Linea nigra

Jazmina Barrera

LITERATURA IBEROAMERICANA

No es extraño que Linea nigra se fundamente en el motto de Hélène Cixou de “escribir el cuerpo”, pues ya la autora mexicana Jazmina Barrera había explorado en su primer libro de ensayos, Cuerpo extraño (Literal, 2013), los diferentes pliegues y recovecos de su propia anatomía. E igual que allá, el ejercicio autobiográfico (y fragmentado) del cuerpo se entremezcla aquí con el diálogo literario y una cierta écfrasis.

Por ello, resulta natural que este ejercicio diarístico que es Linea nigra se convierta en una suerte de texto microquimérico, un libro hecho de otros libros y de otras personas. La más importante, la escritora misma y su parte desprendida: el hijo, Silvestre, fruto de su relación con el escritor chileno Alejandro Zambra, quien aparece intermitente y testimonialmente en el libro. Lo cual tiene toda su lógica porque, en última instancia, Linea nigra es un homenaje a las madres, como dadoras de vida y fuente de alimento.

Todas las mujeres tienen una así llamada linea alba en el estómago (transparente) que, durante el embarazo, se transforma en nigra (oscura) porque “dicen que es para que el bebé, que ve en alto contraste, suba por el estómago y sepa encontrar los pezones”. Signos de los genes que, escribe la propia autora, “se parecen mucho a la magia”. Y la clave está en la etimología de la palabra “materia”, que tiene la misma raíz que la palabra “madre”: mater.

Linea nigra nos habla del miedo, el dolor, la angustia, el cansancio, el sufrimiento, el pudor, la culpa, los vínculos, pero también de las interrupciones a las que obligan el embarazo y la lactancia en el trabajo habitual de una mujer escritora (y que la desvían de su propósito original, que es el de escribir un libro para el que le han dado una beca; pero se imponen estos apuntes, este libro). O dicho de otra forma: Linea nigra trata sobre las fronteras que establece el cuerpo para que se desarrolle un raciocinio normal, y sobre cómo cuando cesa la tiranía del organismo y su vitalidad incuestionable, siente la mujer gestante unas iluminaciones tan vívidas y trascendentes como efímeras. Lo explica así Barrera: “las cosas más extrañas son normales en el embarazo, las excepciones son la regla”. De esa misma tensión surge la cualidad ensayística y experimental de este texto.

Linea nigra traza dos espacios que litigan: el del puro tiempo (un tiempo que lo absorbe todo), el tiempo del cuerpo, de la gestación y la lucha por la vida, y el espacio de la escritura, que es de una forma cuasi heideggeriana una insistente pregunta por el sentido de la capacidad de encontrar sentido a todo lo que existe. Esto se puede explicar perfectamente con la metáfora del parto, que es una suerte de ser sin estar. Barrera participa del parto, contribuye a su sostenimiento y feliz final, pero es incapaz de sentir y cerciorarse de que efectivamente está allí presente. En otros términos: no puede observar, discernir, pensar. Es pura potencialidad que actúa. Y es esta misma paradoja la que evidencia la dificultad de dar forma narrativa a esa “escritura blanca, con leche, con leche materna” que demandaba la Cixou.

Hay demasiadas pocas historias sobre parto y nacimiento. Opino, igual que Barrera, que es cierto que vivimos una moda actual sobre libros que tratan sobre la maternidad, pero estos no son (ni serán nunca) suficientes. Opina Barrera (y estoy también de acuerdo con ella) que necesitamos nuevos géneros literarios que den cuenta de las experiencias contemporáneas de embarazo, parto y lactancia. Este libro es un claro ejemplo.

 

Jazmina Barrera, Linea nigra, Almadía, 2020; Pepitas de Calabaza, 2020, 160 págs.

9 Abr, 2020
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