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Pasionarias

Silvia Iriondo

MÚSICA

“Somos del barrio donde reina la pasión”, canta Silvia Iriondo en la apertura de Pasionarias, su nuevo disco. Como había ocurrido en Tierra sin mal (2018), con producción de Shuhei Yamagami, la artista coedita el material con Japón, aunque esta vez bajo su propio dominio artístico.

El primer tema se llama “He sembrado una pasión” y es una vidala catamarqueña recopilada por Leda Valladares, una de las referentes de Iriondo, a quien ya había rendido tributo en Anónima (2014), un álbum poblado por cantos de autoría desconocida. Nacida y criada en la ciudad de Buenos Aires, donde vive actualmente, Iriondo rescata y cultiva la canción de las provincias, tal como ocurría con Raúl Carnota, por poner un caso de otro porteño fascinado por las historias del río, la montaña, los desamores pueblerinos, los personajes ignotos y los parajes solitarios; es una especie de “bicho de ciudad que canta lo rural”, como alguna vez dijo de sí misma la intérprete.

Pasionarias, en efecto, tiene el sello Iriondo en las gemas de un disco que dura casi cuarenta minutos. Y su sello consiste en una manera de interpretar y versionar la canción latinoamericana, con esa voz que nunca dice de más, sin vibrato, dándole el justo equilibrio y carácter a cada entonación.

En lo musical están la huella folclórica que se expande con acordes jazzísticos y un tratamiento tímbrico que lleva la melodía a un lugar de notable singularidad según de qué canción se trate, porque no es lo mismo una vidala que una tonada o una marinera: cada tema tiene su cuerpo, su textura, su concepto armónico y rítmico.

Un fulgor lírico en su conjunto y a la vez despojado de ornamentos en la voz, de fina selección del repertorio, algo que, amante de la música brasileña —Elis Regina está, junto con Mercedes Sosa, entre sus máximas—, también la ha llevado a ser producida por Egberto Gismonti y a trabajar con Rafael Martini, director de la Orquesta de Pernambuco.

Podría Iriondo hacer gala de su caudal sonoro, de su facilidad para ir a zonas extremas de su registro. Podría elevarse por sobre su banda, privilegiar el canto a los sutiles solos instrumentales de sus músicos. Pero no. Iriondo expande una frase vocal cuando el tema lo pide, como cuando canta a Chabuca Granda en “Me he de guardar”. O permanece en el decir llano de “Ese arar en el mar”, en una concepción camarística con arreglos de Carlos “Negro” Aguirre, casi de canción de cuna.

A veces introduce con un piano, como el del exquisito Cato Fandrich en la íntima “La lavandera”, de Violeta Parra; con guitarrón de Aguirre y quinteto de guitarras en “La jardinera”, o con una percusión peruana del Tiki Cantero en “Canterurías”, de Chabuca Granda. O con el contrabajo del Mono Hurtado en “Quien ama y sufre” (Leda Valladares), donde la voz de Iriondo, elegíaca y desgarrada, canta “quien ama y sufre sabe ser cantor”, recordando la interpretación del tema “Toro Yayucá” en Ojos negros (2006), un disco que marcó una ruptura en el género.

Sin quedar etiquetada por las exigencias de la tradición y a la vez creadora versátil de la herencia, en Pasionarias Silvia Iriondo da un vuelco en una apropiación musical sobre mujeres más reconocidas, “desde cuya mirada se puede conocer el pensamiento y el corazón de América Latina”.

La cultura, el paisaje y el sentir de los pueblos americanos siguen latiendo bajo la órbita de Leda Valladares, Violeta Parra y Chabuca Granda, en un disco que resalta, además, la figura de Frida Kahlo, cuyos textos y pinturas ilustran el concepto visual. Aggiornando su influencia, Iriondo dialoga con aquello que persevera, lo que late de la herencia en un presente en el que la canción latinoamericana continúa reescribiendo su enorme legado.

 

Silvia Iriondo, Pasionarias, edición independiente, 2020.