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Aunque Laura Ramos empezó escribiendo notas de la más absoluta contemporaneidad —sus columnas sobre el under porteño de fines de los ochenta en el Sí de Clarín—, no tardó en refugiarse en las mujeres del siglo XIX y su sentimentalismo. Produjo así dos libros únicos: Las señoritas, investigación sobre las maestras estadounidenses que Sarmiento trajo al país, y una biografía de las hermanas Brontë. El siglo XIX era su casa desde hacía tiempo: hija del político trotskista y editor Jorge Abelardo Ramos y de la feminista trotskista Faby Carballo, la autora siempre había querido huir del universo ideológico familiar. Su ideal eran las chicas de Mujercitas, no la Claudine de Colette.
Pero en 2018 una noticia la devolvió de golpe al siglo XX, a su infancia y a las luchas a las que sus padres habían consagrado la vida. María Luisa, la modista española que había cuidado de ella y de su hermano en sus años montevideanos, había sido una espía de la KGB y participado en el asesinato de Trotsky, ídolo familiar y clave secreta del nombre de la editorial paterna, Coyoacán, el barrio mexicano donde el líder ruso vivió exiliado. ¿Cómo permanecer entonces en el siglo XIX?
La española que cuidaba a los hijos del grupo de amigos uruguayos de su madre era en realidad África de Las Heras, mujer de muchas vidas y múltiples identidades. Nacida en Ceuta, combatiente en la Guerra Civil Española y luego reclutada por la inteligencia soviética, actuó contra las fuerzas nazis en Ucrania antes de instalarse en Montevideo con la misión de organizar una red de espías ilegales en plena Guerra Fría. Para ello sedujo al escritor uruguayo Felisberto Hernández en París. Felisberto pasaba hambre y se dejó encandilar por las caderas y la solvencia de la supuesta viuda. ¿Qué mejor cobertura para una espía soviética que un marido anticomunista declarado y la costura y el cuidado de niños?
María Luisa construyó círculos sociales que nunca se cruzaban: los intelectuales y artistas amigos de la madre de Ramos; los diplomáticos y políticos que tallaban; un matrimonio al que cooptó para colaborar. Con Esther, la mujer de esta pareja, recorrían cementerios del interior en busca de tumbas de niños muertos y de sus partidas de nacimiento, base para la documentación falsa de los espías que entrarían a Estados Unidos. La aparente muerte accidental del marido de Esther parece haber sido planificada por María Luisa. La heroína de la revolución fue además una asesina. Envenenó también a su jefe y segundo marido en Uruguay, otro espía de la KGB.
Parte de esa historia había encontrado ya una forma novelada en La muñeca rusa, de Alicia Dujovne Ortiz, con la falsa modista escondiendo el equipo de radiotransmisión bajo la Singer. Pero Ramos da un paso más: perfora los límites de la ficción y vuelve la historia personal —es suya—, y amplía el círculo de lectores. En Mi niñera de la KGB —un título extraordinario—, reconstruye esa vida fuera de serie mientras revisita la propia, viajando tras nuevos documentos, testimonios y silencios familiares.
La autora —que nunca deja de llamar María Luisa a quien la cuidó— es una narradora que relata sin juzgar. Pero se pregunta, como todos los que la quisieron, cuánto hubo de afecto verdadero y cuánto de representación. Aunque cree que todo fue fingimiento, no deja de señalar que también sus padres escondían su separación y sus amantes en valijas de doble fondo, y que los amigos aceptaban sus regalos y viajes misteriosos sin decir ni mu. El libro deja, además, una inquietud más amplia: la pregunta por los límites morales de una causa política y las violencias que puede llegar a justificar.
Mientras reconstruye las vidas de la espía, Ramos reescribe su propia infancia a la luz de la Historia. La niñera aparece como una figura hecha de lealtades, secretos y máscaras superpuestas. En ese movimiento entre memoria privada e investigación histórica reside la fuerza del libro: no cierra el enigma; muestra cómo ciertas verdades llegan cuando creíamos que el pasado era algo inamovible.
Laura Ramos, Mi niñera de la KGB, Lumen, 2025, 256 págs.
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