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Los perales tienen la flor blanca

Gerbrand Bakker

OTRAS LITERATURAS

Para tratarse de un autor tan parco —sólo cuatro novelas a sus casi sesenta años—, los lectores argentinos tenemos la suerte de contar en nuestras librerías con al menos la mitad de la obra de Gerbrand Bakker. Los perales tienen la flor blanca continúa la estela que inició Todo está tranquilo arriba (2012), mojón que disparó la carrera del escritor holandés y preparó los cimientos de una prosa armada con pocos personajes y escenarios claustrofóbicos, limitados a hogares donde la quietud grita y las rutinas van incitando la violencia que agitará con fuerza centrífuga el centro de la trama.

Como Todo está tranquilo arriba —que narraba el quehacer de un granjero envuelto en una pena sorda, la atención de animales lastimosos, los cuidados de un padre enfermo—, Los perales tienen la flor blanca insiste en el drama familiar, en los abandonos literales o simbólicos que arrastran los vínculos sanguíneos y en la certeza furtiva de que no hay un último refugio para nadie, ni siquiera para los guarecidos en la madriguera doméstica. Aunque Bakker redunda en ciertos elementos —la perspectiva filial, la descripción morosa de la campiña—, esta nueva novela diversifica un tanto la fórmula. La narración está en manos de Klass y Kees, gemelos que comparten un yo plural y ubicuo, homenaje al recetario de Agota Kristof e innovación contra la que la traducción por momentos lucha, y cada tanto se le cede la palabra a Gerson, el hermano menor que defiende su estatus de protagonista a fuerza de monólogos interiores que basculan entre el sueño y la vigilia. Incluso el perro de la familia tiene derecho a voz hacia el final, cuando lo terrible se precipita y la mirada canina contribuye a la extrañeza a partir de una síncopa sin contexto.

El elenco se completa con un padre torpe y bienintencionado, remiso a admitir las sombras de su biografía, y con un enfermero que se incrusta con ambigüedad en la vida de los otros personajes. También hay unos abuelos incapaces de encontrar su papel en un clan erigido sobre una ausencia que se manifiesta en la forma de postales enviadas sin sentimiento desde una ciudad italiana. Ante esta ausencia, los tres hermanos sólo pueden cobijarse en una unidad hecha de dos partes: los gemelos y Gerson. En la figura de este último se cifra la corriente alegórica entre la blancura mencionada en el título y las sucesivas oscuridades que enturbian la anécdota, primero como juego, después como tragedia y en definitiva como destino.

Consciente de la solución precaria que la literatura suministra, Bakker vela el mundo de la infancia para retrasar la invasión del daño, la decadencia que exudamos los adultos, como si supiera que la niñez es una especie de ceguera, una invalidez necesaria y feliz que cada día está un poco más cerca de evaporarse.

Gerbrand Bakker, Los perales tienen la flor blanca, traducción de María Rosich, Dualidad, 2021, 154 págs.

30 Sep, 2021
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