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A Promised Land Official Playlist

Barack Obama

MÚSICA

La música, sugiere el musicólogo ruso-estadounidense Richard Taruskin, siempre reverbera como posible “activo político”. Barack Obama acaba de hacerlo audible. Abandonó su perfil de presidente jubilado para recuperar protagonismo a través de un libro de memorias, A Promised Land. Pero, como la memoria también es sonora, ha publicado la playlist de las canciones que marcaron su compleja actividad en la Casa Blanca. “Mientras revisaba mis notas antes de los debates, escuchaba ‘My 1st Song’ de Jay-Z, o ‘Luck Be a Lady’ de Frank Sinatra”, explicó y, como si fueran notas al pie de una gestión, A Promised Land se acompaña en Spotify de ese corpus sentimental. Allí están Beyoncé, Stevie Wonder, Bob Dylan (“The Times They Are A-Changin’”, melos de los sesenta norteamericanos) , U2 (“Beatiful Day”, en la que el insufrible Bono canta “I keep trying to forget how you were”, y quizá esa frase le dijera algo a Obama sobre lo no dicho o no hecho en sus ocho años), Bruce Springsteen, The Beatles (previsiblemente “Michelle”), Jay-Z, Frank Sinatra, Aretha Franklin, B.B. King, Brooks & Dunn, Eminem, Gloria Estefan, Fleetwood Mac, Sade, Phillip Phillips y, como rarezas, Miles Davis (‘Freddie Freeloder’, de Kind of Blue) y John Coltrane (“My Favorite Things”).

Durante nuestro tiempo en la Casa Blanca, Michelle y yo invitamos a artistas como Stevie Wonder y Gloria Estefan a realizar talleres vespertinos con jóvenes antes de celebrar un espectáculo nocturno en el East Room”, ha recordado Obama. Y se ha llevado en sus oídos la versión de Beyoncé interpretando “At Last” en el tradicional baile con el cual los presidentes inauguran su mandato. Pero nada se compara, según el expresidente, con la presencia en el East Room de Paul McCartney o el propio Dylan.

La relación entre música y poder político ha sido constante en Estados Unidos. Harry S. Truman (1945-1953), el hombre que autorizó el uso de la bomba atómica en Hiroshima y Nagasaki, había sido pianista y solía dar cuenta de cómo su pasión juvenil debió ser sustituida por un interés mayor con glosas de Chopin, Mozart y Bach en la misma Casa Blanca. “Hay algunas personas en el país que piensan que tal vez el país habría estado mejor si yo hubiera seguido adelante y me hubiera convertido en músico profesional”. Cuando en 1956 Dwight D. Eisenhower lanzó su campaña por la reelección, RCA Victor publicó un disco titulado The President’s Favorite Music. El LP incluía a Marian Anderson cantando “He’s Got the Whole World in His Hands” y el arreglo de Leopold Stokowski de “Sheep May Safely Graze” de Bach, así como numerosas oberturas orquestales.

Las elecciones de 1960 pusieron la música misma como objeto de debate. The Washington Post le preguntó a John F. Kennedy qué le gustaba, y este citó con marcado acento francés a Debussy, Ravel y Berlioz. Jacqueline quiso ser más moderna y dijo: “Stravinsky”. Richard Nixon le confesó a Time que en su corazón escondía los momentos más pregnantes de la comedia Oklahoma! Nixon se jactaría también de su condición no sólo de pianista, sino de autor de un Concierto que “estrenó” durante un programa de entrevistas. Nunca se juzgaría esa “obra” por su valor sino por sus deseados efectos: darle el estatuto de la consagración, la forma concierto, como contracara de los discursos más flamígeros de la Guerra Fría. Kennedy ganó las elecciones, entre otras cosas, por la decidida intervención a su favor de Frank Sinatra. James Carter (1976-1980) se granjeó la simpatía de muchas estrellas del rock and roll y el jazz. Ronald Reagan (1981-1989), a pesar de que logró el respaldo de un Sinatra despechado con los demócratas, prefería el country ramplón. No obstante, le hizo a Frank un lugar junto con su amigo Dean Martin y Donna Summer en los fastos de su asunción. Reagan supo también interpretar la importancia que tenía recibir a Michael Jackson en su cenit mientras profundizaba su cruzada anticomunista. George Bush hijo disfrutaba en cambio de los Beach Boys. Donald Trump utilizó “Revolution” de The Beatles durante su campaña electoral.

El tránsito del mundo “clásico” al pop en los gustos del poder político de Estados Unidos ha sido observado por Taruskin con una cuota de malestar. El autor de la monumental historia de la música de Occidente de Oxford atribuye este cambio a los efectos de la “invasión británica” a mediados de los sesenta. “Hoy en día, la mayoría de las personas educadas mantienen una lealtad de por vida a los grupos populares que abrazaron cuando eran adolescentes, y las brechas generacionales entre padres e hijos ahora se manifiestan musicalmente en concursos entre estilos de rock”. En la Argentina, Alberto Fernández no ha dejado de recordar su relación juvenil con Litto Nebbia ni de presentarse en público como guitarrista y cantante vocacional. Es el primer jefe de Estado que ha escuchado activamente rock. Cuando fue ministro de Néstor Kirchner, hizo de curador de recitales en la Casa Rosada. En el escritorio de su despacho en la sede del Ejecutivo dejó ver que había una fotografía de Luis Alberto Spinetta. Su ministro de Desarrollo Productivo y también guitarrista, Matías Kulfas, suele usar un barbijo con la imagen de Jimi Hendrix (“tengo también uno de Spinetta y otro de Perón; hay que ponerle onda”, le dijo a la revista Crisis).

La marca identitaria es también parte de un supuesto capital en la economía de la ponderación. A veces se vuelve instrumental y desemboca completamente en la obscenidad. Mauricio Macri no dudó en imitar a Freddy Mercury en su carrera hacia el poder y bailar una canción de Gilda en el balcón presidencial. La distancia entre el afán de distinción y el espectáculo se adelgaza y lleva a la fiesta disciplinaria que se disfraza de empatía musical.

 

Imagen: Ariana Jenik

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