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LITERATURA ARGENTINA

En las páginas iniciales de La caracola, la segunda novela de Graciela Batticuore, publicada dos años después de Marea (Caterva, 2019), Nina, la narradora, evoca una escena de su infancia, transcurrida en una típica casa de inmigrantes italianos. Un mundo de mujeres, regido por una madre omnipresente y un poco fría, cargado de afectos y aromas, por momentos asfixiante, pero con algunos resquicios por donde es posible darse a la fuga. Hacia el frente, hacia la calle, el taller de chapa y pintura del padre. Desde allí llegan los sonidos de una lengua otra, la de un ámbito masculino donde la acción y el trabajo se imponen sobre el recuerdo nostálgico de tierras lejanas. Hacia atrás, hacia adentro, el patio, y al fondo del patio, una casita de paredes rústicas, un mundo secreto en el que casi todo está permitido. Allí la niña realiza complejas cirugías de urgencia, mientras en la sala de espera una familia de muñecos aguarda anhelante el resultado. Hay que extirpar un alfiler. La cirujana sale, exhausta, y anuncia con alivio “se pudo”, pero a veces también lanza un fatídico “no se pudo”. “No se pudo y hay que vivir así, con un alfiler clavado en el cuerpo. De esto no se muere nadie, el cuerpo camina igual, se mueven lo mismo el brazo, la cadera, pero el alfiler queda clavado adentro para siempre”. De la materia punzante de ese alfiler están hechos los recuerdos que vuelven en La caracola, eso que permanece en el cuerpo de la lengua (“la lengua en algún lugar del cuerpo encarna”) y con lo que hay que aprender a seguir viviendo.

La caracola es una novela sobre la extrañeza de vivir partida entre dos casas, dos lenguas, dos mundos. Entre el afuera de las amigas “argentinas” y sus madres “modernas” (practican gimnasia jazz y toman clases de tenis) y el adentro de la “gran familia italiana”. Una extrañeza que a veces se empantana en las pasiones tristes de la envidia y el resentimiento, pero que también logra abrirse a otras experiencias más venturosas. Leyéndola recordamos algo que dice Sylvia Molloy en Vivir entre lenguas (2016), que el inmigrante y el hijo del inmigrante se piensan en términos de lengua, “son” su lengua. Sólo que La caracola cuenta la contracara de las tribulaciones letradas que refiere Molloy, en su condición trilingüe entre el español, el francés y el inglés. Aquí se trata del italiano, una lengua que a Nina se le presenta como tosca, sucia, un lastre: “Yo me guardaba bien de hablar la lengua de mis padres. O tal vez tendría que decir de mi mamá, porque ella era la soberana”.

Hablamos de fuga, pero en realidad habría que precisar los términos y decir que el movimiento esencial de La cararola es el de un vaivén pendular (presente ya en los títulos de ambos libros, que evocan el universo oceánico de Virginia Woolf, algo patente en especial en Marea, novela tramada con voces cuyo origen muchas veces resulta enigmático, lo que recuerda los soliloquios de Las olas). Nina juega a balancearse en una silla o subida a un portón, disfruta de ese jugueteo entre el adentro y el afuera, entre el universo materno y la complicidad con el padre, entre la inocencia de la niña y los primeros coqueteos con un primo o un cuñado. Pero el balanceo es también el principio constructivo de un texto que juega a borronear los géneros, entre el relato, el diario y la reflexión ensayística. Se trata de un juego moroso, el goce suave de una demora ondulante, que como todo goce conduce hasta ese punto en que la repetición genera angustia y se abre a la necesidad de un corte y una renuncia: lanzarse hacia lo incierto.

Graciela Batticuore, La caracola, Conejos, 2021, 184 págs.

30 Sep, 2021
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