango acotado de aplicación que ofrece, más que en la inclusión de citas bíblicas o en la artillería de hipérboles a las que recurre, donde la teoría revela su principal punto ciego.

Tal vez la decepción surja de tomar el título literalmente. El proyecto de Selci no es tanto “teoría de la militancia”, como “teoría de una militancia”, un andamiaje conceptual elaborado para un tipo puntual de experiencia. En ese sentido, el nombre podría ser reformulado hasta dar con uno más adecuado. Por ejemplo: “Teoría de la militancia organizada”. O trocar el término “teoría” por “fenomenología”, que haría más justicia a la raigambre hegeliana del planteo. O, incluso, tal vez: “Teoría de la organización. Militancia y poder popular”.

Más allá de su título, el propósito confeso del libro es convencer, cooptar, dar pelea, demostrar que tiene —y por qué— razón; legitimar una trayectoria vital, una opción que es personal y colectiva a la vez. Y casi sin quererlo ofrecer una reencarnación, modelo 2019, de la vieja y nunca resuelta (por irresoluble) contradicción entre el intelectual y el militante, no como dos personas enfrentadas, sino como dos facetas en tensión dentro de un mismo individuo. No por haberse vuelto un cuadro modélico, no por declarar haber fundido su individualidad, Selci desechó sus intereses personales (ahí están las referencias a Ezra Pound, a David Lynch, a Leónidas Lamborghini, a Martín Gambarotta). Tampoco perdió el filo ni la lucidez. De hecho, después de carretear en la introducción, el libro alcanza vuelo teórico de altura: con rigor y al mismo tiempo libertad, canibaliza teorías de autores centrales del pensamiento contemporáneo, recombina de forma original y no escolástica “la demanda” de Laclau, “el acontecimiento” de Badiou, “el deseo no cumplido” de Lacan, entre otros conceptos, y los pone a funcionar de manera productiva. Con su operación de lectura, Selci crea algo nuevo y útil en términos de teoría política, y ahí reside su proeza intelectual. Después de hacer cumbre, decide tomar otros senderos, más doctrinarios y pedagógicos, y por qué no litúrgicos, materiales fértiles para ser desgranados en unidades básicas.

Pero entonces ¿qué puede encontrar de valioso en este libro un lector que no participe ni tenga pensado participar en una organización política tradicional? En sus mejores páginas, asistir al desarrollo en vivo de un pensamiento teórico original y sentirse interpelado, arrinconado contra la pared e interrogado amistosamente por el autor: por qué no militás en una organización; por qué, si te interesa la política, si no sos un cualunque, si creés en la acción colectiva, no te involucrás de lleno en la militancia —organizada, vertical, bajo la conducción de un líder, la única que vale políticamente la pena—.

El valor de Teoría de la militancia se mide por las preguntas que suscita, por los cuestionamientos al sentido común que detona, por la incomodidad intelectual que genera, más que por las respuestas o conclusiones a las que intenta llegar como si en su interior transportara algún tipo de verdad que la lectura estuviera destinada a develar. Incluso a pesar de las intenciones de su autor.

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