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El gaucho indómito

Ezequiel Adamovsky

TEORÍA Y ENSAYO

En las primeras PC circulaba un videojuego —Where in the World is Carmen Sandiego?— en el que había que perseguir a una ladrona por el mundo. Cuando la pista llevaba a Buenos Aires, la imagen que indicaba que estábamos allí era la de un campo verde y llano y un hombre a caballo con chiripá y boleadoras. Entre los niños porteños de aquella época, la pregunta era inevitable: ¿por qué eso es “Buenos Aires”? ¿Cómo es que en 1990, en un país con más del noventa por ciento de población urbana, el gaucho sigue siendo nuestro símbolo nacional, para nosotros y para el mundo?

En El gaucho indómito, Ezequiel Adamovsky se propone historizar la figura del gaucho trazando un camino que permite comprender cómo es que un personaje tan inconveniente (matrero, desclasado, rebelde, antiestatal) pudo erigirse en “héroe nacional”. En su recorrido, que comienza a fines del siglo XVIII y termina en tiempos del peronismo, esos niños que hoy son millennials podrán comprender perfectamente por qué funcionó, funciona y ¿funcionará? el “símbolo imposible” del gaucho.

Lo novedoso de El gaucho indómito es que no insiste en respuestas ya transitadas —como que fue Leopoldo Lugones con El payador quien hizo la operación cultural de erigir al gaucho para añorar a un personaje que ya no existía, en oposición al anarquismo obrero del Centenario—, sino que apuesta por estudiar el surgimiento de la figura del gaucho rastreando sus apariciones en el llamado “criollismo popular”, es decir, entre los registros que pudieran haber quedado de la transmisión oral de historias, la literatura folletinesca, el circo criollo y otras expresiones producidas y/o consumidas por las clases populares.

En este recorte —del que deja afuera la reivindicación de la figura del gaucho realizada por sociedades tradicionalistas asociadas a las élites económicas, políticas y culturales—, Adamovsky agita tensiones que identifica desde la constitución misma de nuestra nación: el ya clásico binomio civilización/barbarie inaugurado por Sarmiento, los habituales campo/ciudad y élite/popular, pero también otros menos explorados —aunque igual de omnipresentes—, como la tensión entre criollos y gringos, gauchos y “doctores” o blancos y mestizos (tema central en las investigaciones de perspectiva etnosimbolista que viene realizando el autor desde su famoso bestseller Historia de la clase media argentina, hace diez años). En el gaucho todos estos elementos entran en tensión, y el libro recoge testimonios literarios en los que se construyen gauchos mestizos (la mayoría), pero también gauchos “blancos, de ojos verdes” o bien directamente aborígenes. No son errores, sino formas de representación de lo que se espera de un símbolo.

Luego de una pormenorizada investigación histórica (que incluye visiones amplias sobre ciertos temas y también relatos individualizados), Adamovsky desarrolla en extenso sus conclusiones, y sintetiza: “el gaucho es un emblema imposible […] no funciona como símbolo de unidad”. Y si bien esto es cierto, también lo es que en el gaucho se pueden ver todas las tensiones de la Argentina bicentenaria (salvo la patriarcal, que puede ser referida sólo por ausencia), incluso cuando el recorte histórico de la investigación llega únicamente hasta los años del peronismo. El gaucho, entonces, no funciona como unidad, no logra generar un “nosotros” compartido, pero sí sirve para dar una ojeada a múltiples relatos que nos hacemos de “lo argentino” como identidad nacional.

 

Ezequiel Adamovsky, El gaucho indómito. De Martín Fierro a Perón, el emblema imposible de una nación desgarrada, Siglo XXI, 2019, 264 págs.

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