Tropel

Adriana Kogan

LITERATURA ARGENTINA

Así como la palabra “tropel” evoca los caballos pero no los contiene (un tropel se define como un “conjunto numeroso de personas, animales o cosas que avanzan o se mueven de forma rápida, ruidosa y desordenada”), en estos poemas los caballos evocan algo que está más allá de ellos, hacia lo que van, tal vez, pero que, en definitiva, no son.

Un “caballo de las nieves que / acecha en el centro de la escena”. Una “masa equina” que “se apropia de la escena y se derrama”. Un “poni extático” de un “ámbar africano”; “cien caballos-miniatura”; “una cabeza de caballo” hecha de arena; “un caballo cegado por un rayo / de sol al mediodía”. Un burrito. Caballos con pequeñas costuras. Caballos que miran desde arriba a una mujer y después le ofrecen sus ollares, la fuerza de su voz. Caballos de sangre fría, tibia, caliente; caballos dormidos, despiertos; caballos tristes, caballos espectaculares, caballos montados y luego desmontados, caballos que llevan, caballos que tiran al suelo.

En su galope, todos estos caballos van formando imágenes: imágenes furiosas, redondas, encriptadas, imágenes del amor, imágenes-golpe que ponen fin al amor o lo transforman en otra cosa, imágenes de soledad, imágenes de caída, imágenes de lo roto, lo herido, lo dañado, imágenes corporales, imágenes de fuerza sexual, imágenes mágicas, de magia blanca y magia negra, imágenes que se deshacen en cuanto nos acercamos, como espejismos, o en cuanto nos alejamos, como fantasías, imágenes iluminadas por el sol, imágenes que se llevan en sombra, imágenes que cambian de forma según cómo les dé la luz: ¿son figuras humanas o animales? Imágenes que no son humanas ni animales, imágenes de lo que es, a la vez, humano y animal.

Los caballos avanzan, en tropel, y a su paso todo se transforma: lo que se ve, lo que se sabe.

Dice un poema: “Antes de haber sido partidos por un rayo de madera / mis ojos llevaban anteojeras. // Los de ellos, los caballos / ven un campo de 340º / dos ángulos muertos en la circunferencia completa / justo atrás / y justo adelante”.

Desde el comienzo, la visión ocupa un lugar central. Leo una parte del primer poema: “Urgente / tengo que decir algo sobre ese caballo de las nieves / que acecha en el centro de la escena. / Digo que es un caballo de las nieves / masa albina que inyecta los ojos y a través de ellos puedo ver / el vacío precioso del día / su laguna rubia / el marco del asombro que tiñe mi vida cotidiana / de un aura irrealizada”.

Sin embargo, en lo que sigue, ver ya no será exactamente ver. Será más bien entrever, haber visto, ver sin querer ver, ver lo que se quiere ver, imaginar, sentir dolor. Respecto del conjunto también numeroso de fantasías que acompañan a este tropel, no se trata, en general, de visiones, sino que son fantasías que gobiernan, se montan, se cantan y se oyen, se despiden en forma de aerosol o se derraman en un chorro multicolor. Y tampoco saber será, en adelante, exactamente saber. Será no querer saber o saber sin saber que se sabe. El saber encontrará nuevas formas: la intuición, el miedo, el deseo.

Toda una modificación del orden de lo sensible que sucede, desde luego, primero en el lenguaje: el lenguaje singular de estos poemas que se vuelven tan difíciles de referir desde afuera. Poemas en los que los relinchos producen alteraciones en el revés de las palabras, poemas que relinchan sentidos que no se logran descifrar, poemas que pronuncian verdades anómalas, poemas que hablan de ollares, crines, monturas, espuelas, arzones, rebenques y fustas, poemas de un lenguaje propio, a la vez claro y misterioso.

Desde que leí el libro por primera vez, tengo en la cabeza los dos versos finales del poema “Nocturno” de Cortázar: “Afuera parece como si multitudes de caballos se acercaran / a la ventana que tengo a mi espalda”.

Caballos que son multitudes y que están a la espalda: no se ven, no se sabe si existen. Caballos que son lo que permite imaginar, a través de una comparación, una cosa que no es nombrada, “algo” que sucede o existe afuera. Caballos que son un movimiento (ese acercarse), que es también un movimiento del lenguaje, un desplazamiento del sentido: la posibilidad de la imagen poética de evocar aquello que no se ve ni se sabe.

Al final, fue necesaria una imagen tomada de otro poema para decir algo sobre estos poemas, que tal vez de lo que hablen en el fondo sea de sí mismos. Tal vez el movimiento de los caballos sea su propio movimiento y la fuerza de los caballos, su propia fuerza: el encabalgamiento de los versos, la forma en que página tras página, en Tropel, van montándose las imágenes.

 

Adriana Kogan, Tropel, Caleta Olivia, 70 págs.

23 Nov, 2023
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