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36 desintegraciones

Gustavo Toba

LITERATURA ARGENTINA

En los fragmentos narrativos de 36 desintegraciones, Gustavo Toba elabora escenas, mínimas anécdotas, percepciones, reflexiones. Una voz narradora en primera persona hila los fragmentos, una subjetividad que se erige en centro perceptivo y cuerpo que se desplaza por la ciudad y por espacios interiores diversos (consultorios médicos, lugares de trabajo, la propia habitación). Ya en las primeras “desintegraciones” empiezan a brotar inquietudes: una visita nocturna a la Biblioteca del Congreso impulsada acaso por un insomnio tenaz, la búsqueda de “dejar de pensar”, una percepción que se distorsiona o que flirtea con la alucinación.

La tensión subjetiva gana espacio sin ocuparlo todo y toma nuevas formas en los siguientes fragmentos: “Dormido, me acontecen percepciones que son aterradoras”. Las pesadillas se convierten en algo que acontece en el cuerpo, en una suerte de descalabro perceptivo que no se puede narrar. De manera constante, aparece la dificultad de precisar la frontera entre el dolor físico y el psíquico. Hay un “estrechamiento de lo vital” que recurre, pero también hay momentos de gozo y de humor: un encuentro con una mujer que despierta el deseo erótico del personaje narrador, una escena con destellos de comicidad en un dojo de artes marciales en el que trabaja durante un tiempo.

“Mi cuerpo había colapsado de un modo que inmediatamente noté imposible de precisar y representar”, afirma el narrador. Ese colapso no se traduce, sin embargo, en una escritura caótica o en una ruptura de la coherencia y de la gramaticalidad. Por el contrario, hay una precisión descriptiva y narrativa en la escritura que busca plasmar eso que se desborda, articular un discurso para acercarse a las irrupciones del cuerpo y dejar “registro de su sobrevivencia”, como sostiene el poeta José Villa desde la contratapa del libro.

Si hubiera que recurrir a un texto del canon literario para pensar este conjunto de fragmentos narrativos, una referencia que viene a la mente de inmediato es el célebre ensayo de Francis Scott Fitzgerald El crack-up, de 1936. Entre la argumentación y la narración, el texto de Fitzgerald busca también dar cuenta de esa disrupción del tiempo en la que el sujeto se descubre “derrumbado”. Hay, en Fitzgerald, una ironía punzante sobre la vida social, económica y literaria del narrador, y un zumbón juego metafórico (“me rajé como un plato viejo”, se lee en la hermosa traducción de Marcelo Cohen, editada justamente por Crack-up). El narrador de Toba registra con minucia procesos mentales y perceptivos, pero se manifiesta remiso, en principio, a la metáfora: “Toda metáfora me resulta un maquillaje; las imágenes no me dicen mucho”. Hay, otra vez, algo del orden de lo intrasmisible, que no obstante se busca cercar a través de la escritura. Pese a la declaración citada, en ese asedio el narrador va llegando a formas contundentes de la analogía: “Mi cuerpo es un trozo de madera regido por un control remoto sin pilas y con las conexiones oxidadas”; “mi indiferencia se parece a una golpiza recibida en los rincones de un patio escolar”; “la destrucción se me impone con la fuerza de un amanecer”, y más. En el final de este mosaico de miniaturas narrativas, hay algo que resulta nítido: el nuevo “yo” que emerge en el cataclismo es el que se configura a partir de la propia escritura, con la fuerza de su singularidad.

 

Gustavo Toba, 36 desintegraciones, Barnacle, 2023, 50 págs.

6 Abr, 2023
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