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El cuerpo de un escritor

Francisco Bitar

LITERATURA ARGENTINA

Cuenta Carlos Correas en un ensayo sobre vidas de filósofos que para Sartre el cuerpo y sus dolencias jamás fueron obstáculo a la escritura. La dieta del autor de El ser y la nada ―grasas y embutidos―, la ingesta de alcohol y tabaco ―cerveza con el desayuno, vino blanco al mediodía, coñac el resto del día― junto con la pérdida de un ojo y la función hepática, o los calambres que le redujeron la movilidad al final de su vida, parecen ser sólo signos intermitentes del precio pagado por escribir su Crítica de la razón dialéctica. Tal vez por eso, trabajando con John Huston en un guion sobre Freud, Sartre no dudó en quitarse dos muelas; al fin y al cabo, ¿qué son dos muelas sino partes del cuerpo de las que se puede prescindir?

En El cuerpo de un escritor, Francisco Bitar procede de manera contraria; las partes de un cuerpo son “el lugar adonde los hechos se detienen para dar paso a la conjetura, aquello que del cuerpo queda por saber: la escritura”. En definitiva, esas partes que interesan a Bitar como ficción, pero también como propensión a lo autobiográfico, son los lugares por donde la escritura “detuvo el murmullo interior y lo encajó en una estructura”. ¿Qué son entonces una pierna, una muela de juicio, el culo, la espalda, el pito de un escritor sino las zonas de su escritura por donde él mismo una y otra vez pasa al descubierto?

En el comienzo de este relato, la pierna atrofiada, que desde un principio no desea ir a ningún lado, no es tanto un motivo de escritura sino la anomalía misma de la imperfección. ¿Cómo rehabilitarla, cómo volverla semejante a lo próximo luego de un accidente en la infancia? En definitiva, ¿cómo escribir con las dos piernas? Bitar, que hace tiempo se distingue por imponernos una forma singular de la extrañeza, sabe que, para tal cometido, nada debe forzarse, porque, al final, la intimidad de un percance desnuda los procedimientos de la sorpresa: “De modo que él es capaz de ver ese verano perdido luego de treinta años, cada vez que mira hacia su pierna derecha”. Pero si de ver se trata, el cuerpo se vuelve una suerte de pantalla oscura, una cámara negra, un circuito de impulsos que la escritura vuelve reflexivos a fuerza de seccionar en partes de un todo que, sólo así, en la insignificancia de una muela, escenifica lo que importa: “Con el crecimiento, las muelas de juicio separan un tiempo de la vida que quizás sea equivalente a un crecimiento propio, espiritual. Sin este señalamiento, no se vería que la vida cambia”. Que la vida cambie, que descuente su posibilidad de perdurar, que se haga mortal antes que heroica, significa que tal vez ha llegado su tiempo de reposo. El que se encorva reflexivo sobre sí y sobre la página donde escribe no es entonces ya el escritor de un cuerpo individual, sino el hijo, el marido, el padre: “la curva de su espalda es deseo, deseo de escritura”.

Pero ¿a cuenta de qué el todo y sus partes, lo unido y lo disperso de ese cuerpo de escritor que se deja leer en lo que se escribe? A lo largo de sus últimos relatos, Bitar ha ido elaborando una forma de escritura-idea-pregunta en la que los pliegues de lo dicho pueden ser llanos e infinitos; y, como si se tratara de mirarlo todo en la sucesión de imperfecciones o sombras en la piel, esa misma escritura es siempre una respuesta de lo que somos, una respuesta que vuelve al interrogante de lo que ignoramos, como si en ello el tiempo pudiera mirarse en uno: “¿Qué sería de estas imágenes y de otras, como aquella en la que escribe en la piecita del fondo o aquella en la que escribe en la cama, junto a su mujer embarazada, qué sería de ellas si el hilo de su espalda no las uniera o, en todo caso, no las atravesara, como a las cuentas de un collar hecho de tiempo?”.

 

Francisco Bitar, El cuerpo de un escritor, Bulk Editores, 2022, 76 págs.

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